Silencio y olor a quemado: en el epicentro del incendio de Almería

El olor a quemado.
Ese punzante e intenso tufo de la madera carbonizada es la constante en la zona cero del incendio .
Puede sonar predecible, quizá poco literario, pero no por obvio deja de ser cierto.
Y desolador.
Penetra por la pituitaria y se aloja en el cerebro, como los muchos matices del negro que la vista recoge de lo que hace nada eran árboles, matorrales o construcciones.En la zona calcinada entre Los Gallardos y Bédar sólo hacen falta dos sentidos para entender la magnitud de lo ocurrido: el olfato y la vista.
Todo sucede envuelto en un silencio que sólo rompen, de vez en cuando, el vuelo de los aviones anfibios que arrojan agua sobre el frente todavía abierto y algún vehículo con el que la Guardia Civil recorre la zona.Junto a las patrullas de la UME y algún vecino que se acerca a comprobar cómo han quedado sus casas o campos, constituyen la única presencia de vida en las últimas doce horas.
Entonces todo era caos.
Los últimos gritos humanos fueron los de los vecinos que abandonaban a toda prisa sus casas.
También las sirenas de la Guardia Civil que les apremiaban a hacerlo.
Cuesta imaginarlo ahora en medio de la quietud que nos rodea.Noticia relacionada general No No La mala fortuna de Jérôme y Stéphanie: «Llegaron dos días antes del incendio» José Ramón Navarro-ParejaPero cuando la vista descubre el habitual color ocre —que se torna casi marfil, enmarcado por el negro intenso y brillante del terreno carbonizado— de alguna de las casas diseminadas por las laderas de la montaña, la realidad de la destrucción vuelve a imponerse .
Más aún cuando, con espray sobre el asfalto de la entrada o con cinta americana en la fachada, una llamativa cruz en aspa recuerda que esa casa —hace nada un hogar— ya ha sido revisada por la Guardia Civil y que en ella no se encuentra ninguno de los 23 desaparecidos registrados hasta el momento.El fuego respetó las casasRecorrer cada camino nos permite acercarnos hasta el núcleo urbano de Bédar, que permanece intacto.
Las llamas rodearon la población , pero respetaron las construcciones.
El incendio había comenzado poco antes en Los Gallardos, en una zona cercana a la carretera , pero el fuego no entiende de lindes y la mayor destrucción ha terminado concentrándose en la localidad vecina.Imágenes de la zona afectada y de las casas afectadas por el incendio Txema RodríguezAhora el pueblo está completamente vacío.
La mayor parte de los vecinos evacuó el lugar cuando la Guardia Civil, casa por casa, avisó del peligro inminente.
Otros, los menos, trataron de resistir hasta el último momento para evitar que las llamas devoraran sus casas, convencidos de que con una manguera y cuatro cubos serían capaces de frenar la fuerza de la naturaleza.
Por fortuna, no fue necesario que comprobaran que aquello habría sido una heroicidad inútil.
Como la de los doce fallecidos , que retrasaron su salida hasta que fue inevitable y se vieron cercados por las llamas en un callejón sin salida .Es cuando nos acercamos a las casas diseminadas cuando se percibe que la destrucción ha avanzado más allá del paisaje.
De la flora que las rodeaba sólo quedan los esqueletos de los pinos y el fino hilo de humo de la lenta combustión de algún tocón, que asciende apenas unos metros antes de que el viento —mucho más débil que el de la noche anterior, cuando avivó el incendio— lo disperse.
En la mayoría de estas casas, la propia construcción ha servido de freno al fuego y permanece como una pequeña isla de color en medio del sombrío paisaje.
En otras, sin embargo, resulta evidente que las llamas lograron penetrar y, sin necesidad de acercarse, no queda duda de que la destrucción en su interior es la misma que puede contemplarse desde fuera.Dentro del desastreManuel Reyes es uno de los primeros vecinos que se ha adentrado en la zona para comprobar cómo ha quedado su propiedad .
Al lado de la carretera, bajo la ladera de la montaña, tiene «una nave y un porche» donde guarda los aperos para los olivos y el pequeño huerto que ha plantado justo delante.
O tenía, porque acaba de llegar y contempla con horror cómo « se ha quemado toda la herramienta de labranza , el tractor, la mulilla mecánica y la cuba de sulfatar».
Además, también ha perdido toda la instalación de riego.
En el suelo, lo que antes eran las gomas que llevaban el agua hasta cada árbol se ha convertido en una oscura mancha de plástico fundido, una especie de chapapote rural que se confunde con la tierra.«¡Lo que habrá pasado esta!», nos dice señalando a la perra, la única que ha visto con sus propios ojos cómo avanzaba el incendio.
Manuel acudía cada fin de semana con su familia porque lo que él llama «la nave» es, en realidad, una pequeña casa. «Y no se ha pegado fuego porque todo esto lo limpié bien por miedo a los incendios », explica señalando la franja que rodea la construcción, limpia de rastrojos y maleza, y que ha resultado decisiva para detener las llamas.No ocurrió lo mismo con el porche, donde guardaba un coche que ahora presenta todo el frontal derretido, ni con el tractor, reducido a un esqueleto metálico. «¿Qué hace esto aquí?», nos pregunta señalando unos discos de radial esparcidos por el campo.
Poco después encuentra él mismo la respuesta al comprender que la explosión del depósito de combustible del tractor los lanzó a varios metros de distancia.
Entonces vuelve a mirar a la perra, que horas antes había soportado el paso del incendio y que ahora come, ajena al desastre, una barra de pan que Manuel le ha traído. «¡Lo que habrá pasado!», repite.MÁS INFORMACIÓN noticia No Guía de supervivencia por si nos sorprende un incendio en la carreteraManuel se queda tras la cancela haciendo el triste inventario del desastre.
Los aviones anfibios intensifican sus vuelos, porque, no muy lejos, en la zona todavía sin quemar, el viento no quiere dar tregua y aviva las llamas.
Un viento que comienza a levantar la ceniza donde hace apenas unas horas había vida.
Cuando abandonamos la zona cero, el olor a quemado sigue ahí.
Se ha quedado prendido en la ropa, en el coche, pero sobre todo en la memoria.
Penetra por la pituitaria y se instala en el cerebro.
Quizá por eso cuesta creer que, algún día, este paisaje vuelva a dejar de oler a incendio. ...
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