«Celebrar ‘claustros familiares’ con tu pareja y tus hijos lo cambia todo»

La infancia no avisa cuando está terminando.
Y ser conscientes de esto, asegura el psicólogo Javier de Haro, autor de ' Disfrutar la crianza ', puede cambiarlo todo en la relación con tus hijos. «Aunque la ciencia marca más o menos en los doce años como el momento en el que habrás pasado la mayor parte de tu tiempo con tu hijo, no hay una fecha precisa en el calendario que anuncie que ese cuento antes de dormir será el último, o que esa mano dejará de buscar la nuestra para cruzar la calle.
Cuando los padres quieren darse cuenta, buena parte de nuestra vida juntos ya ha pasado ».Coincide que esos años, alerta De Haro, la mayoría de los padres los viven «con una sensación permanente de urgencia». «Salimos del trabajo pensando en lo que nos falta en la nevera, respondemos mensajes de WhatsApp mientras cocinamos, organizamos actividades como si no hubiera un mañana, resolvemos el día a día y llegamos a la cama con la impresión de no haber parado ni un segundo.
Sin embargo, en medio de esa vorágine, los hijos siguen necesitando algo que les ha faltado: sentirse mirados, escuchados y tenidos en cuenta».Para este profesor, que ejerce en otra provincia y ha esperado pacientemente a la fecha perfecta para venir en tren a Madrid y realizar la entrevista, el gran enemigo de las familias actuales es esa sensación permanente de urgencia, en la que muchos se pueden ver reconocidos. «Parece que la crianza se ha convertido en una carrera de fondo, marcada por las prisas, donde vamos en piloto automático».
En este contexto, «¿qué mejor momento, que las vacaciones estivales para fortalecer ese vínculo?».Noticia relacionada general No No CRIANZA El apego temprano, factor clave para la arquitectura del cerebro infantil Carlota FominayaReconoce este docente que la paradoja es evidente. «Nunca ha existido tanta información ni tantos títulos sobre crianza, desarrollo cerebral infantil o educación emocional y, sin embargo, muchos padres viven con la sensación de hacerlo todo mal.
La búsqueda de la perfección ha terminado robando espacio al disfrute.
Pero los niños -advierte- no necesitan padres perfectos; necesitan padres presentes y felices», insiste.
En el libro De Haro propone una pregunta que sirve como brújula para tomar decisiones difíciles durante la paternidad: «Si dentro de veinte años tu hijo hablara de su infancia, ¿cómo te gustaría que te recordara?».
La respuesta, asegura, «obliga a revisar muchas rutinas que damos por hecho.
Porque la crianza -recuerda-, no se construye únicamente en los grandes momentos.
También en los pequeños gestos que solemos considerar insignificantes como escuchar con atención cuando cuentan cómo les ha ido el día, sentarse cinco minutos a ver cómo juegan, compartir una conversación durante el desayuno o apagar el teléfono mientras hablan ».
Insiste este experto en que «el vínculo no necesita de planes extraordinarios.
Necesita presencia ».
De hecho, aclara, «es mejor poco tiempo, pero frecuente y de calidad, que un gran plan de vez en cuando».Una de las propuestas más originales de De Haro durante la charla consiste en celebrar, de tanto en tanto, pequeños ‘claustros’ familiares . «No se trata de organizar reuniones solemnes con tus hijos, sino de buscar espacios periódicos para hablar».
Explica este psicólogo que hay dos tipos de encuentros: el que se realiza primero entre los adultos, y el que se hace después con los menores de la casa.
Respecto al que se realiza entre la pareja, aclara que «es importante recuperar el hábito de valorar al otro porque la crianza desgasta incluso a las parejas más sólidas.
Con el paso del tiempo la conversación suele girar alrededor de horarios, deberes, médicos o problemas.Por eso recomiendo reservar momentos para agradecerse mutuamente el esfuerzo.
Sentirse reconocido cambia completamente la manera de afrontar el día a día».Después, llegan los encuentros con los hijos.
Estas citas, advierte, «no son para enumerar todo lo que hacen mal, sino para empezar justamente por lo contrario.
Para preguntar qué creen que funciona bien en casa.
Qué les gustaría hacer más.
Qué necesitan de sus padres.Y también para explicarles las propias necesidades».
Así, aclara De Haro, «en lugar de quejarse o soltar el clásico ‘es que nunca haces caso’, creo que tendríamos que cambiar el discurso por otro mucho más honesto y decirles un ‘te echo de menos’, ‘necesito que pasemos más tiempo juntos’ o ‘me gustaría que habláramos más’.
Cuando los hijos perciben que no están siendo atacados, resulta mucho más fácil que participen en una conversación».El vínculo, siempre lo primeroOtra de las ideas que más se repiten durante toda la conversación es que ningún límite funciona si antes no existe un vínculo sólido .
Durante años, reconoce, él mismo estuvo muy centrado en enseñar estrategias educativas, normas o consecuencias, pero su propia experiencia vital como padre terminó cambiando su mirada. «Me di cuenta de que sin vínculo, todo lo demás no tenía sentido».
El vínculo, aclara, «no significa consentir ni evitar la frustración.
Tampoco implica convertirse en el mejor amigo de tus hijos.
Significa que el niño se sienta importante para ti.
Y eso puede construirse de formas muy sencillas: interesándote por sus aficiones, dejándote enseñar un videojuego, viendo juntos el resumen de un partido aunque el deporte no nos entusiasme o compartiendo una serie antes de dormir».«Los hijos recuerdan, sobre todo, cómo se sentían cuando estaban con sus padres» Javier de HaroLos padres han de saber, tranquiliza De Haro, «que no hace falta entrar en todos sus mundos.
Basta con entrar de vez en cuando en alguno de ellos.
Porque los hijos recuerdan mucho menos los discursos que los momentos compartidos.
Y, sobre todo, recuerdan cómo se sentían cuando estaban con sus padres».Escuchar antes que corregirSi hay una etapa en la que el vínculo se pone verdaderamente a prueba es la adolescencia.
Para Javier de Haro, el error más frecuente de los padres consiste "en seguir relacionándose con sus hijos como cuando tenían ocho años".
En esta etapa, explica, "cambian las necesidades, cambia la forma de comunicarse y cambian también las herramientas que funcionan".
Su experiencia como profesor y psicólogo le ha permitido escuchar durante años la versión de los adolescentes.
Y hay una queja que se repite con sorprendente frecuencia: sienten que sus progenitores les juzgan mucho más de lo que les escuchan. «Muchas veces no necesitan que les solucionemos el problema; necesitan que les escuchemos».
Lo que ocurre, señala, es que la reacción habitual de muchos adultos es intentar tranquilizar inmediatamente. «Los padres suelen restar importancia a aquello que les preocupa, ofrecer soluciones rápidas o explicarles que lo suyo 'no es para tanto'.
Se hace con la mejor intención, pero el efecto suele ser el contrario.
Y cuando un adolescente percibe que minimizan lo que siente, concluye que no merece la pena volver a contarlo».«En mi opinión, siempre se puede volver a conectar con tu hijo adolecente» Javier de HaroDe Haro propone un cambio de enfoque: «Antes de corregir, comprender.
Antes de aconsejar, validar.
Antes de responder, escuchar.
Eso no significa darles siempre la razón.
Significa reconocer que, para ellos, aquello que están viviendo es importante.
Y cuando alguien siente que le entiendes, baja el escudo.
Y solo entonces es posible buscar soluciones».
Muchas familias, revela, llegan a su consulta con la sensación de haber perdido la conexión con sus hijos, especialmente cuando llegan a esta etapa vital.
La buena noticia, insiste De Haro, es que el vínculo puede reconstruirse . «No hay una edad a partir de la cual todo está definido y no se puede cambiar.
En mi opinión, siempre se puede volver a conectar.
Eso sí, exige cambiar algunas prioridades».
Porque cuando una relación está deteriorada, recuerda, «no sirve intentar corregir veinte conductas al mismo tiempo y convertir las cenas, que suele ser el ratito que se comparte con un adolescente el ratito que pasa por casa por ejemplo, en un suplicio.
Es preferible elegir dos o tres guerras que luchar y rebajar la tensión en lo posible».MÁS INFORMACIÓNLa propuesta de este experto pasa por volver a crear experiencias compartidas . «Pero cuidado, no hace falta organizar grandes viajes ahora en verano, por ejemplo.
Basta con descubrir qué le gusta realmente al hijo y 'entrar', aunque sea un poco, en su mundo.
Muchas veces los padres esperan que sean los hijos quienes propongan esos momentos.
Pero durante la adolescencia es el adulto quien debe abrir la puerta a esos ratitos: Busca el momento de ver juntos el resumen de un partido, jugar una partida a las cartas, compartir una serie, salir a probar una hamburguesería nueva o dejar que sea él quien enseñe algo al adulto.
No hay nada que vincule más que reír juntos ». ...
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