El aire a 18 contra el Paraíso extraviado

Mi madre me dijo que se casaba de nuevo y yo no es que estuviera en contra, porque me gustaba su novio, todavía hoy su marido, y hace más de 30 años.
Nosotros vivíamos en Pedralbes, pero mal, es decir: sin aire acondicionado, con mi madre dependiendo demasiado de mi abuela y siendo demasiado frágil para llevarlo bien, o simplemente llevarlo.
Pero los ricos, o los que vienen de serlo, prefieren una cierta ruina a perder su paisaje, y yo no quería cambiar de casa, ni asumir definitivamente que mi familia estaba rota, ni el descrédito social que entonces todavía era ir a la boda de tu madre.Pero bueno, no había más remedio, y lo único que pedí fue instalarme en verano, para empezar el curso acostumbrado a la nueva casa y a los trayectos.
Me instalé con mis cosas, tampoco eran tantas, tenía 19 años, y de repente en la pared de mi habitación –amplia, con despacho– vi una cajita de plástico y era el aire acondicionado.
Toda una vida pasando calor, sufriendo, asqueado; toda una vida odiando los veranos, por pegajosos, por infernales, y de repente prendí la máquina, la puse a dieciocho grados y con el ventilador al máximo, me senté en la mesa para escribir mis poemas y entró mi madre con la cara grave de cuando las madres quieren decir cosas que les parecen muy importantes.—Si no lo ves claro, Salvador, de verdad que no me caso.
Casarme me parece bonito, y me hace ilusión, pero estoy dispuesta a no hacerlo si te incomoda.¿Incomoda?, pensé, pero sólo respondí que no tenía ningún problema.
Cuando se fue de la habitación volví a pensar si «me incomodaba» y mientras lo pensaba, me levanté, me puse un jersey de cuello vuelto de cachemir, era 2 de julio, y me dije: «Nunca he estado tan cómodo en mi vida».
Dejé que me llevara aquella sensación tan agradable y fue la primera vez que la comodidad, lo tangible, la caja del día se llevó por delante mis profundidades más inexpugnables.
En algún momento pensé si me había vendido por un aire, pero enseguida me libré de la carga porque recordé que en realidad nadie había intentado comprarme.Noticia relacionada opinion No No Ayuso compra las vidas que la izquierda mata Salvador SostresNo me causó ningún problema moral pero sí una cierta sorpresa encontrarme tan de frente con una parte de mí que no conocía.
No digo que hasta entonces no la hubiera tenido, o no se hubiera manifestado, pero el verano en que mi madre se casó, una parte de mi mundo se vino abajo y otra emergió: y supe al mismo tiempo que una vez extraviado el paraíso sería un fugitivo en todas partes; pero que disponía de fuerza e indiferencia suficientes para defender mi espacio y mis intereses, y que nada sentía tan romántico como mis cuidados.Aquel verano no fui a ninguna parte.
Me quedé escribiendo en mi habitación-despacho, ensimismado con mi aire.
Mis amigos se quejaban del frío que hacía y algunos se resfriaron.
Junto con el de mi egoísmo recientemente inaugurado y que duró hasta que nació mi hija, también me di cuenta de otro rasgo de mi carácter, que tantos problemas me ha causado, y es mi decidida incapacidad para disfrutar de las personas y las cosas con medida.
A nada le acabo de encontrar el gusto hasta que no lo llevo al extremo, y donde para los demás todo pierde cualquier posible sentido, para mí empieza a tenerlo.«Sólo Dios sabe lo que he hecho para mantener unida a mi familia»A mis padres –me gusta llamarles así– les ha ido bien, en mi casa el aire está siempre a 18 y dormimos con edredón todo el año; mis cuidados me importan menos que los de mi hija pero sería un hipócrita si no reconociera que la he educado de una manera muy concreta; y sólo Dios sabe lo que he hecho para mantener unida a mi familia, pese a todos los problemas con mi mujer, para que nuestra hija no se sienta nunca una fugitiva. ...
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