Roma te engañó: esta gran victoria de las legiones fue un fraude

Tan colosal fue la contienda, que Tito Livio le dedicó unos buenos párrafos en su magna 'Ab urbe condita'.
Dicen las crónicas que la batalla de Baecula , sucedida en el 208 a.C. en Jaén (Andalucía), fue la primera gran victoria de Publio Cornelio Escipión en la península ibérica.
Y también que su adversario, el cartaginés Asdrúbal Barca , sufrió tantas bajas que se vio obligado a retirarse a toda velocidad hacia los Pirineos con los elefantes de rigor.
La realidad, sin embargo, esconde matices. «Ahora, hemos demostrado gracias a la arqueología que aquello fue una escaramuza; una acción de retaguardia en la que el hermano de Aníbal engañó a las legiones conteniéndolas con tropas ligeras para escapar con el grueso de su ejército en dirección a Italia».Fernando Quesada Sanz , catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, cree que este es uno de los mejores ejemplos de cómo el estudio de los campos de batalla puede dar un giro radical a la historia que nos han contado.
Aunque esta no es su única ventaja.
La ciencia de la excavación, reiteran a ABC expertos como el arqueólogo belga Simon Verdegem , especializado en el tema, transforma los números anónimos de las fuentes, a veces frías, en seres humanos con cara y pasado: «En lugar de estadísticas, nos encontramos con individuos.
Una cuchara, una pipa, un reloj de bolsillo o una bota reparada nos recuerdan que no se trataba simplemente de soldados, sino de personas con hábitos, familias, miedos y esperanzas».
Con todo, es hora de destruir mitos; y es que, las excavaciones de campos de batalla terrestres no son las únicas que han ayudado a desvelar intrigas históricas.
Javier Noriega Hernández –historiador y arqueólogo subacuático de la empresa spin Off de la Universidad de Málaga Nerea Arqueología Subacuática–, insiste en ello en declaraciones a ABC: «En el ámbito marítimo, las consecuencias materiales –pecios, restos de combates y paisajes culturales sumergidos– representan un patrimonio arqueológico de extraordinario valor, cuya trascendencia histórica y social ha sido frecuentemente olvidada».
El ejemplo más claro lo tenemos cerca: aunque la leyenda negra antiespañola había insistido durante siglos en que la Gran Armada de Felipe II fue vencida por la 'Royal Navy', los pecios de las costas de Irlanda y Galicia corroboraron que fue diezmada en gran medida por los huracanes.El estudio totalFue al otro lado del Atlántico donde todo empezó y donde cambió la forma de estudiar los conflictos.
En 1983, las excavaciones centradas en la batalla de Little Bighorn –esa que enfrentó al Séptimo de Caballería contra los nativos americanos–, supusieron un hito fundacional y el impuso definitivo para lo que los expertos denominan 'arqueología de los campos de batalla'. «Es la metodología específica orientada a un tipo particular de yacimiento arqueológico.
Su objetivo es aplicar técnicas y métodos de investigación adaptados a las particularidades del espacio y del tiempo.
En consecuencia, se puede utilizar para enfrentamientos prehistóricos, pero también para los escenarios de la Gran Guerra», explica Quesada.El experto sostiene que la 'arqueología de los campos de batalla' constituye una subdisciplina dentro de un ámbito más amplio conocido como 'arqueología del conflicto'.
Esta última, explica Quesada, «abarca muchas más cosas, como aspectos logísticos, ideológicos, económicos o sociales».
Su esfera de estudio trasciende el combate en sí mismo e incluye cuestiones como el sufrimiento de la población civil durante y después de los enfrentamientos, las fortificaciones levantadas en el entorno o las consecuencias materiales derivadas de la guerra.Nicholas Saunders , profesor emérito en el Department of Anthropology and Archaeology de la Universidad de Bristol, suscribe esta idea.
El también arqueólogo y antropólogo defiende en ABC que hoy existen «numerosos lugares donde se han producido conflictos –no solo campos de batalla–» alrededor de los que orbitan mil elementos que se han visto afectados por la propia contienda. «Los llamados objetos del conflicto pueden ser cualquier cosa, no se tienen que ceñir solo a los tanques o a las armas; pueden ser producto de las consecuencias de la batalla en el territorio, por ejemplo.
Hay objetos artísticos, como los monumentos conmemorativos de la guerra instalados en Londres o París, o paisajes contaminados, cultivos deteriorados y nacimientos de animales o humanos deformes», defiende.Cambiar la historiaNo todo son legajos.
Quesada defiende que la arqueología puede complementar y corregir a las fuentes escritas.
Y eso sucede, incluso, en batallas tan estudiadas como el desembarco de Normandía . «Hay un ejemplo significativo.
El ejército alemán tenía una normativa muy concreta para la construcción de fortines en las playas.
Todo estaba reglado: el número de habitaciones, el grosor de las paredes… Pero, cuando vas al terreno y analizas los restos, te das cuenta de que los ingenieros hacían lo que querían y lo que podían.
Si les faltaba hormigón, construían muros más delgados», señala.
Esta práctica ya afectó a Julio César en el asedio de Alesia: aunque el general estableció cómo debían ser las fortificaciones, cada oficial adaptó las órdenes a sus necesidades.Restos del 'Muro Atlántico' alemán frente a las playas de Normandía José Luis ÁlvarezLa arqueología permite desvelar también cómo se sucedió una batalla concreta; información que, muchas veces, obvian las crónicas de la época.
Quesada, una vez más, cuenta con mil ejemplos como el de la ciudad cordobesa de Montemayor, conocida como Ulia en el siglo I a.C.
El estudio sobre el terreno ha permitido corroborar que en los aledaños de esta urbe se sucedieron dos contiendas –48 y 46 a.C.– entre las tropas pompeyanas y las lideradas por Julio César , pero también las direcciones desde las que se produjeron los ataques. «Sabemos que asaltaron la zona por el norte y por el sur gracias a las concentraciones de proyectiles de honda y de su estado: partidos por el impacto contra una muralla o empalizada», sentencia.Visión más humanaOtra de las grandes aportaciones de esta nueva 'arqueología de los conflictos' ha sido situar a las personas en el centro del estudio de las guerras.
Alfredo González-Ruibal , arqueólogo e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), está convencido de ello: «Permite analizar la violencia colectiva de forma comparativa desde los orígenes de la humanidad y a nivel global».
El experto sostiene además que esta disciplina sirve para estudiar «desde las experiencias de un soldado de a pie en primera línea hasta los crímenes de guerra o de lesa humanidad».
Y todo ello, añade, «desde la vida cotidiana, las experiencias íntimas y la dimensión afectiva de la violencia, tal y como quedan reflejadas en los objetos y los lugares».González-Ruibal ha aplicado esta máxima a sus excavaciones. «Cuando comencé a trabajar sobre arqueología de la Guerra Civil traté de explorar aspectos que estaban poco abordados por la historiografía, como los frentes secundarios, la experiencia del combate o la vida cotidiana en las trincheras», señala.
Le pedimos un ejemplo llamativo, y lo tiene claro: «En la Ciudad Universitaria de Madrid, a los pies del Clínico, localizamos los restos del banquete con el que las tropas sublevadas festejaron el final de la guerra el 28 de marzo de 1939.
Encontramos restos de huesos de cordero, botellas de vino y jerez y, lo más significativo, botellas de sidra, que se entregaban a la tropa en momentos especiales».
Eso, afirma, nos muestra el conflicto de otra forma: una más humana.«Cuando comencé a trabajar sobre arqueología de la Guerra Civil traté de explorar aspectos que estaban poco abordados, como la vida cotidiana en las trincheras» Alfredo González-Ruibal ArqueólogoVerdegem es de la misma opinión: «Gracias a los restos humanos, la arqueología proporciona el contexto que nos permite comprender quién era esa persona, cómo murió e, incluso, recuperar su identidad.
Se trata de reconectar a los seres humanos con su propia historia y asegurar que quienes desaparecieron no caigan en el olvido».
El experto defiende que las personas deberían ser siempre el corazón de los estudios: «Los campos de batalla existen gracias a ellas».
Con todo, recuerda que estos individuos «solo pueden comprenderse a través de su entorno» y que, por tanto, «sin el contexto adecuado, como las trincheras o los refugios, que explican dónde y cómo lucharon y vivieron, solo contarían una parte de lo sucedido».
También en el marEn el mar sucede otro tanto.
Noriega defiende que el estudio de los pecios ofrece información clave sobre el pasado: «Los barcos de guerra constituyen documentos históricos que reflejan el nivel tecnológico y económico de las sociedades que los construyeron.
Sus restos permiten conocer la arquitectura naval, la organización de la vida a bordo, las capacidades industriales y los avances científicos de cada época.
Cada pecio conserva una información excepcional sobre el grado de desarrollo alcanzado por las distintas civilizaciones».
Por desgracia, muchos campos de batalla submarinos no se han investigado lo suficiente... y Trafalgar es uno de ellos. «Bajo sus aguas descansan numerosos buques de la flota franco-española; un paisaje cultural cuya investigación resulta esencial para comprender el cambio de equilibrio político y marítimo», finaliza.Restos de uno de los navíos de la flota con la que el rey español Felipe II quiso invadir Inglaterra hace más de 400 años EFEA su vez, los campos de batalla submarinos son, igual que sucede en tierra, tumbas que pueden desvelar historias personales. «Uno de los ejemplos más representativos es el pecio del acorazado 'USS Arizona', hundido durante el ataque a Pearl Harbor .
La aplicación de estudios de ADN ha permitido identificar individualmente a numerosos tripulantes, armonizando la investigación arqueológica con la recuperación de la memoria personal y colectiva.
Este caso constituye una referencia internacional sobre cómo compatibilizar ciencia, patrimonio y sensibilidad hacia los lugares de memoria», finaliza Noriega.
Muchos retos, desde luego, pero todos ellos clave para el futuro de la 'arqueología del conflicto'. ...
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