La gran humillación de España a Francia: cuando los Tercios capturaron al rey galo

Pues no, el partido que esta noche enfrentará a nuestra selección contra el combinado galo en el Mundial 2026 no ha sido el único enfrentamiento que ha visto la historia entre ambos países.
Muchos de ellos, con victoria rojigualda.
En 1525, la semilla de unos Tercios españoles todavía sin forjar –no nacerían desde el punto de vista formal hasta una década después– vencieron a las tropas francesas en los aledaños de la ciudad amuralla de Pavía y capturaron al monarca Francisco I.Arrancó la guerra a finales de 1524, cuando el monarca Francisco I de Francia cruzó los Alpes en dirección al Milanesado y sitió la ciudad fortificada de Pavía, defendida por una reducida guarnición española dirigida por Antonio de Leyva.
Mientras los franceses mantenían el cerco, el emperador Carlos V reunió un ejército de 19.000 hombres al mando de Fernando de Ávalos, Carlos de Lannoy y George von Frundsberg para liberar la plaza.
En la noche del 23 de febrero de 1525 comenzó la ofensiva imperial.
Los soldados, identificados con camisas blancas para evitar ser confundidos por el enemigo, avanzaron en silencio y abrieron una brecha en los muros del parque de Mirabello.
Al amanecer, la vanguardia de Alfonso de Ávalos accedió al campo con sus arcabuceros españoles e italianos, la caballería ligera, la infantería alemana y la artillería.Noticia relacionada general No No Los ejércitos malditos: la leyenda negra que persigue a los soldados españoles del XVIII Manuel P.
VillatoroLa batalla estalló poco después, con las luces del alba: el bando imperial atacó el céntrico castillo de Mirabello, sede del campamento de Francisco I, mientras Antonio de Leyva salía de la Pavía para impedir que los sitiadores reforzaran sus posiciones.
El monarca galo, fiel a una concepción medieval de la guerra, asumió el mando directo de sus hombres y ordenó bombardear al enemigo antes de lanzar una colosal carga de caballería.
Aunque los franceses obtuvieron algunos éxitos iniciales, como la captura de varias piezas de artillería y la derrota de la infantería napolitana del capitán Papaconda, cometieron un severo error: sentirse invencibles.Carga desastrosaFrancisco I debería haber dejado que su artillería acabase con la infantería enemiga, pero era demasiado presuntuoso.
El monarca se puso al frente de cuatro filas de gendarmes –caballeros equipados con armadura completa– y cargó en dirección al flanco derecho imperial.
Aquellos carros de combate medievales avanzaron henchidos de orgullo e impactaron cual apisonadora contra la caballería pesada castellana. «El alarido de las voces de los unos y de los otros era tan grande, los unos apellidando Francia y los otros España y Santiago, que era maravilla de verlo y oírlo», dejó escrito el cronista Juan de Oznaya.
Fue una debacle para los hombres de Carlos.
Lo que desconocía el monarca es la sorpresa que le esperaba en una arboleda cercana.Cuenta Oznaya que, apostados entre los árboles, había dos centenares de arcabuceros castellanos liderados por el capitán Quesada.
En pocos segundos, una sinfonía de clavijas dio paso a una lluvia de plomo.
Parte de los jinetes cayeron muertos y otros tantos fueron derribados de sus monturas. «El ruido de la arcabucería y el humo puso en gran temor a los caballos de los enemigos, tanto que, enarmonados muchos de ellos, se salían de la batalla sin poderlos sus señores controlar», escribió Oznaya.
El resto es historia: tras reagruparse, la caballería pesada imperial cargó contra los gendarmes y les obligó a huir.La jornada terminó en una derrota absoluta para Francia.
Francisco I cayó prisionero después de que un disparo de arcabuz abatiera su caballo.
Las pérdidas francesas resultaron devastadoras, con entre 10.000 y 15.000 muertos, heridos y desaparecidos... un tercio de su ejército.
Además, unos 3.000 mercenarios suizos, entre los mejores combatientes de la Vieja Europa, fueron hechos prisioneros.
En contraste, el ejército imperial apenas sufrió unas 500 bajas entre muertos y heridos.
Enigma finalCon todo, esta batalla esconde todavía un misterio: ¿quién fue el soldado que atrapó al rey francés?
Los mismos monarcas contribuyeron a aumentar la discordia al acreditar a varios combatientes como protagonistas de este episodio.
Carlos V entregó una ventaja al granadino Diego de Ávila y un escudo de armas al catalán Juan de Aldana por su participación en la captura.
Mientras, Francisco I firmó un documento al guipuzcoano Juan de Urbieta y otro al gallego Pita de Veiga corroborando que ambos le habían prendido.
La teoría más aceptada es la de Oznaya.
En sus palabras, Francisco I quedó atrapado bajo el cadáver de su montura y no fue hallado hasta los últimos compases de la batalla.
Le descubrió Urbieta, al que le desveló su identidad para evitar ser ejecutado. «¡La vida, que soy el rey!».
Segundos después, capituló: «Yo me rindo al emperador».
De Ávila llegó poco después e intentó liberar al rey, pero descubrió que era una tarea demasiado pesada para un solo hombre.
Pita de Veiga se acercó entonces para colaborar.
Francisco I le ofreció 6.000 ducados a cambio de que no se la llevase, pero el gallego se negó.
El último en discordia, Juan de Aldana, solo aparece citado en el texto de un cronista de Felipe IV. ...
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