Los vecinos que decidieron resistir en Bédar: «Si se hubieran quedado en las casas ahora estarían vivos»

Hay incendios que sólo arrasan el monte.
Y hay otros que obligan a quienes los sufren a decidir qué están dispuestos a perder.
Cuando el jueves las llamas cercaron Bédar, para muchos vecinos toda una vida quedó reducida a una disyuntiva tan sencilla como siniestra: marcharse o quedarse.
La mayoría obedeció las órdenes de evacuación.
Otros decidieron permanecer .
No por temeridad, ni heroísmo.
Sino porque les resultaba imposible asumir que podría arder la casa que habían levantado durante décadas sin, al menos, intentar evitarlo.Cuarenta y ocho horas después de aquella decisión, las encaladas y laberínticas calles de herencia morisca de Bédar están prácticamente desiertas.
Apenas unas decenas de vecinos, de casi el millar censados, resisten en la población.
La mayoría, encerrados en sus casas.
Otros, como Antonio pasean sin rumbo fijo, tratando de descubrir cualquier novedad, en un pueblo donde las comunicaciones están totalmente cerradas.
Y no sólo el acceso por carretera , bloqueado por la Guardia Civil desde la vecina población de Los Gallardos, sino porque el incendio ha destruido la fibra óptica y algunos de los repetidores y no hay red wifi, y la cobertura de los móviles queda circunscrita a algunos puntos en la parte más alta.«No, no tuve miedo», es la parca respuesta, apostillada por una sonrisa cómplice, con la que Antonio atiende a nuestra pregunta de cómo vivió aquellos momentos.
Con un paso firme, impropio para un octogenario, sigue descendiendo la calle Llanos.
Su pronunciada pendiente, convierte el nombre en paradoja.
Avanza firme hacia la única tienda del pueblo que acaba de reabrir tras el incendio.
Sin embargo, algo le hace cambiar de rumbo y vuelve sobre sus pasos.
Que ahora la pendiente no le sea favorable tampoco frena su ritmo.
En silencio, se estufa tras girar en la primera esquina.Noticia relacionada general No No SUCESOS Bédar, el refugio británico de Almería del que doce vecinos no lograron escapar al fuego R.
PérezEugenio es otro de los que resistió.
Sentado en el improvisado banco que forma el escalón con el que la acera busca salvar la pendiente, se lía un pitillo mientras se toma un refresco.
Deja pasar el tiempo, y no duda en rememorar aquellos momentos de la tarde del jueves. «Vivo en un cortillo, a las afueras, y decidí quedarme para salvarlo del fuego».
No hay ni una pizca de heroicidad en sus palabras, sólo la convicción de que no tenía otra opción.
El jueves, poco antes de las seis de la tarde, y aprovechando que el calor comenzaba a bajar decidió desplazarse hasta la parte baja de la población «para hacer unos trabajillos en el campo», Fue entonces cuando vio por primera el humo, «pero estaba muy lejos, no me pareció preocupante».
Sin embargo, apenas quince minutos después, ya veía como las llamas avanzaban hacia allí, y decidió ir a una de las zonas altas para comprobar el alcance.
Fue allí donde se encontró con el alcalde, que había llegado con la misma intención.
No les costó entender que la situación era límite. «Vino la Policía Local y me pidió que mientras bajaba para casa fuera avisando a todos los vecinos del incendio», nos explica.
Con el claxon y a gritos, con las ventanillas bajadas, alertó a cuantos se encontrara por los diseminados de El Pinar. «Cuando llegué a mi cortijo, mis padres ya se estaban preparando para marcharse con mi hermano, pero yo decidí quedarme», relata.Antonio por las calles de Bédar, una casa con todo el terreno cercano quemado y un helicóptero trabajando en la extinción del fuego.
Txema Rodríguez«Metí en el centro de la parcela el coche y toda la maquinaria del campo, para alejarla lo más posible del fuego», recuerda. «Fui mojando con una manguera todo el perímetro, y cuando llegó el fuego me puse cerca de la piscina.
'Si llega hasta aquí por lo menos tengo agua para meterme', pensé».
No hizo falta.
El fuerte viento, a la par que hacía avanzar el fuego con rapidez, también propició que las llamas apenas se cebaran con la construcción.«No tuve miedo –insiste–, porque por desgracia ya he vivido por aquí incendios parecidos».
Tampoco entiende que su decisión fuera una temeridad.
Al contrario, está convencido de que los doce fallecidos, «si se hubieran quedado en sus casas, ahora estarían vivos».
Lo cierto es que la observación corrobora la idea de Eugenio.
La mayoría de las construcciones diseminadas por zona permanecen incólumes, como una nota de color en medio del negro paisaje que les rodea.
Dejamos a Eugenio y sus pensamientos en el improvisado banco en que ha decidido pasar esta mañana y avanzamos hacia el único lugar en el que se aprecia una chispa de vida, el supermercado Javier, la pequeña tienda de conveniencia que apenas dos abarrotados pasillos surte de cualquier producto a los vecinos, desde productos frescos o de limpieza hasta tabaco.
En la puerta, una furgoneta de un horno de Turre descarga algunas barras de pan de leña.
Son las primeras que llegan desde el jueves.El refugio del que algunos ciudadanos británicos no lograron escapar.
Txema Rodríguez«Hemos decidido abrir a ver que pasa», nos explica Javier, el propietario, mientras saluda a un cliente.
Sin conexión telefónica, sólo pueden cobrar en efectivo.
En una población en que la mitad del censo son británicos, no extraña que uno de los primeros en llegar sea Peter, que hace acopio de varios productos frescos y seis latas de cerveza.
Javier le saluda en inglés al entrar. «No es justo lo que están diciendo contra los extranjeros, ellos son ahora parte del pueblo, tanto como nosotros.
Viven todo el año aquí, están empadronados y son los que dan vida al pueblo», nos explica, en referencia a quienes atribuyen la muerte de las doce personas (once de ellas eran de origen extranjero) a un gesto de imprudencia por su parte.
De hecho, Javier comparte, sin haberle escuchado, la teoría de Eugenio de que las consecuencias hubieran sido muy distintas si hubieran permanecido en sus casas.
O como mucho, llevarlos hasta el centro de Bédar. «Aquí estuvimos siempre seguros, se les podría haber acogido en los bares, hasta que pasara el fuego, porque no iba a entrar en el casco urbano», asegura.
Sin embargo, la evacuación se hizo en dirección a Los Gallardos, a unos seis kilómetros más abajo.
El desalojo fue muy dificultoso para los que bajaron por la carretera principal.
Prueba de ello es que los tres autobuses que el ayuntamiento movilizó para ese fin, tuvieron que quedarse en la población y los vecinos se repartieron en coches privados.
Por desgracia, para quienes trataron de huir desde las casas diseminadas en el monte, los caminos rurales se convirtieron en una ratonera mortal.AFP Se retrasa la vuelta a casa Pese a que el incendio apenas ha avanzado este sábado y que en la zona ya quemada el riesgo de que se reactive es prácticamente nulo, las autoridades han retrasado la vuelta de los vecinos hasta la última hora de la tarde, cuando, en un lento goteo y tras comprobar su dominico en la documentación han permitido a algunos automóviles rebasar los controles con los que han cerrado todos los accesos a la población.
Aunque el motivo no se ha dado a conocer públicamente, la razón de esta negativa estaría en la pretensión de la Guardia Civil de evitar que los vecinos pudieran encontrase, a su regreso, con el cadáver no localizado de algunos de los que todavía siguen contándose como desaparecidos.
Durante todo el día, unidades de la Guardia Civil han patrullado la zona para revisar de nuevo cada uno de los caminos y las casas afectadas en los diseminados.
Hasta el momento, no han encontrado ningún cuerpo más, aunque sigue sin explicarse, tres días después, la discrepancia entre los 12 cuerpos sin vida localizados y las 23 personas que todavía constan como desaparecidas.A Javier, y a su mujer que atiende en la caja, les preocupa el futuro de Bédar. «Yo también tengo un bar, un poco más abajo –nos dice mientras señala el final de la calle– y no tengo ni idea de lo que va a pasar a partir de ahora».
Javier no piensa sólo en el daño de estos días cerrado, sino en las consecuencias a largo plazo. «¿Quién va a querer vivir aquí ahora?», se pregunta, preocupado por sus negocios en una población que convirtió el turismo y la residencia a largo plazo de los británicos en su único modo de vida.
La llegada de una mujer a la tienda pone fin a sus pensamientos. «Hello Celeste», le dice Javier, que evidencia conocer a su clientela.
La mujer, con el pelo tintado con mechones con tonos morados y azules, le saluda con una media sonrisa y al descubrir a Peter, avanza rápido para abrazarle.
En inglés, se ponen al corriente de cómo están y, sobre todo, hacen inventario de cómo han quedado sus residencias.
Allí se quedan.
Ya afuera, las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de la Cabeza, que el jueves sonaron a rebato para alertar de la emergencia, ahora nos anuncia el mediodía.
Es el único sonido que recorre las vacías calles..
En Bédar ya no queda humo.
Con el pueblo vacío y doce vecinos fallecidos, el dilema al que les arrastró el incendio sigue sin resolverse: cuándo merece la pena marcharse y cuándo quedarse. ...
이 뉴스, 어떠셨어요?
탭 한 번으로 반응 · 로그인 불필요