Llevaban cuatro cajas

Eran cuatro niñas y llevaban cuatro cajas.
La primera con las cenizas de Iván; la segunda, con las de su esposa, Irene; la tercera con las de la hija de ambos, también Irene, de 17 años; y la cuarta con las de su hijo Álvaro, de 14.
Los cuatro fallecían el pasado domingo 5 de julio, a las cuatro y veinte de la tarde, cuando su coche volcaba en el kilómetro 83 de la A-67, a la altura de Herrera de Pisuerga, tras un familiar día de playa.
La muerte de todos se produjo por traumatismo craneoencefálico después de que el vehículo en el que circulaban diera un número incuantificable de vueltas de campana, posiblemente sin capota.
Y el resto ya se lo imaginan.
Tres días después, las cuatro niñas y las cuatro cajas salían de la catedral de Valladolid tras ser oficiadas las exequias de sus familiares en la misa funeral oficiada por el arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello, entre la humedad de las lágrimas y de los siglos.
Salían a cámara lenta, asumiendo su papel con compostura, con los surcos de las ojeras por debajo del nivel del mar, el rictus ciego del espanto y la pena de quien lleva entre las manos un corazón hecho cenizas.
Cientos de personas -puede que miles- les hacían pasillo en un túnel interminable que unía el altar mayor con el coche fúnebre, que esperaba a los pies del atrio entre un silencio repugnante y un sol brumoso, fuera de lugar y de tiempo.
A ciento treinta kilómetros, en el hospital de Burgos, la única superviviente del accidente, Carlota, se recuperaba de las heridas desde la inconsciencia infinita de sus nueve años.
Pero en la catedral, su presencia lo sobrevolaba todo, como un ave huérfana y herida mirándonos por dentro.
Hace un año despedíamos al padre de Iván en esta misma página.
Hoy tengo claro que el mayor enemigo del escritor es la memoria.
El segundo es el tiempo.
Ambos confluyen en el acto miserable de escribir la muerte de un amigo, de un amigo antiguo y querido al que jamás podremos olvidar.
Tampoco a su mujer ni a sus hijos, de una belleza y calidad humana incomparables.
Pero el tiempo y la memoria, que confluyen en la muerte, confluyen también en la esperanza.
Unos metros más allá de la catedral, un grupo de amigos le despedíamos entre manteles, abrazos y un número indeterminado de botellas de Dehesa de los Canónigos, la bodega familiar que Iván dirigía. «Siempre que veo Dehesa en cualquier carta del mundo siento una necesidad que me obliga a pedirlo, como si la bodega fuera mía», dijo uno. «Es que es nuestra», respondió otro, solemne. «La hemos visto nacer y crecer e Iván siempre nos ha hecho partícipe de su sueño».
Partimos el pan y el vino y reímos recordándole con las lágrimas justas, que no sé cuántas son, pero ni una más ni una menos de las necesarias.
Todos llegaban llorando y salían en paz, purificados en un nuevo bautismo.
Pero al fondo de nuestra cabeza, a la altura del cuello, había cuatro niñas con cuatro cajas.
Y su manera de llorar, mirando al suelo y caminando torpemente nos volvía a romper por dentro.
Y Carlota, y su futuro. «El catolicismo no es solo una fe sino un modo de vivir la fe, en comunidad.
Esto solo lo podemos pasar juntos», dijo otro, tomado a la vez por el vino y por el Espíritu Santo.
Y sin más detalles nos fuimos yendo, uno por uno, torpemente, hacia la normalidad de la vida y la vulgaridad infinita del tráfico rodado.
Siempre estarán entre nosotros.
Todo lo que teníamos que decir ya lo hemos dicho.
Pero, cada media hora -lo he contado, como las contracciones- nos viene a la cabeza Iván y su sonrisa; su generosidad y su grandeza; su carisma y su alegría.
Lo mismo sucede con su mujer y sus hijos.
Sonreímos, porque la vida sigue.
Pero había cuatro niñas y llevaban cuatro cajas. ...
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