Gran Vía, ciudad fantasma

La Gran Vía de Madrid parece un pueblo olvidado cuando aprieta el calor en la ciudad.
Su asfalto quema tanto como el infierno; sus aceras son pasillos solitarios de pisadas, y los turistas se meten en las tiendas en busca del aire acondicionado.
Me recuerda a las estaciones de tren abandonadas, como cuando pasas por un pueblo que murió al construirse una autopista cercana y entonces la soledad se convierte en el único presente de sus habitantes.
Es ese momento del verano madrileño cuando la Gran Vía deja de comportarse como la Gran Vía.
Un instante breve, casi clandestino, que solo conocen quienes tienen la pésima fortuna de tener que trabajar en cualquiera de los gigantes que la habitan.
La calle, acostumbrada a sostener turistas, músicos, compradores, y repartidores de todo pelaje, se convierte de pronto en una isla desierta, y los que circulan por ahí lo hacen con la urgencia de quien se juega la vida si el sol le mira de frente.
Amanece con las maneras de un pueblo costero, con los semáforos sonando más de la cuenta, con los taxis libres y las palomas recuperando un territorio que durante el resto del año alquilan a los humanos por temporadas completas.
Es en ese momento cuando Madrid recuerda que también en la Gran Vía hay silencio .
Un silencio relativo, naturalmente, porque esta ciudad nunca se calla del todo, y aparece un runrún que proviene de máquinas de aire acondicionado que se mueren por sobrevivir al mando a distancia de los inquilinos de hoteles, pisos, oficinas y tiendas.
Ni siquiera los hermanos Alcázar, los heavys de Gran Vía se atreven a pararse frente al extinguido Madrid Rock.
Pasar por esta monumental calle vacía produce una sensación desconcertante.
Todo sigue en su sitio, pero nada encaja del todo.
Los edificios parecen más altos, como si trataran de separarse de la tierra quemada bajo sus pies, los escaparates se quedan mudos y hasta los carteles luminosos que tanto nos recuerdan a Madrid, prefieren fundirse que competir contra una luz que brilla del cielo al suelo y de abajo arriba.
Los madrileños nos reconocemos sin necesidad de saludarnos.
Caminamos despacio y por la sombra, no podemos seguir con ese ritmo que tanto nos define porque andamos hacia un patíbulo asegurado y nadie tiene prisa, porque el calor ha decretado una tregua obligatoria.
El mes de julio es del todo horizontal, porque lo mismo da que sean jubilados que ejecutivos, pues todos avanzan con la dignidad justa para no admitir que el asfalto ha derretido las suelas de nuestra esperanza un año más.Noticia relacionada opinion No No Los columnistas de la tribu Alfonso J.
UssíaLlegará septiembre , sí, y con él volverán las prisas, los grupos con paraguas en alto, las colas, los cláxones y nuestra costumbre de caminar por encima del suelo un par de palmos porque no llegamos a nada.
Cuando eso suceda, esta calle de Gran Vía recuperará también su condición de escaparate del mundo.
Pero durante estos días, mientras el sol siga gobernando la ciudad, la avenida más famosa de España seguirá siendo un duelo en el Far West de nuestra existencia, una especie de lagar desierto de personas que no pueden permitirse el lujo de morir de calor mientras tengamos en casa una persiana bajada o un ventilador tan mareado como nosotros.
Al final, resulta que el mayor lujo del verano madrileño no es una piscina con piña colada ni una cala escondida en las islas, sino poder cruzar Gran Vía sin tener que esquivar ni turistas ni patinetes espontáneos con altavoz.
Julio obra el milagro que ningún alcalde ha conseguido jamás: devuelve la calle a los vecinos.
Aunque queden pocos vecinos y estos prefieran mirar afuera desde el confort de una ventana cerrada a cal y canto.
Yo la camino de noche, que es el día en verano y aún queda resaca de todo lo que la acera ha sufrido.
Y es que Gran Vía, tan majestuosa y abarrotada, tiene en este mes de julio la costumbre de abandonarse a sí misma.
Sin toldos, sin árboles, sin refugio, con la única certeza de que, si pasas muy rápido, evitarás ingresar en la unidad de quemados de cualquier hospital de la ciudad.
Madrid es la meseta de España y la meseta de Madrid es la calle Gran Vía, con sus atascos, con sus manías y con la seguridad de que, si usted pone un pie ahí en pleno julio, estará conociendo lo que le espera en el infierno. ...
이 뉴스, 어떠셨어요?
탭 한 번으로 반응 · 로그인 불필요