De maestra a tatuadora a los 51 años, la reinvención que empezó con una enfermedad

Durante más de dos décadas, Guiomar Santander pensó que su vida profesional tenía un único destino: la enseñanza.
Maestra especialista en inglés, madre de cuatro hijos y una mujer acostumbrada a vivir sin freno, llenaba las aulas de juegos, bailes, celebraciones y proyectos.
Fuera del colegio tampoco sabía estarse quieta.
Practicaba kárate, montaba a caballo, nadaba, leía y disfrutaba de una rutina intensa que parecía no tener límites. «Podía comerme el mundo si me lo proponía», recuerda.
Pero un día su cuerpo dejó de seguirle el ritmo.
La fibromialgia irrumpió en su vida y lo cambió todo.
Primero llegaron el dolor y el cansancio; después, la certeza de que no podría seguir ejerciendo una profesión que adoraba. «Mi cuerpo había decidido que ya era suficiente», resume al recordar aquel punto de inflexión.
Lo más difícil, explica, no fue comprender que la enfermedad le impedía continuar trabajando. «Eso cualquiera puede entenderlo.
Lo realmente duro fue asumir que ya no iba a poder volver a hacer un trabajo que me apasionaba y para el que hasta entonces era totalmente válida».
Llegar a esa conclusión le costó « llantos , terapia y muchas conversaciones» consigo misma hasta aceptar que dejar la docencia no era una derrota, sino una necesidad. «Sentí una tristeza profunda».
Ese duelo profesional también golpeó directamente a su autoestima. «Me sentía tan insegura y tan inútil que era incapaz de tomar decisiones simples», reconoce.
Necesitó ayuda psicológica y el apoyo incondicional de su familia para empezar a reconstruirse.
Sin embargo, hay algo que nunca perdió. «La identidad como maestra la llevaré toda la vida».
Cuando parecía que todo estaba detenido, apareció una posibilidad que llevaba años escondida entre sus intereses.
Desde niña sentía curiosidad por el dibujo y el tatuaje .
Aquello que comenzó como una forma de mantenerse ocupada terminó convirtiéndose en una auténtica pasión . «El tatuaje es arte, cultura e identidad; no está tan lejos de la enseñanza como mucha gente piensa», explica.
Asegura que siempre le ha gustado crear cosas bonitas, aprender y dejar huella en las personas.
Por eso decidió matricularse en Tattoox, una escuela especializada en formación para tatuadores. «El resto es historia».Comenzar desde cero a los 51 años no estuvo exento de prejuicios.
Muchos le dijeron que era muy valiente; otros, reconoce entre risas, probablemente pensaban que estaba «loca».
Tampoco faltaron las caras de sorpresa cuando anunció que quería dedicarse al tatuaje.
Pero quienes mejor la conocen sabían que, cuando se propone algo, pone «todo el corazón y todo el empeño » para conseguirlo.
Lejos de ser un simple cambio profesional, el tatuaje terminó convirtiéndose en una herramienta terapéutica. «Me ha dado confianza, pasión, alegría, emoción, libertad y serenidad», resume.
Trabajar en un entorno tranquilo, poder organizar sus tiempos y hacer las pausas que necesita le permite convivir mucho mejor con la enfermedad.
Además, mantener la mente ocupada ha sido una de las claves para recuperar el equilibrio emocional. «Me quita horas de sobrepensar, me hace sentir válida y mantiene mi creatividad activa».
Incluso salir a pasear se ha transformado en una fuente constante de inspiración para futuros diseños. «Cada vez estoy más convencida de que aprender a tatuar fue la mejor decisión que pude tomar».«Asumir que no volvería al aula me costó llantos y terapia» Guiomar SantanderSu familia ha sido otro de los grandes pilares de esta transformación .
Sus cuatro hijos nunca dudaron de ella. «Saben que soy capaz de cualquier cosa que me proponga y cuanto más fuera de lo convencional sea, más interesante les parece».
De hecho, cuenta divertida que todos quieren convertirse algún día en sus clientes.
Su historia también rompe con una idea muy extendida: la de que reinventarse profesionalmente tiene fecha de caducidad.
Guiomar está convencida de que nunca es tarde para empezar de nuevo.«No existe una edad para reinventarse.
Hay que luchar por aquello que te apasiona, aunque las circunstancias cambien o la vida te obligue a buscar otro camino».
A su juicio, salir de la zona de confort siempre acaba aportando aprendizajes inesperados.
A quienes atraviesan una enfermedad o cualquier cambio que les haga sentir que han perdido el rumbo les lanza un mensaje de esperanza, pero también de realismo.
Recomienda darse tiempo, dejar de exigirse tanto y empezar por objetivos pequeños. «Que se marquen una meta sencilla, alcanzable, que les dé sentido.
Poco a poco encontrarán su nuevo camino».MÁS INFORMACIÓN noticia No El otro uso prometedor de la melatonina, más allá del sueño, que desconocías noticia No Marta Masi: «Mi truco para convivir con la fibromialgia es ponerme guapa y salir a la calle» noticia Si La lucha invisible de la fibromialgia en Córdoba: «Pedimos más compromiso e interés» noticia No Por qué se habla tanto del magnesio: beneficios, tipos y para qué sirve cada unoMirando atrás, reconoce que la fibromialgia le arrebató muchas cosas: la capacidad de hacerlo todo, el descanso, la improvisación o la independencia.
Incluso, admite, «casi me quitó la alegría de vivir».
Sin embargo, con el tiempo también le ha regalado otra manera de entender la vida: más pausada , más sencilla y con la capacidad de priorizar aquello que realmente importa.
Hoy, si pudiera hablar con la mujer que acababa de recibir el diagnóstico, le diría que el camino será duro y que muchas personas no comprenderán realmente por lo que está pasando.
Pero también le recordaría que confíe en sí misma, que escuche a su cuerpo, que pida ayuda cuando la necesite y que nunca deje de aprender.
Porque, a veces, una enfermedad no solo obliga a cerrar una etapa, sino que también puede abrir otra completamente inesperada.
Y en el caso de Guiomar, esa nueva vida empezó con una aguja de tatuar. ...
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