Historia y memoria de la Guerra Civil

Hace ya 90 años atrás, España se precipitó en un abismo de sangre y violencia que conocemos bajo el sintagma de «guerra civil de 1936-1939».
Fue un cruento conflicto interno que supuso el abrupto final del quinquenio democrático inaugurado con esperanza en abril de 1931 con la proclamación de la II República.
Y su terminación fue seguida por una férrea dictadura caudillista que duró casi cuarenta años e institucionalizó la victoria total lograda por el bando liderado por el general Franco en la contienda.
La investigación historiográfica sobre ese conflicto lleva decenios ofreciendo sus resultados a la ciudadanía española interesada, casi siempre en conflicto con los mitos y tópicos acuñados durante la propia contienda y asumidos por los legatarios de los dos bandos contendientes, con mayor o menor éxito hasta la actualidad.
En todo caso, volver la mirada histórica sobre aquel fenómeno iniciado hace ya casi un siglo exige considerar al menos cuatro premisas de partida para su tentativa de comprensión cabal.
La primera premisa puede parecer baladí, pero no lo es en absoluto.
Concierne al hecho de que la contienda de 1936 fue una guerra civil y reprodujo todas las características del fenómeno conocidas en la historia.
A saber: la fragmentación del previo poder unitario de un Estado por surgimiento de un conflicto armado entre, al menos, dos facciones que pugnan por el control del mismo territorio y población para lograr su propósito y aplastar toda resistencia contraria.
Esta condición debe subrayarse porque tanto los combatientes en guerra como sus legatarios en posguerra tendieron y tienden a ocultar esta realidad de fractura civil para negar así toda legitimidad moral al enemigo, negándole la misma condición de español o conciudadano.
Y para ello se cubren bajo definiciones encomiásticas como «guerra de liberación», «guerra de independencia», «revolución popular» o «cruzada anticomunista», por ejemplo.
Lo dejó claro un propagandista franquista: «No era aquélla guerra civil, porque no es guerra civil la que mantiene la autoridad contra los ladrones, asesinos e incendiarios».
Y lo ratificó la propaganda comunista: aquélla era «guerra de defensa de un pueblo que se siente traicionado» por una «sublevación de las castas reaccionarias» apoyadas por el fascismo internacional pero sin base social o popular alguna.
La segunda premisa advierte que toda guerra civil, incluyendo la española, nunca estalla de improviso o por la acción malévola de una minoría aislada, marginal y sin grandes arraigos sociales profundos, como si fueran accidentes naturales impredecibles o movimientos telúricos incomprensibles.
Como ha demostrado la historiografía, toda guerra civil presupone hondas y graves divisiones socio-políticas prebélicas, que nutren su fase de incubación (por factores sociales, políticos, culturales…), su momento de estallido (siempre un golpe de fuerza inicial de parte que es resistido por otra parte), su curso de desarrollo (de mayor o menor duración o internacionalización) y su desenlace final (con victoria total, armisticio, mediación, partición del país…), perviviendo sus odios y temores en la posguerra mucho tiempo después.
Por eso mismo, cabe descartar que la guerra española hubiera sido obra exclusiva de la conjura y rebelión militar de un puñado de generales traidores al servicio de terratenientes y capitalistas.
Al igual que cabe orillar la especie de que fue una acción militar preventiva para anticiparse a un «complot comunista» inminente y auspiciado por un gobierno republicano cómplice.
Para desgracia de todos los españoles de entonces, desde la primavera de 1936 estaba en marcha un proceso de polarización socio-política extremo en un contexto de profunda depresión económica y gravísima crisis de convivencia pública, lo que posibilitó la contingencia del salto al vacío de la violencia general indiscriminada.
La tercera premisa advierte sobre el hecho de que, en el violento siglo XX, la centuria de la «guerra total», las guerras civiles se convirtieron, literalmente, en «una guerra contra civiles», ya sea a cargo de soldados armados o de civiles movilizados para tareas de limpieza del enemigo en retaguardia.
Fueron esos militares y civiles militarizados los que, además de luchar en el frente, operaron en las retaguardias para buscar, identificar y eliminar a toda persona considerada desleal u hostil a la causa propia.
El resultado fue que el volumen de civiles muertos por represión sociopolítica llegó a a ser igual o superior al volumen de soldados muertos por operaciones militares.
Y esos muertos civiles lo fueron muchas veces a manos de otros civiles, no a manos de soldados, pereciendo en retaguardia por su percibida peligrosidad y su asociación con el enemigo existencial.
Aún más: esos actores civiles no fueron siempre meros objetos pasivos de una violencia sobrevenida y externa, sino que incluyeron en su seno a víctimas y verdugos y a denunciantes y denunciados, porque la categoría de «víctima» no era ninguna cualidad ontológica sino circunstancia azarosa y fatal en contextos inciertos y cambiantes, en una dinámica bélica sanguinaria y prolongada durante años.
La cuarta y última premisa exige atender al ciclo histórico en el que se integra la guerra española: la convulsa época de entreguerras de 1919-1939, que se abre tras el final de la Gran Guerra del 14 y se cierra con la segunda vuelta iniciada en el 39.
Esto supone abandonar la tesis de la excepcionalidad de la contienda española para insertarla en un ciclo pródigo en dicho tipo de conflictos, que incluye, antes que la española, la corta pero cruenta guerra civil finlandesa de 1918, la larga y brutal guerra civil rusa de 1918-1921, la breve guerra civil húngara de 1919 y la compleja guerra civil irlandesa de 1921-1923, aparte de muchos otros episodios violentos de guerra civil latente y larvada en muchos países de los Balcanes, por ejemplo.
Dicho en otras palabras: la guerra civil española no fue el único tipo de conflicto interno cruel y devastador que asoló el continente europeo entre las dos grandes guerras mundiales.
Ni mucho menos.
Aunque sí cabe decir que fue uno de los casos más paradigmáticos por su intensidad, duración y eco e impacto continental.
Dentro del marco conceptual de esas premisas, cabe ya entender la guerra española en su contexto histórico geográfico y temporal, orillando las explicaciones hispanocéntricas, que suelen ser deudoras de prejuicios pseudo-antropológicos anclados en la supuesta violencia innata de los españoles o su aversión por la vida pacífica y civilizada.
Y cabe entender que fuese, como tal conflicto fratricida, un cataclismo colectivo que partió por la mitad a la sociedad y abrió las puertas a un infierno de sangre y violencia.
Con una cosecha de vidas estimada en un máximo de 200.000 víctimas mortales en operaciones militares, en torno a 350.000 víctimas de penurias alimentarias y sanitarias, y un conjunto de víctimas por represión socio-política de no menos de 130.000 a manos franquistas (la mayoría en guerra y hasta un cuarto en posguerra) y algo más de 55.000 a manos republicanas (sólo durante la guerra por razones obvias).
No es un saldo que convenga olvidar ni maquillar, aunque hayan pasado 90 años, nada menos.Enrique Moradiellos es historiador ...
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