Sabina, el astronauta de la melancolía

Resulta que Joaquín Sabina tiene la gloria desde una voz de cenicero lleno, bajo el astro de una inteligencia que reverencia la palabra.
Siempre ha cantado después de haber perdido algo importante , aunque nadie supiera exactamente qué.
El amor, la juventud, medio hígado o simplemente la fe en levantarse antes del mediodía.
O acaso todo junto.
Ha inventado la derrota con prestigio nocturno, y es Bob Dylan con dúplex en Lavapiés .
No gastó lámina de guapo, tampoco carga don de barítono, y nunca tuvo tontuna de estrella.
Más bien parecía un profesor expulsado de un casino de provincias a las cuatro y pico de la madrugada.
No lo va a superar nadie.
Es el atleta primero de lo suyo, que es lo nuestro, desde la poesía de barranco hasta el cabaré de amigos.
Hizo una imagen antes de que se la hicieran, con bombín de pícaro, humo de amparo, ojeras lujosas, chaqueta cansada y esa ironía de quien ya ha discutido demasiadas veces con la vida como para tomársela muy en serio.
Ha escrito muchos versos que contienen nuestras biografías .
He ahí el milagro, el éxito, todo.
Sabina entendió antes que muchos poetas que España no tiene mucho afán en recitar endecasílabos, pero sí ganas de cantarlos en los bares.
Ha cruzado a Quevedo con los camareros insomnes, a Brassens con el 'bourbon' suicida, a la literatura, en general, con la resaca sentimental de la Transición.
Hizo del canalla una figura cultural respetable y del fracaso amoroso una pequeña patria compartida.
Ha cantado para mujeres listas, hombres derrotados y jóvenes que querían aprender a perder con cierto estilo.Eso no es un público, obviamente, sino una escuela sentimental.
La izquierda española lo adoptó durante años como un santo laico de la bohemia urbana.
Era Sabina el poeta del whisky adúltero, la democracia bullente y las sábanas revueltas.
Y él aceptó el papel con esa mezcla tan española de vanidad y pudor, de exhibicionismo y vergüenza.
Y decir que lo aceptó es decir que lo soportó.
Porque a Sabina siempre le hemos visto incómodo dentro de su propio mito, como si sospechara que el personaje pudiera devorar en algún momento al artista.
No se acomoda ni siquiera a sí mismo .
Pero no nos importa aquí, en esta baraja estival de glorias nacionales, tanto el personaje extraordinario como el artesano insomne.
Estamos ante un hombre que corregía versos bajo febril atletismo, que empujaba el diablo de la métrica bajo apariencia de improvisación tabernaria.
Ha sabido fingir el desorden, igual que los grandes tahúres fingen la distracción, mientras cuentan las cartas.
No sé yo si su titulación mayor es la de romántico maldito, porque estamos ante un biógrafo de la noche, ante un astronauta de la melancolía.
España lo quiso, y lo quiere, porque parecía uno de los nuestros: frágil, brillante, exagerado, sentimental y tirando a autodestructivo.
Pero también porque supo contar la transformación histórica del país .
Con él entraron en el cancionero los divorcios, los aeropuertos, las noches democráticas, las mujeres libres, la ironía urbana y esa tristeza moderna de quien ya no cree en las grandes épicas pero sigue necesitando un estribillo para soportar el domingo.
No ha cantado la felicidad, sino el daño, la dignidad del daño .
Y quizá por eso sus canciones han envejecido mejor que tantos discursos de su tiempo.
Hablaban menos de una generación que de una condición humana.
Cambian los gobiernos , desaparecen los bares donde nacieron los amoríos, y el humo ya no decora las mesas como entonces, pero sigue habiendo alguien que se enamora demasiado tarde, alguien que llega a casa demasiado pronto y alguien que descubre que la memoria siempre desafina un poco.
Y ahí continúa esperando Sabina, dando la palabra a derrotas que nunca cambiarán de nombre. ...
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