Paredes de la Sierra Norte que cuentan la historia de sus pueblos
En Patones, municipio de la Sierra Norte de Madrid , desde finales del año pasado hay una pared en la que conviven el legendario Rey de Patones, las huertas que todavía cultivan sus vecinos, una abubilla de cresta abierta y la unión entre los dos 'pueblos' que comparten nombre pero no apellido, el de arriba y el de abajo.
Todo aparece enmarcado en una cenefa en tono tierra que dialoga con la identidad del municipio.
Este es uno de los 42 murales que desde finales de 2025 salpican la Sierra Norte, convirtiendo fachadas anónimas en diferentes relatos sobre la historia de cada pueblo.
Una fórmula que funcionó tan bien que la Comunidad de Madrid quiere extender a otros diez municipios de menos de 5.000 habitantes mediante los nuevos premios 'Paredes con Vida'.
La convocatoria, abierta hasta el próximo 30 de julio, repartirá diez premios de 10.000 euros para financiar proyectos de arte urbano inspirados en la identidad de cada localidad.
Los ayuntamientos que cumplan los requisitos deberán presentar proyectos de murales sin ejecutar, que reflejen su patrimonio, su historia o sus costumbres y que se integren en el entorno y la estética urbana.
El objetivo es replicar el modelo de 'Paredes que Hablan', una iniciativa impulsada por la Mancomunidad de la Sierra Norte que pone en valor la identidad del territorio mediante el diálogo entre arte urbano, identidad cultural y naturaleza.
Un proyecto que consiguió reunir a finales del año pasado a 31 artistas de dilatada experiencia, trayectoria y calidad para realizar 42 obras repartidas por diferentes pueblos de la comarca.
La idea original, que cuenta con una muestra que se puede visitar en la Real Casa de Postas hasta el próximo 30 de julio, va mucho más allá de embellecer una pared. «Queríamos crear un patrimonio nuevo que sirviera también para dinamizar turísticamente los pueblos», explica a ABC el comisario, Jonathan Paredes.
La Sierra Norte ya contaba con un importante atractivo ligado a la naturaleza, el senderismo o el patrimonio arquitectónico.
La Mancomunidad buscaba que los murales sirvieran como un motivo más para recorrer esos pequeños municipios desde otra mirada.
Un objetivo que requiere un proceso de trabajo lento y cuidadoso que comienza mucho antes del primer boceto: pasear por los municipios, hablar con los ayuntamientos, localizar las paredes adecuadas y entender qué hacía único a ese lugar.Nada se dejó al azar.
Solo después de haber analizado minuciosamente cada lugar comenzaba la búsqueda del artista capaz de traducir la identidad del pueblo a su propio lenguaje artístico. «No obligamos a nadie a hacer un mural de encargo.
Buscamos que el artista pueda seguir desarrollando su propio lenguaje, pero inspirado en el pueblo», resume el comisario.
Una filosofía que hizo que cada obra fuera diferente.
Algunos optaron por una representación más figurativa de la historia local mientras que otros se alejaron de cualquier interpretación evidente.
En todos los casos el diseño debía consensuarse con el Ayuntamiento correspondiente, que aportaba ideas y establecía determinados requisitos.
Cuando Jonathan Paredes llamó a Ana Irigoyen para proponerle pintar en Patones, la respuesta fue inmediata. «Es un pueblo al que le tengo muchísimo cariño», recuerda la artista.
Es natural de la sierra madrileña y durante una temporada trabajó en Torremocha del Jarama, a escasos kilómetros.
Su mural, realizado junto a la arquitecta Belén Sierra, reúne buena parte de la identidad del municipio, incluida la antigua tésera de Arekoratas, pequeña pieza celtíbera convertida hoy en uno de los símbolos históricos del pueblo.
A pesar de la conexión de Irigoyen con el lugar, el proceso estuvo lejos de ser sencillo : «Supuso un reto, había que incluir muchos detalles históricos que el ayuntamiento quería y, además, solo podíamos trabajar con cinco colores autorizados por Patrimonio».
Aquella limitación las obligó a abandonar su paleta habitual y buscar un lenguaje diferente, que dio lugar a una estética que recuerda a un grabado antiguo.
Imagen de los murales hechos por Doa Oa, Alegría del Prado y Emilio Cerezo para Redueña, Alameda del Valle y La Acebeda, respectivamente.
Jonathan ParedesSi Patones representa la cara más figurativa del proyecto, La Acebeda demuestra justo lo contrario.
El artista, Emilio Cerezo, no estuvo sujeto a ninguna exigencia municipal, lo que hizo de su propuesta una de las más arriesgadas de toda la iniciativa.
Esa libertad le permitió construir una representación abstracta inspirada en el acebo, el árbol que da nombre a la localidad, a través de una gama cromática en verdes y rojos y una sucesión formas puntiagudas que hacen alusión a la hoja y el fruto dde esta planta.
Una figuración a la que se le suma la importancia del agua en movimiento que discurre por la pequeña acequia cercana al muro.
Una auténtica obra de arte creada para el lugar que, a pesar de ser la propuesta más atrevida de todo el proyecto, ha sido una de las obras mejor recibidas por el público, según el comisario.
Según Jonathan Paredes, todos los municipios han acogido con entusiasmo las propuestas: «Los vecinos se reconocen a sí mismos e identifican la historia de su pueblo, mezclamos identidad y creatividad y de ahí surge una conexión que nadie espera».Las 42 intervenciones forman hoy un museo al aire libre, sin horarios ni taquillas.
Los murales, sin embargo, no son eternos, porque a pesar de que están realizados con materiales específicos para exteriores, su duración depende del estado de la pared, de la orientación o de la incidencia del sol.
En perfectas condiciones suelen durar entre siete y diez años.
Sin embargo, lejos de verlo como un inconveniente, el comisario cree que forma parte del arte urbano. «Los edificios también tienen derecho a cambiar de camiseta», dice Paredes. ...
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