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Menos madera, más paisaje: la revolución de la barrica de vino

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Menos madera, más paisaje: la revolución de la barrica de vino

En una mesa de cuatro comensales en cualquier rincón de Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia o Logroño, una botella de tinto bien escogido puede desaparecer en cuestión de diez o doce minutos.

No es por una sed desenfrenada ni por falta de modales; es el síntoma de un cambio de paradigma en el consumo de vino en España.

Lo que los enólogos llaman ahora un vino 'peligroso' no es aquel que embriaga por su potencia, sino el que invita al siguiente trago por su frescura y fluidez .

Este fenómeno marca el fin de una era y el comienzo de una nueva relación entre el consumidor, especialmente el más joven, y la madera .

Durante décadas, buena parte del vino español vivió bajo una estética de la concentración y del músculo.

Fue la época de la llamada 'parkerización', en referencia al influyente crítico Robert Parker, cuando la crianza en barrica nueva (a veces prolongada y generosa en tostados) se convirtió en sinónimo de calidad.

El resultado eran los mal llamados 'vinos de alta expresión' , productos tan estructurados y astringentes que el consumidor se sentía hastiado tras la primera copa .

Luis Güemes, director de Bodega 202, lo describe con claridad: «Eran vinos diseñados al gusto de Parker que producían un efecto contraproducente: solo tenías ganas de tomarte una copa».Aquellas etiquetas, concebidas para brillar en concursos y catas técnicas , no siempre encajaban con el ritmo de una comida real.

Eran vinos que pedían un plato contundente, mantel de lino y paciencia, pero que se adaptaban mal a tapas, barras y menús compartidos, donde se libra buena parte de la batalla por conquistar a las nuevas generaciones.Hoy, el péndulo se ha desplazado hacia la elegancia y la sutileza.

El consumidor actual ya no busca el 'chuletón líquido'; ahora triunfan los vinos ligeros , con una acidez marcada y que sepan a uva y a tierra, no a carpintería.

El vino quiere volver a ser un invitado amable: uno que acompaña una conversación, no que la impone.El nuevo paladar: el auge de lo 'disfrutón'El consumidor de 2026 es un explorador que busca autenticidad y una conexión personal con lo que bebe.

Roberto Vicente, enólogo de Bodegas Izadi, lo observa a diario: «En los últimos años ha habido una evolución hacia vinos más varietales y frutales.

El amante del vino busca etiquetas respetuosas con la sostenibilidad , con menor graduación y perfiles más finos donde se aprecie la identidad regional , algo que antes quedaba oculto tras los aromas de la madera».Esta búsqueda de ligereza responde tanto a una mayor conciencia sobre la salud como al deseo de vinos versátiles, ideales para el aperitivo, la terraza o los menús largos y compartidos.

El vino ya no se reserva solo para las grandes ocasiones; se ha colado en la comida de trabajo, en la cena ligera y en el picoteo de media tarde.

Y para sobrevivir a esa agenda, tiene que ser bebible, no agotador.Esta nueva forma de beber también tiene que ver con la gastronomía que marca el paso en bares y restaurantes.

Menús degustación con muchos pases, barras de tapas creativas , cocinas de producto donde el vino se sirve por copas y rota constantemente.

En ese contexto, los tintos pesados y 'sobremaderizados' pierden terreno frente a referencias más jugosas y versátiles, que no se imponen a los platos ni cansan al comensal antes del postre.

Para el consumidor actual , que se mueve entre el bar de barrio, el festival de música y el 'wine bar' especializado, lo importante ya no es el ritual, sino la coherencia: que el vino sea honesto, que no canse y que pueda adaptarse a distintos momentos del día.Rafa Somonte, director técnico de Dominio de Tares, destaca que esta tendencia recupera una realidad del pasado: «Tradicionalmente se ha consumido más vino sin madera , vinos en los que predomina la fruta y son más digestivos.

Vinos 'disfrutones'.

Volvemos a tener cierta normalidad : la madera en algunos casos representa calidad, pero no siempre».

Esa 'normalidad' implica aceptar que no todos los vinos necesitan barrica para ser grandes, ni toda barrica tiene que dejar huella evidente.

La elegancia, hoy, se mide por la capacidad del vino para contar su origen sin disfraz .La madera como herramienta de longevidadPara Lauren Rosillo, director técnico de Familia Martínez Bujanda, el debate no debe centrarse en eliminar la madera, sino en usarla con inteligencia.

Es tajante respecto a la función del roble: «La madera ha sido un recipiente imprescindible en la elaboración de grandes vinos en el mundo y creo que seguirá siéndolo.

Lo que pasa es que, cuando se utiliza de forma invasiva y tapa el carácter natural de la uva, de la zona y del sitio, es un error.

Mi filosofía es que la madera nunca se imponga sobre el terreno o la uva; debe ser un complemento, una herramienta para darle longevidad y complejidad al vino, pero nunca el protagonista ».Lauren Rosillo, enólogo y director técnico de Familia Martínez Bujanda.

ABCRosillo vincula esta evolución hacia vinos más frescos también al contexto climático : «Tenemos un verano muy largo en España y en toda Europa, y eso influye.

El consumidor quiere vinos menos invasivos, menos cargados de todo, más frescos, más ligeros».

Para él, la gran virtud de esta bebida sigue siendo su capacidad de envejecer con elegancia, algo difícil de alcanzar sin el aporte de la madera: «Un vino sin barrica tiene menos capacidad de envejecimiento que un vino con barrica.

Si el roble está integrado sin que aparezca como una nota disonante, el binomio es imprescindible ».El problema, insiste, no está en la barrica, sino en su mal uso: «Con una misma madera, según el tostado, el tiempo de secado o el grano, puedes hacer una barrica muy invasiva, que en poco tiempo te 'maderiza' el vino y le hace perder carácter, o una crianza mucho más longeva y no tan invasiva.

El secreto está en integrar la crianza de forma natural , que sea una nota más del vino y no un perfume pegado encima».Rosillo desconfía, además, de ciertos atajos. «Cuando se utilizan alternativos, chips o duelas, el impacto es totalmente exógeno al vino y se percibe como un aroma distinto, no integrado.

Ahí es donde el uso de esas 'guarrerías' ha penalizado mucho a la madera.

Se ha confundido el término roble con un tipo de aroma añadido que distorsiona el carácter del vino», asegura.Su reflexión resulta especialmente útil en un momento en el que la palabra barrica despierta tanto adhesiones como prejuicios.

Para Rosillo, la elegancia contemporánea no pasa por prescindir de la madera, sino por devolverla a su lugar.

Ni maquillaje ni firma aromática: herramienta de afinado y aliada de la guarda.Domar la madera, la precisión del nuevo oficioEn esa reeducación de la barrica, los toneleros se han convertido en aliados esenciales .

Si hay una fase de la elaboración que genera tantos quebraderos de cabeza a los enólogos como dudas a los aficionados, es la crianza en madera.

No solo implica una inversión importante; también exige mantenimiento, espacio, criterio y una comprensión muy fina del material.En Cenicero, La Rioja, la tonelería Gangutia lleva siglo y medio afinando el idioma de la madera.

Teresa Pérez, su gerente, prefiere hablar de artesanía aplicada a la precisión más que de romanticismo: «La barrica sigue siendo el mejor instrumento para dar longevidad a un vino , pero ya no puede ser un molde único para todos».Logotipo 150+1 y madera de la tonelería Gangutia.

ABCSu trabajo consiste hoy en acompañar la obsesión de los enólogos por la fruta. «Nos piden barricas que oxigenen y ayuden a pulir taninos, pero que no dejen el vino disfrazado de vainilla», resume.

El tamaño es una parte esencial de esa ecuación, de la clásica bordelesa de 225 litros se ha pasado a barriles de 300, 400 y 500 litros e incluso a fudres enormes, con una misma idea: reducir la superficie de madera en contacto con el vino para que la huella aromática baje, pero la microoxigenación siga trabajando en segundo plano.El otro gran capítulo es el fuego.

Pérez no se cansa de repetir que el tostado es «como el punto de la carne»: si te pasas o te quedas corto, el resultado se viene abajo.

Calentar el interior de la barrica ya no es solo una cuestión de domar las duelas; a determinadas temperaturas la lignina se transforma y libera compuestos que pueden ir desde la vainilla y el coco hasta los tonos ahumados y torrefactos. «Nuestro trabajo es encontrar ese nivel de fuego en el que el vino gane complejidad sin perder su identidad», explica.Para lograrlo, Gangutia trabaja en un proyecto de I+D que busca algo tan ambicioso como fabricar barricas a la carta . «Queremos automatizar el uso de brasas de roble para reproducir siempre el mismo patrón de tostado que ha diseñado el enólogo, sin renunciar al fuego real», adelanta.Arriba, Fernando Gangutia calentando el interior de una barrica.

Abajo, fabricación de barricas a la carta ABCLa revolución, por tanto, no consiste en expulsar la madera de la bodega, sino en refinar su papel .

La barrica ya no es una receta fija, sino una decisión de precisión.

Y esa precisión explica que el vocabulario del vino actual esté lleno de palabras como equilibrio, sutileza, integración o escucha, términos que hace dos décadas parecían demasiado delicados para describir grandes tintos españoles.Barrica nueva vs. barrica usadaDentro de esa nueva sensibilidad, el debate entre barrica nueva y barrica usada vuelve a cobrar sentido.

Pérez lo resume con pragmatismo: una barrica nueva ofrece poros abiertos , una microoxigenación perfecta y un mayor aporte de aroma y sabor; una de segundo uso , en cambio, permite trabajar el vino sin marcarlo tanto .

A partir de cuatro o cinco años, recuerda, la barrica deja de ser una herramienta enológica para convertirse en un mero recipiente.Esa idea enlaza con la práctica de muchas bodegas que hoy combinan maderas y edades distintas según lo que pida cada vino.

Güemes lo expresa con una imagen casi doméstica: «Me encanta el nombre que damos en España al proceso de envejecer los vinos en barrica: la crianza .

Para nosotros tiene que ver con instruir, educar, dirigir a nuestros hijos, guiarlos y darles herramientas para crecer y hacerse mejores».Él defiende que la barrica, usada de manera racional, aumenta la riqueza aromática y domestica los taninos del vino joven, haciéndolos más amables y redondos.

Ni aquellas crianzas hipertrofiadas de los años Parker, ni la demonización actual de cualquier huella de roble. «La clave está en darle a cada parcela lo que pida», resume.En el mismo sentido se mueve Joan Lliberia, de Edetària, para quien «el menos es más es importantísimo».

En su bodega, los fudres de 600 litros y los tostados más ligeros responden a una misma convicción: la barrica debe acompañar y afinar, no condicionar el vino.

El tamaño, dice, es «un menor enmascarador del ataque de madera».La Ribera del RenacimientoDesde Aranda de Duero, Fernando Ortiz lidera una corriente que busca recuperar la frescura de los clásicos.

Desmonta el mito de que la Ribera del Duero fue siempre tierra de vinos 'maderizados' y rotundos: «Ese estilo se popularizó en los últimos 20 ó 30 años durante la época Parker.

La Ribera clásica de los 60, 70 y 80 producía vinos más equilibrados, frescos, con pH bajos y multivarietales».Barricas de la bodega Territorio Luther y Fernando Ortiz.

ABCSu proyecto, Territorio Luthier, nace con el objetivo de recuperar esa línea: crianzas largas y pausadas , finura y capacidad de guarda sin renunciar a la fluidez. «Trabajamos con un perfil de vinos de mucha menos extracción.

Buscamos vinos de mezcla de variedades con frescura, pH bajos, extracciones ligeras y barrica vieja.

Esa combinación permite una polimerización alta de los taninos y vinos mucho más sutiles y elegantes», apunta.

Cada barrica se cata y se selecciona: «Para mí el equilibrio es básico.

Catas todas y cada una de las barricas que trasiegas.

Buscamos que el perfil de fruta, de flores y de madera sea mágico».Ortiz es, además, uno de los grandes defensores del roble español o 'Quercus pyrenaica'. «Tiene un equilibrio absoluto, una porosidad baja y un aporte de taninos de una calidad increíble.

Nuestros vinos Hispania son súper frescos, súper bebibles, pero con una capacidad de guarda descomunal.

El roble español aporta un carácter balsámico, fresco, especiado y de sotobosque que se integra de maravilla con nuestras parcelas», afirma.Sobre el futuro de la Ribera , su visión es clara: «Puede mantener su identidad sin renunciar a la madera , pero usando barricas no invasivas, tostados más ligeros y variedades acidificantes para lograr un equilibrio perfecto entre dulzor, acidez, tanino y alcohol.

El clima y la altitud (entre 850 y 1.000 metros) nos permiten elaborar vinos muy frescos sin perder color ni estructura.

Si hay un sitio donde se pueden hacer vinos frescos, es aquí».Su conclusión funciona casi como un manifiesto: «La época de la alta extracción y la alta concentración tuvo su momento y fue un éxito, pero llega el momento de la elegancia .

Esa es la Ribera del Renacimiento que buscamos».Hormigón, ánforas y mínima intervenciónLa búsqueda de pureza ha rescatado recipientes ancestrales que seducen especialmente a las nuevas generaciones por su espíritu libre y su conexión con la naturaleza.

Rosillo ve en los huevos de hormigón y las tinajas de barro 'herramientas fundamentales' para ciertos estilos. «Esos recipientes -explica- no aportan aromas ; respetan muy bien el carácter primario.

Son como una botella gigante que permite que el vino envejezca muy bien, de forma muy lenta.

No incorporan aromas nuevos como el roble, pero definen muy bien el carácter del sitio, de la uva, del clima ».Tinajas de barro para conservar el vino.

ABCEn distintas regiones, vinos criados en tinajas y ánforas se han convertido en bandera de una nueva sensibilidad: mínima intervención, texturas más crudas y una lectura casi directa del viñedo.

El Master of Wine Andreas Kubach, al frente de Península Vinicultores, lo resume en clave de método: «No hace falta la crianza en madera para subir peldaños de calidad.

La madera no es lo más importante.

Los vinos pueden expresar su origen sin miedo a la barrica, usada siempre en su justa medida, según lo que pida cada vino y no lo que marque la norma».La elegancia del equilibrioEn la era de la frescura y la ligereza, la discusión ya no es 'madera sí' o 'madera no', sino cuánto, cómo y para qué .

La crianza en barrica sigue siendo una aliada decisiva para la longevidad y la complejidad, pero ha dejado de ser un fin en sí misma.

La madera ya no puede ser la firma que homogeneiza; debe ser la caligrafía discreta que acompaña la voz del viñedo.Este cambio de hacer y de sentir no afecta solo a los tintos.

Blancos con cortas crianzas, espumosos de largo reposo e incluso generosos más delicados participan de la misma búsqueda: vinos que resistan el paso del tiempo sin perder tensión, que muestren la mano del elaborador, pero, sobre todo, la huella del lugar .

Las categorías tradicionales siguen ahí, pero el lenguaje con el que se rellenan está cambiando: menos madera protocolaria, más intención y más escucha.Rosillo lo condensa en una máxima: «Un gran vino es siempre un vino capaz de envejecer».

Entre todos los elaboradores, y con el apoyo técnico de toneleros como Pérez, se dibuja un consenso: el mejor vino no es el que más se nota, sino el que mejor se integra .

Pero si algo parece haber cambiado de forma más profunda es la mirada sobre la barrica.

Ya no se le exige que deslumbre, sino que acompañe.

Como un buen director de orquesta, su papel no es tocar más alto que nadie, sino lograr que cada instrumento (la uva, el suelo, el clima, la mano del hombre) suene en armonía.Quizá ahí resida la verdadera virtud del silencio : un vino que sabe escuchar a la uva, al suelo y al tiempo antes de hablar.

Cuando la madera se usa bien, el resultado no huele a carpintería, sino a paisaje, historia y autenticidad.

Y en un mundo donde el consumidor quiere disfrutar, no sufrir cada copa, esa puede ser la clave.

Menos ruido, más verdad en cada trago . ...

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