Carbón en el corazón

No puedo recordar la edad.
Pero tal vez tenía cuatro años cuando mi abuelo me subió a una máquina de vapor en el depósito de Miranda de Ebro.
Lo que queda en mi memoria es un tender lleno de carbón y la imagen del fogonero arrojando paladas a la caldera.
El carbón fue en mi infancia una estética y una forma de ganarse la vida.Muchos años después, rememoré mi niñez no con una magdalena mojada en un té como Proust sino con el olor a carbón en una estación de Puertollano.
El tiempo ha ido borrando los rastros de aquel ferrocarril, las vías fueron desmanteladas y vendidas como chatarra y muchas de sus estaciones, demolidas.
Corría 1970 cuando FEVE, empresa pública, decidió cerrar la línea que unía las cuencas mineras de Peñarroya y Puertollano, un ferrocarril de 148 kilómetros que atravesaba la accidentada orografía de Sierra Morena.
De Puertollano partía otro ramal a Fuente del Arco, localidad minera en las estribaciones de esa cadena montañosa.Todo comenzó en 1893 cuando la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, creada con capital de los Rothschild, decidió construir un enlace ferroviario para transportar carbón, plomo y otros minerales desde las cuencas de Peñarroya y Puertollano a Madrid y otros puntos de la geografía española.
Las obras no estuvieron terminadas hasta 1924, cuando los trenes mineros conectaban en Puertollano con la red nacional de la MZA.Se decía en aquellos tiempos que en Peñarroya mandaban más los franceses que el Gobierno, ya que la compañía tenía tanta influencia económica que construyó viviendas, hospitales, escuelas, casinos e iglesias para sus empleados, creando una auténtica ciudad de empresa.
El francés era un idioma habitual entre los ingenieros y directivos y muchos documentos internos se redactaban en ese idioma.
El trayecto, con viaductos y túneles, tenía que pasar un tramo de más de 50 kilómetros de pronunciada subida, lo que obligó a electrificar parcialmente la línea, ya que las máquinas de vapor apenas disponían de potencia para acarrear los contenedores cargados de mineral.
Hasta avanzado el siglo XX, los trenes llevaban guardafrenos que accionaban manualmente los frenos de los vagones para evitar descarrilamientos.
Los viajeros bautizaron uno de los túneles como el de La Risa por la frecuencia con la que la máquina se atascaba en aquel paraje de fuerte pendiente.
En 1956, el Estado nacionalizó la línea que había dejado de ser rentable.La composición de los convoyes era mixta.
Llevaba compartimentos para pasajeros, espacios para mercancías y también distribuía sacas de correos.
Circulaba por una vía estrecha de un metro de ancho.
Atravesaba las provincias de Badajoz, Córdoba y Ciudad Real con tres o cuatro trayectos diarios de ida y vuelta.
Algunos de los habitantes de los pueblos calculaban la hora por el paso de La Estrecha, el apodo popular de este ferrocarril.
La existencia de la línea está llena de anécdotas.
Cuando terminaba el turno de la mina en El Horcajo, decenas de mineros tenían que coger el tren.
Si algún trabajador llegaba corriendo mientras el convoy empezaba a moverse, el maquinista aguardaba unos segundos más.
No se trataba de una norma escrita, pero en un ferrocarril donde casi todos se conocían —mineros, ferroviarios y vecinos— era un gesto de compañerismo muy estimado.
Los trenes perdían pequeños trozos de carbón durante el recorrido.
Muchos niños esperaban junto a la vía para recogerlos y llevarlos a casa, donde servían para alimentar el brasero o la cocina.
Eran tiempos de penuria, de una España que solo recuerdan los más viejos.
Hoy la antigua línea minera ha sido reconvertida parcialmente en vía verde y algunas de sus estaciones, en restaurantes o lugares de ocio.
La memoria de La Estrecha sigue viva en quienes trabajaron en las minas, viajaron en sus vagones o recogieron aquellas briznas de carbón. ...
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