China no protesta por los derechos humanos, pero sí por los animales
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Jing no lo ha olvidado ni lo hará nunca. «Era de color negro, tenía dos o tres meses y medía unos treinta centímetros».
Ella había cumplido 10 años, veraneaba en casa de sus abuelos en una zona rural de la provincia de Hunan y sostenía en brazos a su primer perro.
Lo llamó Xiaohei, Negrito.
Hasta que llegó el mes de septiembre y, con él, la necesidad de regresar a la ciudad.
Sus ruegos fueron ignorados, el cachorro se quedó en el pueblo.Jing pasó todo un año aguardando el reencuentro, imaginando lo que habría crecido, preguntándose si la reconocería.
Pero cuando regresó el animal no salió a su encuentro.
Pasaban las horas y no aparecía por ninguna parte.
Al final se lo contaron: poco después de su marcha, el vecino había atrapado a Xiaohei y se lo había comido. «Me quedé en shock, no entendía por qué se reían», rememora. «No tomaron medidas, aquello no era una cuestión importante para ellos.
Nadie se tomaba al perro en serio, solo yo».Este episodio, que todavía hoy la perturba, vendría a reafirmar el estereotipo de los chinos como comedores de perros, persistente estigma alimentado por una práctica residual.
Y sin embargo Jing, que ya no es una niña, también ha dejado de ser minoría.
En semanas recientes, varios escándalos han indignado a la opinión pública hasta el extremo de provocar movilizaciones, evidencia de una creciente sensibilización en materia de bienestar animal.El más sonado tuvo lugar el pasado mes de junio en la ciudad de Chongqing.
Allí, los residentes de una urbanización grabaron a un individuo que, en el balcón de su casa, golpeaba repetidamente a un cachorro mientras este aullaba de dolor.
Sus vecinos llevaban meses denunciando estas prácticas ante la indiferencia policial, pero la viralización de las imágenes provocó una reacción inmediata al margen de la ley.En un primer momento, un grupo encaró al sujeto en la puerta de su domicilio, de donde lograron rescatar a tres perros.
Con el transcurso de los días, varios cientos de personas se desplazaron al lugar de los hechos, algunas desde otras partes del país, dando forma a unas protestas espontáneas.
Al cabo de tres jornadas de acampada, las fuerzas de seguridad intervinieron, recurriendo a la violencia para dispersar a la multitud y realizando decenas de arrestos.Vacío legalEsa misma suerte corrió el maltratador, a quien las autoridades identificaron como un varón de 39 años apellidado Li. «Después de mentir para hacerse con la custodia de un perro alegando que iba a adoptarlo, llevó a cabo actos de maltrato que provocaron su muerte», detallaba el comunicado oficial.El anuncio hacía referencia a un solo animal, aunque en realidad habría torturado y matado a varios.
Uno de los tres perros recuperados del domicilio presentaba varios huesos rotos, la cola cortada y los dientes mellados; los otros dos sufrían malnutrición e hipotermia.«De conformidad con las disposiciones pertinentes de la Ley de Sanciones por Infracciones contra la Seguridad Pública de la República Popular China, la policía ha impuesto a Li una detención administrativa», proseguía el texto gubernamental. «La policía hace un llamamiento a la ciudadanía para que respete la vida, rechace la violencia y contribuya conjuntamente a proteger la convivencia cívica y el orden social».A efectos legales, las mascotas constituyen una propiedad.
Tras la Revolución Cultural, la licencia para tener perro costaba más que el salario anual, pero se fue reduciendoDicha referencia legislativa subraya el problema.
China carece de leyes específicas para la protección de los animales, por lo que el responsable solo podría ser encausado por alteración del orden público, tipo que contempla como castigo máximo quince días de encarcelamiento.Este vacío legal quedó de manifiesto a principios de junio, con motivo de otro suceso que soliviantó a la sociedad.
El protagonista fue Chutou, un 'border collie' de 8 años que acumulaba 1,5 millones de seguidores en redes sociales, donde su dueño colgaba vídeos de sus viajes juntos.
El joven lo dejó unos días al cuidado de su padre en la provincia de Henan, pero el animal fue raptado y vendido a un restaurante de carne de perro a cambio de 180 yuanes (23 euros).Bocado de perroLa conversación del dueño de Chutou con el responsable del establecimiento refleja un mundo de distancia, el que media entre un compañero de vida y un producto defectuoso. «Si no lo hubieras matado, te hubiera dado 10.000 yuanes (1.286 euros)», lamenta el primero. «Me arrepentí nada más matarlo -contesta el segundo-.
Estaba lleno de grasa y la carne era muy aceitosa».A efectos legales, las mascotas constituyen una propiedad.
Un robo solo tiene consecuencias prácticas si el valor de lo sustraído supera los 2.000 yuanes (257 euros), en cuyo caso el responsable podría recibir una pena de hasta tres años de cárcel.
Ante la desaparición de Chutou, las autoridades habrían tenido en cuenta esta dimensión económica para iniciar una investigación penal.En ambos casos, la vehemente reacción ciudadana y la calculada respuesta gubernamental demuestran la consolidación de una conciencia cívica respecto a los animales, y su conversión en exigencia política.
Un proceso que es consecuencia de la popularización de las mascotas y esta, a su vez, de la mejora del nivel de vida.
Se cumple –aquí sí– el mantra liberal según el cual un enriquecimiento generalizado de la población repercute en demandas inmateriales, en línea con otros países desarrollados.Todo ello, claro, representa una amenaza para un régimen obsesionado por el control que no concede el más mínimo espacio a la sociedad civil.
Al fin y al cabo, el que protesta por los derechos de su mascota algún día lo hará por los suyos.
Por ese motivo, la censura ha eliminado todos los vídeos de lo sucedido en Chongqing, tanto el maltrato como las manifestaciones, que acumulaban decenas de millones de visualizaciones.Cantidad y velocidadEl fenómeno, no obstante, se afianza en la solidez inamovible de la estadística.
En China hay hoy más perros y gatos que niños menores de 10 años: 126 millones solo en áreas urbanas, frente a 123 sin tener en cuenta la mortalidad infantil.
La industria de las mascotas ha doblado su valor desde 2020 y para 2028 alcanzará un billón de yuanes (129.000 millones de euros), una de las más dinámicas en una economía que pierde impulso.Eso, pese a que los animales de compañía suponen en realidad un fenómeno reciente. «Me mudé a Pekín en 1991, cuando la gente empezaba a tener mascotas de nuevo, porque entre 1983 y 1993 estuvieron prohibidas», señala Mary Peng, fundadora del hospital veterinario International Center for Veterinary Services (ICVS). «Tras la Revolución Cultural el sistema sanitario había colapsado, y la rabia causaba 6.000 muertes anuales.
Al principio la licencia para tener perro costaba 5.000 yuanes (644 euros), más que el salario anual, pero con el tiempo se fue reduciendo».A partir de entonces, el desarrollo fue vertiginoso; también el rechazo que genera su consumo, una práctica muy minoritaria visibilizada por el festival de Yulin. «No conozco a nadie menor de 35 años que haya probado la carne de perro», apunta Peng.
Uno de sus cometidos al frente de ICVS consiste en «colaborar con el Gobierno para promover la implantación de leyes de protección animal».«Siempre habrá algún animal cuyo consumo ofenda a alguien, y no todo el mundo ha experimentado el amor de una mascota.
Por eso, tratamos de abordarlo como un argumento de salud pública más que moral», explica. «Hace dos décadas, una sucesión de escándalos relacionados con la seguridad alimentaria llevó a las autoridades a implantar un sistema de controles muy exhaustivo.
Los perros y los gatos no están considerados animales destinados al consumo, por lo que quedan al margen de estas inspecciones y técnicamente su comercialización no es legal».Algunas ciudades chinas, como Shenzhen o Zhuhai, han aprobado normativas que prohíben el consumo de animales de compañía, aunque esta regulación no se ha implantado todavía a nivel nacional. «Es complicado hacerlo por el tamaño del país y por la dificultad de asegurar su cumplimiento», opina Peng.La ley, como de costumbre, avanza más despacio que la sociedad, aunque en el caso de China la diferencia de velocidad resulte particularmente acusada.
Para Jing, la añoranza de Xiaohei encuentra consuelo en ese lento progreso. «Dudo que algo así deje de suceder por completo, pero creo que las cosas están un poco mejor». ...
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