Vivir por 500 euros en una tienda del centro comercial de Orcasur: «Nos tienen tirados, muertos»

Con un gesto de desdén, cerveza en mano, señala una valla frente al asiento improvisado que ha tomado para contar su historia, en lo alto de unas escaleras en forma de espiral. «Me tiras por ahí y sin movida, no me importaría», dice.
Y es que Juan, aunque no lo delaten su actitud inquieta y genio vivo, está exhausto.
No es solo la falta de descanso lo que le drena –«no duermo por las noches, hija»–, sino la vida en su conjunto.
Hace once años que vive en un colchón en la parte superior del centro comercial El Caracol , en Orcasur, uno de los dos barrios con menor renta per cápita de Usera.
Este hombre, de cuerpo menudo y sonrisa desdentada, convive con quienes pernoctan en los locales cerrados de las tiendas que no han sobrevivido al paso del tiempo.Erigido en la década de los 80 por el IVIMA (Instituto de la Vivienda de Madrid) y propiedad de la Comunidad de Madrid, el lugar está en un estado de abandono casi total.
Una peluquería discreta pero siempre llena, un supermercado con mañanas de constante trajín, una tienda de alimentación menos solicitada y una lavandería con una fachada negra más propia de una discoteca son los últimos supervivientes de la galería.
Luego están los fantasmas de antiguos comercios, que se manifiestan en forma de carteles rotos y persianas bajadas.
Los rodean presencias que deambulan sin dirección aparente, que no son más que los de siempre reunidos en el sitio de siempre.
Solo que ahora, a falta de bares, se sientan sobre cartones, con cervezas «que en el chino venden baratillas» y un canuto entre los dedos.
Allí todos se conocen, pero dicen que cada uno es responsable de su estar.
Mientras las mañanas son de vecinos que se reúnen en la parte baja de la galería, las noches son de quienes pernoctan en los locales de las tienda que cerraron, en las que viven incluso niños.
En uno hay una familia, en otro vive «el negro» y del más esquinado cuentan que se vende la droga que allí consumen, que es un narcolocal. «Todo el mundo tiene que vivir de alguna manera, cariño», dice J.A., uno de los habituales, como excusando pequeños hurtos y trapicheos.
En Orcasur, inmerso en un olvido político y mediático, es la única manera que algunos han encontrado de seguir.Noticia relacionada reportaje No No Madrid Cuando vivir en garajes de 30 metros cuadrados es la mejor opción en Orcasur Natalia LoizagaJuan recuerda que, hace meses, la Comunidad de Madrid le reveló que estaba en lista de espera para una habitación compartida de la que no ha vuelto a tener noticias.
Así que, por el momento, vive en su «chabolita», que enseña a este periódico con la humildad del que reconoce que es poco lo que tiene para mostrar.
Posee un cenicero sin vaciar, una cama deshecha y secretos bajo la almohada. «Tengo la ropa escondida porque me lo quita alguno que sube y le hace más falta que a mí», asegura, y suelta una amplia carcajada.
Sospecha que ese alguien es «el negro», un hombre que lleva «siete u ocho meses» viviendo en el local contiguo, cuya persiana tiene una esquina lo suficientemente rota como para que una mano pueda introducirse y abrirla.A este otro varón, que tiene empleo pero no casa, no hace tiempo que el propietario de uno de estos locales le cobraba 500 euros al mes por habitarlo .
Es una práctica recurrente, fruto de la desesperación de no encontrar un hogar.
Cuando Juan llegó al lugar hace más de una década, le pidió a los dueños de otro que se lo alquilasen por 100 euros «para dormir más caliente».
Sin embargo, la propuesta no llegó a formalizarse por negativa de los propietarios. «Unos se meten y otros pagan», niega con la cabeza, como recriminando.
La familia que vive en otro de estos locales tiene incluso una piscina hinchable en el exterior para enfrentar los días de calor.
Una barbacoa, una mesa y una bicicleta son las huellas que aparecen de su vida en esta infravivienda.
Pero ninguno de ellos ha sido el único en intentar encontrar en las antiguas tiendas un hogar, ya que en muchas no se sabe con certeza quien es el titular. «Las fuerzan y se meten para hacer casa, como está tan mal la cosa.
Intentan abrirlos pero los echan», cuenta Diego, otro vecino.
Entre la droga y la infraviviendaLos días son largos en El Caracol y las mañanas de verano transcurren bajo su techo.
A medida que avanza la jornada, una multitud se va congregando en las escaleras para conversar y consumir. «Los niñatos vienen a fumar y me piden que les compre tabaco.
Les digo que como me cojan sus padres...
Los adultos vienen a pillar, se sientan aquí y se meten», cuenta Juan.
Como J.A., que a las doce se lía el que será su segundo, y no último, canuto de la mañana.
O como él mismo, que si no lo encuentras es porque está en el bar.Su soledad es interrumpida por la compañía ocasional de «un muchacho y una muchacha que se pegan y se matan», que se le antojan simpáticos pero «cuando están puestos de farlopa se les va la cabeza», así que cada uno en su colchón y a sus propios sueños.
En los últimos días, otro más ha aparecido junto al suyo, de una nueva amiga que tampoco tiene más hogar que este centro comercial.En su esquina, ahora compartida, lo ha sufrido todo, incluso una expulsión con la posterior quema de sus colchones. «Lo apagaron los bomberos con escudos porque volaban los garbanzos y las albóndigas por los aires», recuerda con sorna, pues le preguntaron si tenía algún tipo de explosivo y defendía que su única arma eran las conservas.
Alimentos voladores aparte, también fue testigo de Filomena, la nevada histórica que paralizó Madrid en enero de 2021.
Mientras la capital vigilaba los vehículos atrapados en la nieve y sus ciudadanos se preocupaban por un trabajo al que no llegarían, Juan trataba de apartar el manto de nieve que ocultaba su almohada, al colarse los copos helados por un espacio abierto desde el que observa la calle.Infravivienda en el centro comercial de Orcasur.
Isabel PermuyEn verano, cuando avanza el día y el sol parece querer fundir caminante y pavimento, el calor se aferra a los cimientos de la edificación, a su techo, y Juan termina «empapadito, como si saliese de la ducha». «Gracias a Dios tengo mi ventilador de mano», ironiza, sosteniendo un atomizador rosa con el que se refresca en madrugadas cálidas.
Es, como también lo eran los botes de albóndigas y garbanzos, otra más de las armas con las que enfrenta la vida en la calle.Fórmulas fallidasEl cierre del antiguo Mercado de Orcasur y el declive del centro comercial han provocado que, para realizar compras básicas, muchos vecinos tengan que «irse muy lejos». «Antes había zapaterías, joyerías, una autoescuela, un dentista y hasta un ascensor en el medio.
Era muy de bares», cuenta uno de ellos, señalando desde un banco las persianas bajadas cuyo único rastro de presente son las firmas de grafiteros.Hace varios años que Manuela Carmena , al frente del ayuntamiento con Más Madrid, habilitó unos cinco locales en los bajos del mercado para básicos como carnicería, frutería y pescadería.
Los ofreció de manera gratuita, sin necesidad de pagar impuestos, agua o alquiler, pero ningún emprendedor quiso hacer de ellos su negocio.
Y en El Caracol, el Partido Popular trató de normalizar la situación de los locales, pero en vano.
Desde esto, hace ya años.J.A. termina de liarse el canuto mientras proclama su sentencia: «Los políticos nos tienen tirados, nos tienen muertos».
Su sensación, que coincide con la de todos los congregados en torno a las escaleras de caracol, es de que no importan. «Somos los buenos y nos ponen como los malos», asegura, sobre medios de comunicación y políticos, que creen que contribuyen a formar una imagen que no les corresponde, «porque si a ti te quieren hacer algo, yo te juro que voy corriendo detrás.
No dejo que te pase nada».
Y eso, dicen, no lo hace cualquiera. ...
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