La «revolución cultural» de Sánchez
El doble aniversario de la «revolución cultural» de Mao pasa desapercibido: sesenta años de su inicio y cincuenta de su clausura a la muerte del Gran Timonel.
Para desviar la atención sobre su fracaso, el maoísmo convirtió a los estudiantes en Guardias Rojos: rebelarse contra sus profesores del «mundo viejo»: cambiar nombres de poblaciones y calles; apalear «capitalistas» (sastres, barberos, vendedores ambulantes); saquear mezquitas, iglesias y pagodas; quemar libros y manuscritos milenarios.
El 'Libro Rojo', única lectura.
Para conocer la devastación maoísta, lean este verano la Trilogía del Pueblo de Frank Dikötter: 'La gran hambruna en la China de Mao', 'La tragedia de la liberación' y 'La Revolución Cultural' (Acantilado).El autócrata o el político candidato a tal condición que pierde hegemonía por la corrupción del aparato que lo sostiene, la falta de respeto hacia la separación de poderes o el pavor a un resultado electoral adverso tiene tres opciones: autogolpe (Fujimori, Erdogán), dictadura disfrazada de democracia (Perón, Putin, Chávez/Maduro) o el caos (Mao) que coarta la alternancia política.
Descartadas la primera y la segunda por las investigaciones periodísticas que desvelan la trastienda corrupta del PSOE y un poder judicial que se resiste al desguace del Estado de derecho, Sánchez refuerza su retórica populista: atribuye sus males a un contubernio de poderes económicos (la «plutocracia» de Goebbels), «terminales mediáticos» derechistas, «lawfare« judicial y la «ola reaccionaria que nos invade».
El Resistente cuenta con dos bestias negras para disimular que ya no puede aprobar leyes en el Congreso dada su minoría parlamentaria: Trump y la extrema derecha en la que mete al PP y Vox.
Para conseguir el efecto social deseado se agita todo en la coctelera de la propaganda hasta conseguir un bebedizo de xenofobia, machismo, exclusión social y homofobia.
La televisión pública y los medios subvencionados distribuyen el demagógico mejunje a unos seguidores que lo degluten con la fe del carbonero.Con su «revolución cultural» Mao prefirió el caos al reconocimiento de que su versión del comunismo fue un inmenso error que provocó un genocidio de hambrunas y represión.
Sánchez no ha cometido tales atrocidades, pero su regularización de inmigrantes, que ha doblado las estimaciones, puede poner el sistema público de salud, la educación y la seguridad al borde del caos.
Porque Vox no estaría donde está sin el proceso separatista y el sanchismo que ha hecho suya la estrategia de la extrema izquierda hasta laminarla electoralmente (pregunten a Sumar). ¿Extraña a alguien que la autodenominada «prioridad nacional» proporcione votos?
Dos ejemplos: un jubilado con familia dependiente aguarda visita en un CAP; observa cómo el doctor hace pasar delante suyo a un magrebí: después de tres cuartos de hora, el magrebí sale discretamente por la puerta de atrás. ¿Por qué tal privilegio? se pregunta el jubilado apoyado en sus muletas.
Sílvia Orriols, lideresa de Aliança Catalana, lamenta que la consejería de Igualdad y Feminismo de Illa le sancione por prohibir desde la alcaldía el «burquini» en la piscina pública de Ripoll: «Se ha hecho lo que tendrían que haber hecho hace mucho tiempo las administraciones superiores: garantizar la seguridad y la higiene en las piscinas públicas, garantizar los derechos y libertades de las niñas y mujeres independientemente de su origen y de las prácticas políticas y religiosas de su contracomunidad», espeta Orriols a la izquierda que se niega a prohibir el burka.
La discriminación mal llamada «positiva» provoca desasosiego en una sociedad de natalidad declinante como la española.
La ley del número demográfico evacua leyes y costumbres ajenas a Occidente: la 'Sumisión' que noveló Houellebecq.
Y Sánchez abona la polarización política y el caos del multiculturalismo: su «revolución cultural». ...
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