España, pase lo que pase
Aquellos cuartos de final del 86 me pillaron en el comedor de la sevillana familia de la muchacha a la que le hablaba.
Ambiente de triunfo, después de haber eliminado a Dinamarca en la mágica noche de Querétaro y los goles del Buitre más depredador.
Yo pedía contención, ojo con Bélgica y esas cosas, pero nadie me hizo caso.
Los que estaban vivos entonces recuerdan a Scifo, a Ceulemans y al portero Pfaff, que paró el penalti de Eloy, que lleva desde entonces pensando en ese momento.
No éramos 'La Roja' todavía, simplemente 'La Furia'.
Ya saben, ganó Bélgica y nos quedamos con un palmo de narices.Hoy, 40 años después, es un buen momento para la nostalgia reivindicativa.
Bélgica es un país inexplicable que, como decía Ussía, consiste en personas que esprintan bien y en otras que demuestran cierta habilidad en la preparación de las coles de Bruselas.
Y que han adoptado a sus pechos a elementos tan atractivos como Puigdemont o el rapero imbécil Valtònyc, cosa que no sé si hay que agradecerles pero que sí son elementos para compadecerles.
Bueno, a lo que íbamos: los 'diablos rojos' gozan de un equipo razonablemente bueno, coronado por un portero espectacular, y si algo se ha demostrado en este Mundial es que cualquiera se te sube a la chepa, salvo que seas Messi y los árbitros le roben partidos a los egipcios.
Esta noche un país va a vibrar con su selección –a mi entender excesivamente confiado– y con el trabajo de un tipo sereno y normal llamado Luis de la Fuente, que ha conseguido –como consiguieron Aragonés o Del Bosque– trabajar con buenos futbolistas, con criterio alabado, y obteniendo de ellos lo mejor.
De la Fuente es la síntesis de la mejor España, gane o pierda: tranquilo, no crea cismas, no provoca enfrentamientos y gana títulos.
El riojano no torció el gesto cuando, en sus inicios, fue ninguneado por algunos, ni cuando, en su cumbre, fue celebrado por los mismos que le cuestionaron.
Pase o no esta noche, nadie le podrá discutir haber trabajado la excelencia.
Esa excelencia sin alharacas que caracteriza a la gente tranquila que se va igual que llega y a la que no le sube la fiebre de la tontería con la victoria.
Es cierto que todos llevamos un seleccionador en nuestro ser –yo, de hecho, creo llevar un par– y que se nos infla la vena del cuello clamando por un cambio determinado cuando van mal las cosas.
Mi mujer ya se niega a ver partidos de la selección o del Betis conmigo y la entiendo porque el fútbol le interesa lo mismo que las focas de la Antártida, si es que hay focas en la Antártida.
Pero cuando juegan los once seleccionados con la camiseta española en realidad juega mi país, mi memoria, mis hijos, mi bandera y esas cosas que hacen escupir a algunos progres con las cejas altas y que a míi me divierte tanto.
Dispóngase a lo mejor.
Pase lo que pase. ...
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