Una banda de ladrones, más el zoquete de Buñuelos

Al ministrillo Buñuelos le ha dado por mandarle cartas pelmazas y recriminatorias al sufrido obispo Argüello.
El ministrillo Buñuelos habría sido un magnífico monaguillo (pero de misa nueva solamente, donde los monaguillos sólo tienen que pasar las vinajeras, porque como monaguillo de misa antigua se habría liado con los latines y las rúbricas), un excelente capillita de los que entran en el camarín de la Virgen de la cofradía, antes de la procesión, para cambiarle el manto y enjoyarla, mientras babean de felicidad.
El ministrillo Buñuelos es relamido y sacristanejo, untuosillo y refitolero; y habría disfrutado como un enano bamboleando el turífero o portando los varales del palio en la procesión del Corpus.
Pero el ministrillo Buñuelos ha tenido siempre problemas de bilis, que como nos enseña la teoría de los cuatro humores vuelve a los hombres cascarrabias y rabiosos.
Y la bilis le puso al ministrillo Bolaños esa cara de hijo de la viuda, entre suavona y reviradilla, que lo delata; aunque, al menos, puede seguir aromándose con incienso.Pero al ministrillo Buñuelos el incienso siempre se le vuelve azufre; y su añoranza del alba de monaguillo sin latines se ha envenenado de resentimiento y despecho.
Así se entiende que combata sus traumas religiosos de las formas más retorcidas y grimosas, a veces profanando basílicas (¡pero con 'nihil obstat' eclesiástico, oiga!), a veces enviando cartas pelmazas y recriminatorias al sufrido obispo Argüello, que se lo aguanta porque tiene más paciencia que el santo Job.
En su última carta pelmaza y recriminatoria, el ministrillo Buñuelos muestra su indignación por una frase que el obispo Argüello soltó en una conferencia: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones, y a las pruebas me remito».
El ministrillo Bolaños se dio enseguida por aludido, sin advertir que el obispo Argüello estaba simplemente citando a San Agustín.
El ministrillo Buñuelos, aunque se las da de pitagorín y se pone siempre muy redicho, es un zoquete con balcones a la calle; y, como no ha leído 'De Civitate Dei' no advirtió la alusión al célebre pasaje (libro IV, capítulo 4) agustiniano: «Sin la virtud de la justicia, ¿qué son los reinos sino bandas de ladrones?
Pues, ¿qué son las bandas de ladrones, sino reducidos reinos?
Las bandas de ladrones son, ciertamente, una junta de hombres gobernada por su príncipe, que está unida entre sí con pacto de sociedad, distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que ellos mismos establecieron. […] Por ello, inteligente y veraz fue la respuesta dada a Alejandro Magno por un pirata que había caído en su poder, pues habiéndole preguntado el rey por qué tenía turbado el mar, con audaz libertad el pirata respondió: «Por el mismo motivo por el que tú tienes turbado el mundo; sólo que, como yo lo hago con un pequeño bajel, me llaman ladrón, y a ti, como lo haces con formidables ejércitos, te llaman emperador».Donde San Agustín dice 'reino', el obispo Argüello dijo 'Estado', por encajar la reflexión agustiniana en nuestra época.
Pero reparemos en la réplica del ministrillo Buñuelos: aparte de no haber leído a San Agustín, el muy zoquete piensa que el obispo Argüello es un tipo tan bajuno y subalterno como él; y llega a la conclusión de que se está refiriendo a las corruptelas que cada día afloran en la organización criminal a la que pertenece .
Para llegar a esa conclusión, el ministrillo Buñuelos incurre en un acto fallido o lapsus freudiano de libro, confundiendo la organización criminal a la que pertenece con el Estado (pero no en vano dicha organización criminal ha sido el timonel del Régimen del 78, por eso nosotros la llamamos jocosamente 'partido de Estado').
Para el ministrillo Buñuelos, el Estado son ellos, el Estado les pertenece y es un puro artefacto ideológico para destruir la comunidad política.
Es decir, el ministrillo Buñuelos entiende el Estado exactamente como una banda de ladrones, según la definición agustiniana: una junta de hombres (¡y mujeres, oiga, que también están la fontanera Leire y la directora de la Guardia Civil en el ajo!) gobernada por su príncipe (el doctor Sánchez), que está unida entre sí con pacto de sociedad (o sea juramentada), distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que ellos mismos establecieron (las leyes y disposiciones adicionales con las que van a perpetuarse en el poder).En realidad, el obispo Argüello estaba recordando la doctrina agustiniana sobre la política, que no es una mera técnica para organizar el poder, sino que su origen y su meta están en la justicia.
La justicia, desde luego, es un problema que concierne a la razón práctica; pero esa razón práctica necesita purificarse constantemente, para no caer en «la ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran» (como señalaba Benedicto XVI, glosando precisamente la cita agustiniana).
Para el obispo de Hipona, la corrupción introducida por el pecado original tiene inevitablemente su reflejo en las estructuras del poder público, despertando en los gobernantes una «concupiscencia» de bienes materiales, pero también –y esto es mucho más grave– un afán de legislar en provecho propio, «como si fuesen dioses» (tratando de hacer realidad la promesa de la antigua serpiente).
Esta libido dominandi es para San Agustín una constante histórica insuperable por medios puramente humanos; y sólo se puede combatir cuando los gobernantes se someten libremente a una ley moral superior (divina) que purifique su razón, la libere de su ceguera y la ayude a ser más justa.
De todas estas delicadezas teológicas y filosóficas estaba hablando el obispo Argüello, cuando citó a San Agustín.Pero el zoquete del ministrillo Buñuelos, que no ha leído a San Agustín, confunde (acaso acertadamente) la organización criminal a la que pertenece con el Estado y coge el rábano por las hojas: «¿Qué le parecería si un miembro del Gobierno calificase a la Iglesia entera como «banda de agresores sexuales, a las pruebas me remito?», le pregunta en su carta pelmaza al obispo Argüello.
Aquí el ministrillo Buñuelos incurre en lo que los psicoanalistas llaman «formación reactiva», reprochando a la Iglesia lo mismo que su deseo reprimido hubiese preferido. ¡Ay, qué excelente capillita, qué magnífico monaguillo (de misa nueva) habría sido el ministrillo Buñuelos, si la bilis no lo hubiese envenenado! ...
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