Cuándo se inventaron las maletas de ruedas
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Las vacaciones empezaban cuatro días antes de nuestra partida, cuando Miguel Ángel pasaba por mi casa y por las de mis abuelas a recoger las maletas, y a las asistentas, y bajaban al puerto y embarcaban rumbo a Palma de Mallorca.
En el hotel Formentor ponían la ropa en los armarios de las habitaciones de cada uno y nosotros podíamos viajar en avión y sin nada en las manos –sin nada en las manos, así me gusta recordar mi infancia– y con la sensación de que llegar a Formentor era llegar a casa.
No había pulseritas, porque éramos menos, en Formentor y en el mundo, y los camareros sabían nuestros nombres.Cuando el imperio cae, se nota sobre todo en verano.
Mi primer aprendizaje de la vida común fue en el aeropuerto cuando mi tío Joaquim me dijo: «¿Sabes cuándo se inventaron las maletas de ruedas?
Cuando las tuvimos que llevar nosotros» .En verano es cuando mejor ves que muchas cosas las tenemos ya que hacer nosotros.
Me gusta mi vida, creo que mucha gente diría que es una buena vida, y de mis veranos infantiles no añoro un lugar, ni una actividad concreta, ni nada que hoy no pudiera hacer por causa del dinero.
Añoro la íntima sensación de pensar que los recursos serían para siempre inagotables.
Aquella sensación, mucho más que una casa o un objeto, fue para mí ser rico.
Luego cuando todo se desmorona, aunque te recuperes, ya nunca vuelves a sentir la antigua plenitud, porque lo que se ha venido abajo una vez, te puede dejar a la intemperie muchas otras veces.Lo sexi de veranear en el hotel Formentor no era tomar fotos que no tomábamos ni colgarlas en las redes sociales que no teníamos.
Era que todo estaba dispuesto para ti y que no había nada que pudieras imaginar que querías que no pudieran darte.
Era una sensación que cuando de niño la tienes, aunque en aquel momento no sientas necesidad de explicarla, te explica mejor que ninguna.Además, como íbamos en julio, y antes los calendarios del fútbol eran más razonables, nos encontrábamos a algunos jugadores del Barça, Urruti entre ellos que era mi ídolo.
Entonces a nadie se le ocurría molestar pidiendo una foto cuando nos encontrábamos en la piscina o en la playa, pero la fascinación era total.
Urruti, nada menos que Urruti.
Yo de pequeño jugaba de portero, y primero Arconada y luego Urruti lo fueron todo para mí.
Verlo de cerca, pensar que estaba veraneando con él era para mí un absoluto.
Un día mi hija me dijo que le gustaría que Rauw y Rosalía la hubieran adoptado.
Cuando lo hubo dicho vio mi cara y se disculpó, pero lo dijo.
Yo no pensaba tanto como piensa Maria, pero al escuchar lo de la adopción me vino la nítida imagen del pino de Formentor reinando sobre la altura y tumbado a mi lado, en la playa, Javier Urruti.«Un día mi hija me dijo que le gustaría que Rauw y Rosalía la hubieran adoptado.
Cuando lo hubo dicho vio mi cara y se disculpó, pero lo dijo»Mi abuela se dio cuenta de que su nieto miraba mucho a un hombre, preguntó al hotel quién era –a mis padres no les preguntaba nada, por no mostrar debilidad o que sabía menos que ellos– y un día cenando en el restaurante de la playa, le pidió al camarero que por favor informara al señor Urruticoechea –se aprendió el apellido completo– de que María Vidal de Semon le invitaba a tomar el café con su nieto.
Todavía entonces en Formentor, y en España, la celebridad no había sustituido al prestigio social, y éste fue el regalo que exactamente quiso hacerme: no que Urruti acudiera, sino que el privilegiado de la escena fuera él, tanto que, en agradecimiento, me invitó la temporada siguiente a ver algunos entrenamientos. ¿Qué me dio?
Nada. ¿Qué foto guardo de él?
Ninguna.
Pero el recuerdo de Urruti emocionado por estar con mi familia –y no al revés–, y los días que nos vimos en otoño, corona el tiempo que en mi vida, las maletas no las teníamos que llevar nosotros. ...
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