Historia de dos hermanos

Uno de los hermanos se llama Pedro.
El otro, David.
Pedro siempre ha creído que David es un tipo vago, dado a la molicie y a la inconstancia, enredado siempre en cuestiones accesorias, fruto de su natural desidia.
En nada se parece a él, excepto en la voz.
Cuando hablan, son la misma persona acústicamente, y esa coincidencia genera en Pedro un profundo hartazgo.
Porque Pedro piensa que David ha tirado la vida por la borda y, cuando se enfadan, como se enfadan todos los hermanos, siempre termina recriminándole: «Eres un huevón» .
Ni siquiera sabe sentarse ante un juez, piensa al verlo despatarrado en el banquillo, como si volviera de trabajar despatarrado en el metro de Madrid, línea 4, estación de Mar de Cristal.
Se dice, además, que eso será lo más cerca que David ha estado nunca de trabajar, a pesar del enchufe que él mismo le buscó para que hiciera algo de provecho en la vida.Lo vio por televisión, dando explicaciones a la jueza instructora , y no sabía ni cuál era exactamente su puesto de trabajo.
Pedro le había buscado un apaño a su hermano que a esas alturas seguía llevando el pelo como si fuera a salir por primera vez con una chica. «Chico, a tu edad, podrías peinarte, al menos, o llevar un corte decente», pensó al verlo ante la Justicia.Pedro siempre creyó que David había sido un lastre, una rémora de su fulgurante carrera, la sombra de su luz.
Que le faltaba ambición.
No como él, que siempre había querido ser alguien.
Lo que fuera.
Secretario general de la OTAN, tirano de un país remoto, golpista de su propio partido o estrella de una cuenta de música indie con doscientos mil seguidores.
Algún día el país estaría rendido a sus pies.
Más que el país: el mundo entero.
Iba a hacer algo grande con su vida; de eso estaba convencido.
Recibiría al Rey con las manos en los bolsillos.
Recomendaría libros que ni siquiera había leído.
Mandaría llamar a su despacho al presidente de la mayor tecnológica del país para que lo despidiera su lacayo.
Y ahora su hermano, que decía que era músico, estaba a punto de tirarlo todo por la borda.David, en realidad, no entendía nada.
Su hermano le había buscado un chiringuito en una capital de provincias , un trabajo administrativo del que decían que era cultural y que, en realidad, le aburría.
Lo había aceptado mansamente. Él se acordaba de las farras en aquella ciudad rusa donde estudió, en la que las mujeres sabían de arte contemporáneo y llevaban unos tacones imposibles.
O de la caravana, ahora varada, como sus sueños, como su alegría, en casa de su hermano Pedro, siempre tan resuelto, siempre tan ambicioso.
Siempre tan guapo.La furgoneta seguía allí, inmóvil, mientras los empleados de su hermano la arrancaban de vez en cuando para que no se le arruinara la batería, metáfora de tantas cosas.
Y él recordaba otra vida.
Se veía sentado en el escaloncillo de la caravana, en la playa de El Palmar, un noviembre cualquiera.
Solo.
Soñador.
Comiéndose un bocadillo de chorizo, bebiéndose una litrona helada saliendo de surfear.
De noche salía a orinar en la duna por el simple placer de hacerlo, mientras el chorrillo se perdía silencioso entre los espinos y él contemplaba el mar oscuro, rasgado por la ola de plata como una puñalada blanca.Delante de la jueza volvió a aquella escena.
A las hierbas de la duna haciéndole cosquillas en las plantas de los pies.
A él, que solo quería vivir, le resultó tan extraña toda aquella representación de abogados y periodistas, de peticiones de condena , de testigos y de titulares.
Entonces David se acordó de su hermano Pedro echándole en cara que había arrojado su vida por la borda y se preguntó, mirándose melancólico los zapatos, quién le había arruinado la vida a quién. ...
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