Las instituciones igual producen riqueza

Hace más de sesenta años, el liderazgo de Santiago comprendió que el desarrollo no dependía únicamente de abrir empresas o aumentar la producción agrícola. También exigía crear instituciones capaces de formar el talento que haría posible esa transformación. La Universidad ISA es una de las mejores demostraciones de que el conocimiento también puede convertirse en productividad.
Durante las últimas semanas he recorrido distintas provincias del país buscando responder una misma pregunta: ¿qué hace verdaderamente productivo a un territorio? En Samaná encontré el potencial del coco y la necesidad de agregar valor. En Nagua comprobé que la productividad del arroz comienza mucho antes de la cosecha, en la gestión eficiente del agua. En Elías Piña entendí que una frontera puede convertirse en una plataforma económica cuando la logística acompaña a la producción. En Hermanas Mirabal confirmé que el cacao vale mucho más cuando se organiza, se transforma y se exporta con calidad.
Sin embargo, después de recorrer esos territorios comprendí que todos tenían un desafío común. Ninguno alcanzará su máximo potencial únicamente con más tierra, más crédito o más infraestructura. Todos necesitan personas preparadas para innovar, investigar, emprender y resolver problemas. En otras palabras, necesitan conocimiento.
Esa reflexión me acompañó durante mi visita a la Universidad ISA junto a su rector Dr. Edwin Reyes. Allí comprendí que algunas de las instituciones que más riqueza generan para un país nunca exportan un solo contenedor. Exportan algo mucho más valioso: capital humano.
La historia de ISA merece ser contada porque explica una manera distinta de entender el desarrollo. En 1964, Santiago decidió apostar por una institución especializada en agricultura en un momento en que el país necesitaba modernizar su producción agropecuaria.
La iniciativa, impulsada por el liderazgo empresarial y social articulado alrededor de la entonces Asociación para el Desarrollo de Santiago, hoy APEDI, partía de una idea sencilla pero extraordinariamente visionaria: el campo dominicano no solo necesitaba mejores cultivos; necesitaba mejores profesionales.
Aquella decisión fue mucho más que la creación de una universidad. Fue una política de productividad concebida desde el territorio. Santiago entendió que el desarrollo sostenible no depende únicamente de las empresas que una generación es capaz de construir, sino también de las instituciones que deja para las siguientes generaciones.
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Más de seis décadas después, esa apuesta mantiene plena vigencia. Según el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, ISA registró en 2024 una matrícula de 1,803 estudiantes, distribuidos entre programas técnicos superiores, carreras de grado y programas de posgrado.
Puede parecer una cifra modesta dentro de un sistema universitario que supera los 520 mil estudiantes, pero precisamente ahí reside una de sus fortalezas. Su misión nunca fue competir por volumen; fue especializarse en un sector estratégico para la economía nacional.
La agricultura dominicana representa uno de los pilares de nuestra seguridad alimentaria, abastece a la agroindustria, sostiene miles de empleos y continúa siendo una fuente importante de exportaciones. Pero el verdadero salto de productividad ya no dependerá únicamente de sembrar más hectáreas. Dependerá de incorporar más conocimiento a cada tarea cultivada.
Los resultados de la investigación científica muestran el camino. En la convocatoria FONDOCYT 2024, ISA obtuvo financiamiento para tres proyectos de investigación por aproximadamente RD$23 millones. Los temas no son casuales: salud animal, aprovechamiento del sargazo para la producción agrícola y tecnologías para la cosecha de agua. Los tres responden a desafíos concretos del país: producir de manera más sostenible, enfrentar el cambio climático y aumentar la eficiencia de nuestros sistemas agroalimentarios.
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Esa es la productividad del siglo XXI. La que convierte un problema ambiental en un fertilizante. La que transforma la escasez de agua en innovación tecnológica. La que entiende que la salud animal también protege la economía rural. La que conecta ciencia, producción y bienestar.
Pero la investigación solo cumple su propósito cuando abandona el laboratorio y llega al territorio. Una tecnología vale cuando reduce pérdidas en una finca. Una innovación vale cuando mejora la competitividad de una empresa. Un descubrimiento vale cuando aumenta los ingresos de una familia productora. El conocimiento que no transforma la realidad puede enriquecer la academia; el conocimiento que transforma la producción enriquece al país.
Mientras recorría las provincias comprendí que cada una plantea un reto distinto. Samaná necesita industrializar el coco. Nagua debe seguir perfeccionando su cadena arrocera. Elías Piña requiere integrar agricultura, comercio y logística. Hermanas Mirabal necesita profundizar la transformación del cacao. Azua deberá producir más con menos agua. San Juan tendrá que fortalecer su enorme capacidad agrícola mediante innovación y agroindustria.
Cada provincia tiene una pregunta diferente. Pero todas necesitan la misma respuesta: conocimiento aplicado.
Por eso adquiere especial importancia la presencia de ISA en San Juan. Su Recinto Sur puede convertirse en un puente entre la investigación y las necesidades productivas de una de las regiones agrícolas más importantes del país. Esa expansión representa una oportunidad para acercar la educación superior, la innovación y la asistencia técnica allí donde más impacto pueden generar.
El reto ahora consiste en profundizar ese modelo. Necesitamos universidades que investiguen junto a los productores, empresas que abran sus puertas a la innovación, estudiantes que resuelvan problemas reales desde sus tesis y políticas públicas que midan el éxito no solo por la cantidad de graduados, sino también por las tecnologías transferidas, las empresas fortalecidas, las pérdidas reducidas y el aumento de la productividad en los territorios.
El Estado tiene un papel esencial en esa articulación. La Constitución, en su artículo 54, ordena promover la investigación científica y la transferencia tecnológica para incrementar la productividad agropecuaria y garantizar la seguridad alimentaria. No se trata únicamente de financiar educación superior; se trata de convertir el conocimiento en una política permanente de desarrollo.
En ISA confirmé que una universidad puede ser mucho más que un campus. Puede ser un laboratorio de soluciones, un puente entre la ciencia y el productor, una plataforma de movilidad social y una institución capaz de acompañar la transformación económica de todo un territorio.
Después de recorrer varias provincias llegué a una convicción que trasciende cualquier cultivo específico. El futuro del campo dominicano no dependerá únicamente de lo que sembremos en la tierra. Dependerá, sobre todo, de lo que decidamos sembrar en las personas.
Santiago entendió esa lección hace más de sesenta años cuando decidió crear una institución para formar el talento que demandaría el desarrollo agropecuario del país. Esa sigue siendo una de las decisiones más inteligentes de su historia. Porque las empresas producen riqueza, pero las instituciones que forman conocimiento tienen la capacidad de producir riqueza durante generaciones. Y esa es, quizá, la inversión más rentable que puede hacer una nación. ...
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