David de Miranda se sube al carro triunfal de Roca Rey en Pamplona

Un rugido gutural, casi primitivo, brotaba de las gargantas mientras los brazos practicaban la suerte del remo vikingo . «¡Row-row!», estallaban las peñas antes de entrar en aquella caldera que era la Monumental, un volcán a punto de reventar.
No cabía un alfiler, no cabía ni un pañuelo más, hombro con hombro, apretados los cuerpos sudorosos y con miles de almas enfebrecidas, que pasaban la testa por el grifo de los baños para templar la temperatura.
Una marea frenética, viva y enamorada -no cabe un beso más en esta Pamplona de julio- desbordaba los tendidos, que agitaban banderas del Perú.
El nombre de Roca Rey, el gran ídolo de Pamplona tras la retirada de Padilla, estaba en boca de todos desde por la mañana.
Regresaba el limeño con el mismo vestido azul Estrella y oro de la sangre y la gloria de Sevilla.
Y con la misma ganadería, Victoriano del Río , que le partió el muslo en una cornada de 35 centímetros. ¿Quién dijo superstición? ¿Quién dijo miedo? ¡Fuera todos!
Por si acaso, sí volteó la montera en el sentido de la buena suerte en su primero, de simplona presencia para una plaza como esta.
Cantaban en el sol el clásico «sigo siendo el rey» mientras Roca ganaba terreno hasta los medios.
Y allí se plantó en un majestuoso quite por saltilleras.
Milimétricas, cambiándole el viaje con bárbaro valor.
Y todos pendientes, sol y sombra, mientras las insignias rojiblancas de su tierra se ondeaban en la andanada.
Loco estaba por coger la muleta y quedarse a solas con Casero. «Apuesto a que empieza con el cambiado», «pues yo digo que se pone de rodillas», barajaban en la grada.
Doble o nada: Andrés echó las dos rodillas por tierra con tres pendulares explosivos pero serenos.
Despacioso, sin importarle si Casero acudía o no, se frenaba o no.
Allá permanecía como el que se toma una infusión en una tetería. «¡Perú, Perú, Perú, Perú!», se desgañitaban miles de voces corales convertidas en una sola.
Pero el nobilísimo animal duró lo que un hielo, como si con estas calores no tuviese ganas de embestir.
Muy seria la actuación del Cóndor, que presentó las telas con calma, a favor siempre del animal y sin darse coba con efectismos.
Sublime estoqueador, de premio fue la estocada, ejecutando la suerte con pureza y a cámara lenta.
De oreja era, pero la pasión roquista se desbocó hasta un doble trofeo pamplonica (entiéndase por excesivo) que lo aupaba en volandas.
Embistió como eraQué feote era el quinto, que puso en apuros a Algaba antes de un gran par de Viruta.
Para la Casa de Misericordia fue el brindis.
Y de hinojos se postró, toreando con todo, aguantando en un momento de aprieto.
Jara embistió como era: mitad mulo, mitad caballo, sin maldita entrega.
Y eso que Roca estuvo muy de verdad, centrado y sin vender nada.
A carta cabal el espadazo, que necesitó del verduguillo mientras sonaba un aviso a destiempo.
El 14 tiene su próxima cita.Noticia relacionada general No No Las vaquillas de San Fermín Remo vikingo, volteretón al Joker y cornadas a la bandera de Trump Rosario PérezEstrenó la arena Entonado, el mejor del desigualote sexteto.
Malamente lo picaron en la paletilla, pero en la lidia de Montes se atisbó el buen son del obediente victoriano, pese a acostarse en el tercer muletazo.
Un trébol de naturales resplandeció en la labor de Talavante, con más expresión cuando lo sometió para impulsar el tranco.
El desatino con el descabello elevó los gritos de «¡dile que se vaya!».
Aquí fallar con el acero no se lo perdonan ni a un padre.
Entre bocado y bocadoUn pinchazo frenó la opción de premio en el serio cuarto, que tampoco será candidato a mister belleza, pero con opciones en la muleta.
Echó la cara arriba Alabardero en los palos, con los pitones rodeando la montera de Alvarito Montes.
Con listeza, Talavante se arrodilló para atrapar las miradas de la merendola.
Entre bocado y bocado, mentaban a la madre de Sánchez.
Centrado el extremeño, apostando y tragando más.
Un desplante de hinojos, a cuerpo limpio, con beso al toro incluido (aquí no se libra del muac ni el manso ni el bravo), elevó los ánimos, frenados con el acero.
Monumental de Pamplona Jueves, 9 de julio de 2026.
Quinta corrida.
Cartel de No hay billetes.
Toros de Victoriano del Río, desiguales, obedientes, apagados de juego y belleza, decepcionaron en conjunto.
Alejandro Talavante, de blanco y plata: estocada desprendida y tendida y siete descabellos (silencio); pinchazo y estocada caída (saludos).
Roca Rey, de azul y oro: estocada (dos orejas); estocada y descabello (silencio tras aviso).
David de Miranda, de blanco y plata: cuatro pinchazos y estocada (silencio); estocada (dos orejas).Con el depósito vacío se quedó el tercero tras las saltilleras, los estatuarios sin pestañear y una serie en redondo de David de Miranda, que mató a la última.
No podía escapársele el triunfo en el más hechurado sexto, rectilíneo en los inicios y de más disparo.
Valentísimo el de Trigueros, que se jugó la vida en una meritísima y sincera faena, exponiendo en verticales series, atando una embestida a menos.
Entre los pitones abrochó con un arrimón y unas manoletinas escalofriantes.
Sabedor de que la espada era crucial, se tiró con fe y arrancó palmas por Huelva y dos orejas que lo alzaban a hombros junto a Roca. ...
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