El milagro de Aldea del Fresno: «El pueblo es prácticamente bosque, pero las casas se han salvado»

A las puertas del polideportivo de Villamanta esperan tres autobuses pacientemente a que aquellos vecinos de Aldea del Fresno que no disponen de vehículo propio recojan sus pocas pertenencias y se despidan de la gente que los acompañó durante casi una semana .
El jueves llegaron para sacar a vecinos de un incendio que avanzaba sin control; este lunes aguardan para devolverlos a sus hogares.
Por primera vez desde que comenzaron las evacuaciones, nadie mira el teléfono esperando noticias del fuego.
Ahora todos miran hacia la carretera.
Un viaje de regreso que llevaron a cabo unas 20.000 personas de ocho municipios de la Comunidad de Madrid, a los que se unieron otros cinco en la provincia de Ávila.Dentro del pabellón de Villamanta, apenas queda rastro del refugio improvisado que durante cinco noches acogió a los residentes de Aldea del Fresno.
La hilera de mesas donde hasta hace unas horas se repartía comida está casi desmontada.
Un único voluntario las apila mientras otros recogen los ventiladores prestados por la iglesia, las sillas llegadas de varios colegios y las camas que durante días cubrieron la pista.
Una montaña de mantas espera en una esquina antes de que Protección Civil las recoja para donar o guarden algunas «por lo que pueda pasar».
El silencio resulta extraño.
Ayer el aire pesaba por la incertidumbre y el cansancio, hoy lo ocupa la alegría, las risas y las despedidas .Un hombre carga un colchón al hombro.
Dos mujeres se abrazan antes de salir. «Nos vemos en el pueblo», se dicen.
Un poco más allá, varios vecinos rodean a los voluntarios de Protección Civil. «Tenéis el cielo ganado», les repiten mientras los estrechan entre los brazos.
El refugio se deshace poco a poco, como si nunca hubiera existido.La alegría llegó apenas una hora antes.
Aurora todavía se ríe al recordarlo. «Ha sido el caos en un momento».
No habla del caos del incendio, sino del caos que caracteriza a la celebración desatada cuando el alcalde se subió a un pequeño altillo del pabellón para anunciar qué municipios podían regresar.
Después llegaron los abrazos, los aplausos y la carrera por hacer las maletas. «Nos vemos en una mejor situación», le gritó una vecina a otra mientras ambas desaparecían entre bolsas y mochilas.Solo unas horas antes nadie esperaba volver esa misma tarde.
Algunos vecinos que habían podido acercarse por la mañana aseguraban que el pueblo seguía cubierto de humo.
La Comunidad de Madrid incluso había comenzado a ofrecer plazas de hotel para pasar otra noche fuera de casa.
Por eso, cuando el alcalde pronunció «Aldea del Fresno», el pabellón estalló en felicidad.«La gente empezó a aplaudir, a gritar, a abrazarse…», recuerda Francesco, de 18 años. «Fue muy emocionante.
En cuanto lo dijeron, mi cabeza ya estaba aquí», dice después, ya delante de la puerta de su vivienda, señalando la casa en la que vuelve a entrar cinco días después.Dos mujeres llegan con sus maletas a su vivienda tras varios días desalojados; en las fotos inferiores, otros moradores de Aldea del Fresno abandonan el pabellón de Villamanta donde han permanecido estos días Tania SieiraLa espera había sido larga. «Era todo un bucle», explicaba el día anterior.
Desayunar, recoger la comida, dar un paseo, volver al pabellón y esperar.
Lo peor no era el polideportivo, sino la incertidumbre. «Tenemos nerviosismo porque Aldea es prácticamente bosque y nuestra casa está allí.
Toda tu vida y toda tu historia están ahí.» A sus pies permanecía Kiwi, la gata de la familia.
El animal apenas había comido durante la evacuación, no hacía sus necesidades y solo ese día había conseguido salir unos minutos del transportín.El camino de vuelta hacia Aldea del Fresno se convierte en una pequeña procesión de coches.
En la M-507 permanecen los carteles de «carretera cortada», pero a un lado de la propia calzada ya permiten el paso.
Son casi el único recordatorio visible de lo ocurrido.
Al entrar en el municipio la caravana desaparece.
Cada vecino toma la calle que conduce a su casa.
El pueblo recibe a los suyos prácticamente intacto.
Ninguna vivienda ha ardido.
Los bares y algunos comercios siguen cerrados y, al fondo, la montaña todavía aparece velada por una ligera cortina de humo.
Pero en las calles ya no huele a quemado.
La vida parece haber esperado pacientemente a que sus vecinos regresaran.Mariella espera ante la puerta de su casa.
Suspira. «Uno se emociona», dice casi para sí misma. «Ya las tensiones empezaban a notarse.
Un día más no lo habría soportado».
Mientras habla, una vecina se acerca para abrir la puerta. «Esta mañana estaba llorando con un ataque de ansiedad», cuenta Mariella.
Ahora la mujer entra por la puerta de su casa con una sonrisa en la cara.
Como ella, Francesco y su madre no sabían lo que se iban a encontrar al volver.
Ahora solo quieren hacer una cosa: cerrar la puerta y dormir, por fin, en casa. ...
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