El destierro de los dioses olímpicos pasa factura a Nolan en 'La Odisea'

Será casualidad que, en medio del lanzamiento de 'La Odisea' de Christopher Nolan, la Unesco haya decidido declarar el Monte Olimpo parte del Patrimonio Mundial.
Hay quien ve en ello una de las mayores operaciones de marketing de la historia del cine, a la que todo le va bien: las malas críticas, las polémicas del casco incorrecto, de la Helena negra, el error garrafal de casting con Jon Bernthal como Menelao (más 'bro' de Agamenón que nunca) y la decisión de poner a Tom Holland como Telémaco, una actuación que deja muchas telarañas.
Lo de la Unesco ha sido un golpe diferente. ¿Por qué?Pues porque el cineasta ha tenido la tentación de desterrar a los dioses de su versión de Homero.
Y ha tenido que venir el organismo mundial de la cultura a señalar su falta de forma tan vaporosa.
La Unesco es una institución nefelibata que siempre flota en medio de las tormentas decoloniales y las polémicas canceladoras y lo mismo puede abrir que cerrar cualquier espita woke con el encanto con el que el piececito de Bella del Señor cerraba el grifo de agua caliente, desnuda en la bañera, en la novela de Cohen.Relación impropia con AteneaEs decir, en 'La Odisea' de Nolan no hay 'casi' dioses.
El cineasta ha tratado de llevar la responsabilidad de los actos míticos a los héroes humanos.
Sabemos que tiene cátedra en esto de la responsabilidad, que ha escalado cimas de este tema en su cinematografía, como en 'Origen', 'Memento', 'El truco final' o 'El caballero oscuro'.
Pero en esta ocasión el alpinista de las dificultades de guion se ha 'desolimpado' él mismo en el empeño.Hablemos primero de Odiseo, perito en ardides, que tenía casi una relación impropia con Atenea en la historia original de Homero.
Ningún otro aqueo era capaz de decirle a la diosa con esa familiaridad, casi íntima: «más que nunca, séme propicia, Atenea».
Nadie en las filas de los griegos podría sentir esa cercanía en una invocación.
En la película de Nolan, sin embargo, Atenea no deja de ser una proyección postraumática que a mí me recordaba todo el rato a la esposa de 'Solaris', el filme de Tarkovski, porque la presenta como una figura pasiva, poco divina, testigo que contempla y espejea el comportamiento del héroe regresado a Ítaca antes de repartir candela.Segundo: el arco de Odiseo (como personaje) era difícil de tensar o explicar sin Poseidón, el dios del mar que juega con el héroe como con un ratón en una caja, así que Nolan convierte al dios marino, que bate la tierra, en una idea más simple: el destino.
Odiseo se entrega conscientemente al azar atado en su balsa (hágase en mí tu voluntad, tumbado boca arriba), igual que antes sufría golpes de azar en su barco de regreso de Troya.
Poseidón no parece una deidad implacable o invencible.
Desde antiguo, más bien desde la antigüedad, Calasso dixit, sabemos que el dios de todos los dioses es el destino.
Pero Nolan hace prosa de ese verso atávico.
Y hablando en serio, quizá sea la figura de Ananke, la necesidad, la vieja deidad arcaica de los griegos, la más cercana a este concepto nolaniano de los olímpicos."Circe, hechicera y diosa de hermoso cabello, ha quedado convertida en una bruja despeinada en una choza irlandesa, cocinando potes infectos"Tercero, ¿qué estrago ha hecho con Circe ?
La hija de Helios era una hechicera y una diosa, de hermosos cabellos, según Homero, que vivía en un palacio.
Es la inmortal empoderada que jugaba con los hombres, sus conciencias, sus formas, sus destinos, y ha quedado convertida en una bruja despeinada en una choza irlandesa, cocinando potes infectos.
La escena en la que porcinifica a la tripulación de Ulises es de lo mejor de la película, cinematográficamente, nos recuerda todos los hombres-lobo que han sido, también en serie B, y eso en Nolan es un homenaje.
Sin embargo, los animales custodios y el recorrido de Odiseo hasta la cochambre en la que convierte el palacio es circense, más que de Circe, porque aparecen tigres, panteras y leopardos, además de un león que sí estaba en Homero, una cosa loca.
Y sobre todo ha hurtado el encuentro con Hermes, de sandalias veloces, otro dios expulsado, que debía prevenir al héroe.
Odiseo se conforma y rima con su propio mosqueo.Calipso y el loto, o el amor¿Y Calipso?
Muchos creen que Nolan debería pagar el pecado de haber despreciado a Charlize Theron como Circe porque la australiana resulta poco convincente como ninfa.
Pero los lectores de Stephen Vizinczey estamos encantados con el hechizo en brazos de la mujer madura.
El cineasta mezcla aquí el episodio de los lotófagos mostrando de paso una inexplicable falta de fe en la bella actriz para nublar la memoria del héroe. ¿Quién necesita loto si tiene amor?
El loto como adicción convierte la recuperación de la memoria de Odiseo en una sesión postraumática con dosis menguantes y vistas al diván freudiano, algo que sobraba, para asumir sus culpas y sus derrotas.
Si el amor tiene viagras, la culpa tiene fentanilos y Ulises, Ítacas.
Lo mejor de la película ocurre cuando Nolan se entrega confiado a la potencia del relato homérico, con los monstruos Escila y Caribdis, con la entrada en el Hades y la pelea con Polifemo.
La vibración del relato original engrandece cada fotograma, y cobra dimensión monumental a pesar de que Nolan haya hurtado dos detalles que habrían dado, además, una enorme densidad: ¿Por qué no sale Aquiles entre los muertos, por qué no le da voz, cuando su frase es la más importante de la obra: «Preferiría ser esclavo entre los vivos que rey entre los muertos»?
No es una frase lejana al tema de la película, el peso de los actos, la vida mortal, las leyes quebradas.
Algo así como una nueva masculinidad que anuncia la época de Pericles.«Yo soy nadie», responde el héroe con un juego de palabras en griego ('Outis', en vez de Odiseo).
No hay muestra más contemporánea de la irresponsabilidad humana que el anonimatoY el otro detalle es el grito de Odiseo en la cueva de Polifemo, cuando el cíclope le pregunta su nombre: «Yo soy nadie», responde el héroe con un juego de palabras en griego ('Outis', en vez de Odiseo).
No hay muestra más contemporánea de la irresponsabilidad humana que el anonimato, de raíz homérica, como demuestra este episodio.El destierro de los olímpicos y su mutación en la película no es pecata minuta, daría para hablar y escribir mucho más.
Si la ruptura de la ley de Zeus sobre la sagrada hospitalidad (la trampa del caballo de Troya, regalo que hace posible la masacre) es el verdadero nervio de 'La Odisea' de Nolan, la ausencia de lo sagrado, bien entendido, ha impedido al cineasta que su obra muestre la verdadera profundidad y explore las consecuencias de todo aquello.
Según sabemos por la arqueología y la historia, el colapso de la civilización que siguió a la guerra, los cuatro 'siglos oscuros' en los que los griegos incluso abandonaron la escritura, solo terminaron cuando volvieron a reunirse alrededor de los dioses para escuchar los poemas de Homero en el siglo VIII.
Ahí nace una conciencia, un nuevo mundo, en el que cobra todo su sentido la frase de Aquiles.
El crepúsculo de los dioses (no el crepúsculo sin los dioses) es el cimiento de Atenas, ciudad Estado y ciudad del ciudadano, del logos y de todo lo mejor que nos ha legado aquella civilización bella y sangrienta.
No en vano, uno de sus más célebres agnósticos, Heráclito de Éfeso, invitaba, como es sabido, a los visitantes a compartir el calor de su hogar con la frase: «Pasen, también aquí hay dioses». ...
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