En los ensayos del 'Boléro' de Maurice Béjart: el ritual que cambió la historia de la danza

El corazón de los Jardines del Generalife se ve invadido por un gran círculo rojo.
Para los que pasan de largo es una simple tarima, pero para quien baila sobre ella y a su alrededor es el símbolo.
El eco del 'Bolero' de Ravel ya da pistas de lo que se está dando allí.
La hipnótica melodía nos lleva irresistiblemente a ver qué ocurre.
Ese círculo rojo acompaña estos días a los bailarines del Béjart Ballet Lausanne en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada.
Es el símbolo de una de las coreografías que cambió para siempre la historia de la danza, la misma con la que Maurice Béjart rompió las reglas para convertir el escenario en un rito colectivo.
Es el altar sobre el que Maurice Béjart convirtió una de las partituras más célebres del siglo XX en un ritual de vida, deseo y comunión humana.
Desde que cambió la historia de la danza con su 'Boléro' en 1961, ese espacio ha sido habitado por algunas de las figuras más extraordinarias, desde Maya Plisétskaya hasta Sylvie Guillem, pasando por Jorge Donn o Diana Vishneva y tantos otros artistas que aceptaron el desafío de hacer suyo un papel que trasciende la danza.
Cada interpretación renueva una ceremonia en la que un cuerpo solista, rodeado por un círculo de bailarines, concentra la energía colectiva hasta convertirla en un acto casi sagrado.
No es solo una coreografía, es el legado vivo de Béjart, una celebración del ser humano que encuentra en la danza un lenguaje común.Por eso mismo, algo nuevo pasa siempre en el escenario. «Está cambiando, pero al mismo tiempo no lo está.
Tenemos un documento en el que la coreografía está escrita, pero es cierto que la interpretación y la personalidad de cada bailarín son diferentes.
No quiero que hagan una copia de lo que hicieron las personas que vinieron antes .
La coreografía es tan específica y tan musical… En realidad, solo tienes que seguirla.
Es como la aritmética: primero tienes que aceptar la coreografía en tu cuerpo antes de poder aportar algo.
Una vez que la coreografía está en tu cuerpo, entonces, de forma natural, como la pieza es larga, muy poderosa y físicamente muy exigente, acabarás teniendo que dar algo de ti, pero no desde el principio», reconoce Julien Favreau, director artístico de la compañía, durante un intermedio en los ensayos.Arriba, uno de los bailarines ensayando en el Teatro del Generalife.
Derecha, el primer bailarín Oscar Eduardo Chacón.
Izquierda, el director artístico de la compañía, Julien Favreau Fermín RodríguezSobre el escenario está el gran círculo rojo donde baila una joven bailarina, mientras alrededor tiene a un séquito de hombres que van cambiando de postura desde su silla y, poco a poco, se van acercando a ella.
Los movimientos son poderosos, como la coreografía de Béjart y también su intención de revolucionar el mundo de la danza.
Béjart puso a los hombres a bailar.
En un momento en el que muchos quedaban relegados a sostener a la bailarina, con este coreógrafo dejaron de ser, en gran medida, hombres florero para convertirse en dioses del escenario.
Les dio un lenguaje propio, una presencia que iba más allá de la técnica y una fuerza escénica que transformó para siempre la imagen del bailarín. «Creo que este es uno de los rasgos específicos de la compañía: tenemos más bailarines que bailarinas, porque la coreografía de Béjart siempre fue así...
La mayor parte del tiempo hay más hombres en escena, y es cierto que, cuando era niño y veía a Béjart, pensaba 'por fin los hombres pueden subir al escenario y expresarse'.
Los hombres podían bailar con otros hombres.
Muchos bailarines quieren bailar a Béjart porque, por fin, no subes al escenario solo como pareja de una bailarina, ni solo para levantar a la chica.
Ahora tienes algo que expresar; también tienes pasos específicos para bailarines que no se encuentran en el repertorio clásico», explica su director, que años antes fue bailarín durante 30 años en la compañía.Bailar con gafas de solEnsayar en el Teatro del Generalife es un reto porque el sol va guiando el ensayo y colándose por los entresijos del escenario.
Muchos de los bailarines llevan gafas de sol; otros tantos van con el torso descubierto, aprovechando cada rayo.
Y, en cuestión de segundos, el escenario se convierte en una fiesta griega.
O una tragedia.
Y allí entra un hombre, que, a pesar de contar con más bailarines en la escena, termina acaparando todas las miradas, también la de los figurantes que se hallan por los rincones del teatro para apoyar al conjunto de 'Boléro'.
Sus rizos cubren su rostro; salta y gira como si estuviera exento de la ley de la gravedad.
Es Oscar Eduardo Chacón, primer bailarín del conjunto.
Interpreta a 'Dionysos' en este ballet que hace de la danza una exploración sobre los grandes mitos que atraviesan al ser humano.
Inspirada en el dios griego del vino, el éxtasis y la celebración, la coreografía se mueve entre lo ritual y lo teatral para hablar de la libertad, el deseo y la fuerza de lo colectivo.
Béjart, antes que bailarín o coreógrafo, era pensador, de ahí que su obra siga viva, porque hay una lógica en cada movimiento que lo hace imperecedero.Arriba, 'Boléro'.
Izquierda, 'Dionysos'.
Derecha, 'El pájaro de fuego' Fermín Rodríguez«El estilo de Maurice va más allá de lo que vemos.
La técnica es parte del trabajo cotidiano, pero lo que hizo Béjart fue conectar al artista, que trasciende desde el escenario hacia el público con una forma de alcanzarlo distinta.
El trabajo se hace a partir de un centro del cuerpo, de un alma, que está conectada más allá de la ejecución técnica.
Transformó esos conceptos del bailarín, del ballet clásico, y los tradujo de una manera espiritual.
Al bailarín lo trabaja no solamente como instrumento, sino que trabaja a la persona como tal », reconoce este bailarín.
La pregunta que se suscita cuando uno mira al Béjart Ballet Lausanne es cómo una compañía, con un repertorio prácticamente solo de este coreógrafo, es capaz de desafiar el tiempo, las modas, los públicos y la danza.
Y la respuesta se halla en el escenario.
En ese altar donde se celebra la danza.
Porque, por muchas coreografías que se han creado alrededor de este 'Bolero' de Ravel, la de Béjart es inalcanzable.
Ni la misma compañía sabe encontrar una respuesta, porque Julien Favreau encoge los hombros cuando se le pregunta por ella. «Es icónica, es impresionante cómo desde el 61 sigue fascinando a la gente», confiesa riendo.Víctor Ullate en 'El pájaro de fuego', coreografía de Maurice Béjart V.U.
El legado de Béjart en España La historia de la danza en España se escribe de la mano de Maurice Béjart y no es solo gracias al Festival Internacional de Música y Danza de Granada, que trajo a la compañía en varias ocasiones, sino también a Víctor Ullate.
El maestro aragonés bailó en la compañía, antes conocida como los Ballets del Siglo XX, y volvió a España para dirigir el Ballet Clásico Nacional.
En ese momento trajo consigo, bajo el brazo, 'El pájaro de fuego', la obra de Béjart que vieron recientemente los espectadores de Granada, y la bailó delante de los españoles en el Teatro Principal de Zaragoza el 28 de septiembre de 1979. «El aceptar mi cargo como creador del Ballet Nacional me dio la oportunidad de mostrar en mi país lo que yo había aprendido; me llenaba de orgullo y me causaba una gran responsabilidad.
Me siento orgulloso de haber traído 'El pájaro de fuego' hace más de 40 años.
Fueron momentos difíciles porque en España no había gran cosa, pero poco a poco hice un público, y ese público siempre fue muy fiel», reconoce el maestro a ABC.
Ullate fue uno de esos bailarines que conoció una nueva forma de bailar, donde los hombres pasaron de sujetar a las mujeres a ser el corazón de las coreografías.
El mismo Béjart creó expresamente para Ullate 'Gaîté Parisienne' (1978).
No solo la creó para él como intérprete principal, sino que además estaba basada en la propia biografía de Béjart. «Trajo una forma de entender la danza que aquí era prácticamente desconocida.
Viéndolo con perspectiva, creo que aquella fue una pequeña revolución para la danza aquí en España.
Traer algo más contemporáneo; lógicamente, hubo gente que lo aceptó muy bien, hubo gente a la que le costó aceptarlo, pero la prueba es que, después de tantos años, sigue siendo una coreografía vigente y a la gente le fascina», reconoce.
La aportación de Ullate a la danza es incalculable.
Desde la forja de una generación de oro como Joaquín de Luz, Tamara Rojo, Ángel Corella o Lucía Lacarra, ha llenado temporadas y temporadas de muchos teatros de España, dejando un legado de coreografías, desde 'Samsara' hasta 'El Sur', pasando por clásicos como 'Don Quijote' o 'Wonderland'.
En muchas de ellas, la influencia de Béjart es innegable; 'Àpres toi' es un ejemplo de ello. «Porque las coreografías de Maurice tienen poesía, tienen argumento, tienen una pausa dentro de su forma de moverse.
Es muy importante, muchas veces, que el espectador también se introduzca en la música, no solamente en la danza.
Siempre fue un coreógrafo muy avanzado a su tiempo.
Por eso las coreografías todavía están vigentes.
Simplemente fue un genio de la danza.
Los bailarines también le dábamos mucho porque Béjart se inspiraba en nosotros, en nuestra forma de movernos, en nuestra forma de ser, en nuestra forma de ver la danza.
Siempre el coreógrafo se inspira en el bailarín, por eso los bailarines de Béjart eran muy peculiares».
Ahora el maestro cierra el círculo, que, después de más de 40 años de haber traído esa obra a España, vuelve con la compañía, esta vez con su hijo como integrante, Josué Ullate.Su pulso incesante, marcado por la música obsesiva de Ravel, crece como una respiración hasta convertirse en un latido conjunto que arrastra a todo el escenario.
La solista, elevada sobre el círculo rojo, parece desafiar al mundo mientras, a su alrededor, el grupo responde con una tensión que no deja de crecer.
Cada gesto es reconocible, hipnótico; cada repetición suma intensidad hasta desembocar en un final físico y arrollador.
Es un rito, también un trance; es una de las imágenes más poderosas de la danza del siglo XX.
De ahí que la mismísima 'étoile' Sylvie Guillem quisiera retirarse de los escenarios con esta obra. « Cada uno de nosotros tiene algo que transmitir; a veces es algo muy técnico, otras tiene que ver con el estilo, en ocasiones es la música.
No nos limitamos a mantener viva la compañía, porque entonces quizá parecería una compañía-museo; no, lo que queremos es que esta coreografía siga siendo bailada por una nueva generación.
Béjart siempre miraba hacia adelante, estaba motivado para trabajar con bailarines nuevos, con bailarines jóvenes.
Tratamos de mejorar la coreografía gracias al bailarín y hacer que el bailarín luzca mejor gracias a ella.
Nunca forzamos las cosas si el bailarín no se ve bien en la coreografía.
Quizá eso signifique que esa coreografía no es para él», reconoce Favreau.Un bailarín baila, y un artista consigue que el movimiento deje de ser solo movimiento y se convierta en una idea que atraviesa el escenario y alcanza a quien mira.
Ahí reside el secreto del Béjart Ballet Lausanne, porque sus intérpretes no solo ponen el cuerpo al servicio de la belleza; hacen que cada gesto encuentre una razón de ser.
Quizá por eso la compañía sigue desafiando al tiempo, porque Maurice Béjart también desafió al suyo cuando puso a los hombres a bailar como nadie lo había hecho antes y entendió que la danza podía ser, además de virtuosa, profundamente humana.
También hay algo de misterio, porque resulta difícil explicar por qué, más de sesenta años después, ninguna otra coreografía ha conseguido arrebatarle al 'Boléro' de Béjart ese lugar que parece reservado solo para él.
Al terminar la función, los bravos, los gritos y el público eufórico, puesto en pie, no responden únicamente a una ejecución impecable; son la confirmación de que todavía existen obras que escapan a cualquier explicación.
Simplemente suceden, como los milagros. ...
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