La ley del «Bebé Moisés»: cuando Nebraska permitía abandonar a niños en hospitales

Hubo un tiempo en Estados Unidos en el que un padre podía entregar a su hijo en un hospital sin ser procesado por abandono.
Ocurrió en Nebraska durante unos meses del no tan lejano 2008, cuando la llamada ley Safe Haven, conocida popularmente como la ley del «Bebé Moisés» , contenía un vacío legal: a diferencia del resto de estados, no fijaba un límite de edad para los menores que podían ser entregados al Estado.
La norma, concebida para evitar que recién nacidos fueran abandonados en lugares peligrosos, utilizaba simplemente la palabra 'child' («niño»), lo que permitía legalmente entregar a cualquier menor de hasta 18 años en un hospital sin afrontar cargos penales por abandono.
En apenas 127 días, 36 niños y adolescentes (algunos incluso trasladados desde otros estados) fueron dejados por sus padres en hospitales de Nebraska.
La polémica obligó al Gobierno estatal a reformar la ley de urgencia para limitarla únicamente a bebés de hasta 30 días de vida.
Cole Webley retrata en 'Omaha' a una familia en crisis que viaja hacia Nebraska en uno de esos meses en los que la ley Safe Haven estaba sin reformar.
Con John Magaro ('Vidas pasadas') en la piel del padre (que carece de nombre en la película), Webley filma tres días del último viaje que tendrán juntos. «El deber de un padre de mantener a salvo a su hijo no termina nunca, en el mejor de los casos», empieza.
Sin embargo hay un pero, y es el pero que sostiene toda la película: «hay momentos en que la salud de uno mismo o la situación de un hogar ponen a ese niño en peligro, y como sociedad (espero que como padre también) uno tiene que ser capaz de reconocerlo y decir: tengo que dar un paso atrás».Magaro con Ella, su hija, en el coche rumbo a NebraskaLa investigación detrás del guion desmontó, según cuenta, buena parte de sus propios prejuicios. «Cuanto más investigábamos, más entendíamos que estos no eran padres monstruosos.
Eran personas atrapadas en escenarios imposibles».
Cita, sin dar nombres, los casos reales que alimentaron el guion: un padre que sabía que abandonar a su hijo en un hospital era la única forma de saltarse la burocracia y conseguirle ayuda inmediata; otro cuyo hijo, con necesidades especiales, se había vuelto demasiado fuerte para que pudiera protegerlo sin hacerse daño; un tercero que perdió a su esposa por un aneurisma y no supo, entre el duelo y una salud mental que se desmoronaba, a quién más recurrir.Lo que sorprende, además de la tesis -bastante extendida en el cine social americano - es la insistencia de Webley en trasladar esa misma vulnerabilidad al otro lado del mostrador. «Las personas que trabajan en el gobierno también son padres», dice, y hay algo de desconcierto genuino en su voz. «Es extraño que, en cuanto alguien se institucionaliza se desconecte de lo que significaba, en el día a día, ser ese padre que una vez fue».
Su conclusión, dicha casi como un lema de campaña que no llegó a escribir: «el gobierno debería comportarse como un hogar».«La película es un micromomento dentro de una vida mucho más grande.
Son tres días.
No te voy a sacar de ahí.
Te voy a obligar a decidir si puedes experimentar lo que él experimenta, de forma vicaria»Ahí aparece, por primera vez, el otro Webley: el padre de cuatro hijos que ha visto crecer a los suyos y que reconoce, en cada etapa, una belleza que no admite cinismo.
Habla de las canciones en el coche, del baile, de los helados, de las bromas y de la necesidad de que esa alegría conviviera, en la misma película, con lo que finalmente ocurre.Una persona entre el público de Sundance, cuenta, le dijo tras ver la cinta que era «como recibir el puñetazo más suave del mundo ».
Webley sonríe al recordarlo. «Si hubiera hecho esta película más joven, habría sido más feroz, más nihilista, menos esperanzadora.
Pero soy un cineasta de cuarenta años que ya tiene a sus hijos, y quería darle un futuro a ese padre.
El mismo futuro que le doy a los niños».Un silencio de tres díasWebley decidió que para que su película funcionase el espectador debía tener las mismas nociones de la realidad que la de los dos hijos de Magaro, por lo tanto, el silencio del padre también es percibido por el espectador; algo que ha causado diferencias en la opinión del público: «Cuanto más intentaba explicar el porqué, más sentía que estaba exponiendo a estas personas, y menos que estaba mostrando quiénes eran realmente».
Probaron versiones, escucharon voces contradictorias y, al final, Webley decidió no ceder. «La película es un micromomento dentro de una vida mucho más grande.
Son tres días.
No te voy a sacar de ahí.
Te voy a obligar a decidir si puedes experimentar lo que él experimenta, de forma vicaria.
No intento arreglarlo, porque no es de eso de lo que trata la película».El giro más revelador de la conversación llega, sin embargo, por otro camino: el de la propia infancia de Webley.
Se le recuerda (y él lo confirma sin necesidad de esquivarlo) que de niño vivió, durante un tiempo, con dos primos que sus padres acogieron porque sus tíos no podían hacerse cargo de ellos.
Hace una pausa antes de rematar. «Estoy muy agradecido de no haber sentido nunca el abandono.
No sé si la película habría sido mejor si lo hubiera sentido, pero sí sé que no puedes decir que llegue sin gracia, y espero que sin empatía, para todos los que aparecen en ella.
Para hacer eso tienes que desaparecer un poco.
No puedes ser solo un personaje.
Tienes que ser todos». ...
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