Noche de insomnio, preocupación y angustia entre los desalojados por los fuegos: “Nunca habíamos vivido nada parecido”
En el polideportivo del pueblo de Villamanta, más de un centenar de personas de un incendio que ha obligado a evacuar a más de 60.000 personas
La carrera para evitar que el “tsunami” que arrasa Madrid se una al incendio de Ávila: “Estamos haciéndolo todo”
Directo - Última hora de los incendios
En cada cama inflable, rincón de suelo, colchoneta, litera o mesa, una batalla. Pero la lucha es desigual. A un lado, el agotamiento físico y mental que produce llevar dos días fuera de casa; al otro, la preocupación y el desasosiego que genera la incertidumbre de no saber qué va a pasar con sus casas, con sus pertenencias y con sus vidas. El resultado es que en el polideportivo de Villamanta, que ha dado cobijo, según cálculos de Protección Civil, a 130 de los más de 60.000 desplazados que han provocado ya los fuegos de Madrid y Ávila, casi nadie ha pegado ojo.
A eso de las 6 de la mañana, un fuerte olor a humo lo inunda todo, como si alguien hubiese encendido una inmensa fogata en mitad del recinto. Pasadas las tres de la mañana, Protección Civil se ha visto obligada a cerrar la puerta del polideportivo, lo que no ha evitado que el pueblo entero se levante con carraspera: un recordatorio de que la pesadilla no ha acabado. Desde primera hora de la mañana, las autoridades recomiendan el uso de mascarillas. Las luces permanecen apagadas en La Chopera desde unos pocos minutos antes de la medianoche, pero los flexos de las gradas y, sobre todo, la luz azul de la pantalla de los móviles lo iluminan casi todo.
Quien más, quien menos, todos desean saber. Muchos han pasado la noche así: en un duermevela en el que, de vez en cuando, consultan las últimas noticias, que hablan de focos que se abrazan en un inmenso frente que amenaza con unirse incluso con al incendio de Burgohondo. Fuego y más fuego. Cunde el desánimo y crece el temor de perderlo todo.
Pasados unos minutos de las 9 de la noche, el alcalde de Aldea del Fresno, Alberto Plaza, ya se lo advierte a los vecinos, que hacen un corro a su alrededor deseosos de escuchar que todo ha pasado y que pueden volver a sus casas. Pero, recién llegado de su última reunión del día con el Cecopi, Plaza opta por la cruda realidad. La situación lo exige: “No os voy a engañar, la situación está muy jodida”. Aunque en Aldea del Fresno estaban mentalizados de que esta noche también la pasarían fuera de sus hogares, las palabras de Plaza son un jarro de agua gélida porque no se atisba una luz al final del túnel.
Quejas, alguna voz más alta que otra. “Se han quemado muchas cosas. Hay pueblos donde no tienen luz ni internet”, les recuerda el alcalde. La conversación concluye con un repaso de los pueblos desalojados. No son pocos ni son pequeños. Además de Aldea del Fresno, solo en la Comunidad de Madrid están fuera de sus casas los vecinos del Camping de El Escorial, Navas del Rey, Chapinería, Robledo de Chavela, Fresnedillas de la Oliva, Navalagamella y Zarzalejo. El corro se deshace mientras resuena una conclusión, la única posible: “La cosa pinta fea”.
Algunas de las personas evacuadas por los incendios de la Comunidad de Madrid junto a miembros de Protección Civil este viernes en el polideportivo de Villamanta.
Recostada en una silla y con dos grandes ventiladores que le espantan el calor sofocante, Ildefonsa Mota, de 77 años, se prepara para pasar la noche. Ha sufrido dos cánceres, uno de mama y otro en la zona del cuello, y un ictus. El plan es que ella duerma en la litera de abajo, su nieta en la de arriba y su hijo, albañil, en una colchoneta. No lo cumplirán: cerca de las dos de la mañana, Mota estará echando una cabezada en esa misma silla para dejar la litera de abajo a su hijo, que llega rendido de trabajar. “Nunca habíamos vivido nada parecido, aunque hay que decir que nos están tratando fenomenal. Con el fuego, lo único que podemos hacer es esperar. De peores hemos salido”, comenta la mujer, que elige agarrarse a un hecho que también resulta incontrovertible: el fuego, por ahora, no ha entrado en el pueblo.
Pero la duda de que lo pueda hacer está ahí, rondando en la mente de todos. “Estoy cansada, pero sobre todo de aquí”, dice María José Alonso, de 60 años, mientras se señala la sien con el dedo índice. Está sentada en una rígida silla desde la que intentará conciliar algo de sueño, pero padece una hernia discal que la está matando de dolor. “Ya no sé cómo ponerme”, se queja. También está preocupado por su hogar Amós Fernández, un pintor de 47 años que se sienta cerca de su madre, María Camacho, que a sus 78 ocupa ya la parte baja de una litera. “Piensas en la casa, le das vueltas a todo”, explica Fernández, que reconoce que durante la tarde ha vivido momentos de desánimo. Mediada la noche, finalmente, su familia y él se irán a dormir al coche.
Apoyada en un andador, pero con gesto firme, se mantiene Pilar García, mujer de Fernández. A sus 58 años, ha sufrido un Guillain-Barré que la ha tenido postrada en cama y le ha provocado la rotura de un fémur: “En el médico me llamaban la dos por uno”, dice riendo mientras muestra los clavos de la operación. “La pasada noche no dormimos nada, y hoy pinta a que será más o menos igual. Le das a la situación vueltas y vueltas. Unos te dicen unas cosas y otros te dicen otras, y no sabes a qué atenerte”, comenta. Pero cuenta con la lectura como aliada: está enganchada a La orden de Caín, la saga de novelas vampíricas de Lena Valenti. Es la segunda vez que la lee entera.
También recurre a la lectura para cansar la mente y espantar los malos pensamientos Onay Terry, un enfermero cubano de 49 años que lleva tres en España. Él recurre a algo más técnico, un manual sobre cuidado integral de la piel. Aunque ahora está en paro porque tiene permiso para residir pero no tiene permiso para trabajar en el país, está convencido de que debe renovar sus conocimientos. Pero aprender resulta difícil en estas circunstancias: la perspectiva de que la situación empeore lo atormenta. “Vengo de un país en el que, si se te rompen unos zapatos, los arreglas. Imagina lo que supone para mí imaginar que el fuego entra en mi casa, donde tengo una tele y un ordenador portátil”, relata.
En la quietud de la noche, cuando pasan la 1.30 de la mañana, algo parecido imagina María Morales a sus 80 años. “Yo no pego ojo”, reconoce sentada en una silla de la que no se moverá en toda la noche. Tras toda una vida trabajando, ella y su marido tienen lo que siempre anhelaron, una finca de 400 metros en el Camping Caravan, cerca del safari de Madrid. Es un hogar que han puesto, comenta con orgullo, muy a su gusto. “La casa, lo que me preocupa es la casa. No paro de darle vueltas”, dice. A sus pies, Chico, un perro de tres años que busca caricias en todo el que se le acerca, pasará la noche gimiendo de vez en cuando porque le cuesta reconocer dónde está. Le pasa lo mismo que a todos. ...
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