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Cuatro trucos para saber cómo elegir y conservar cada tipo de lechuga para las ensaladas

elDiario.es

Una romana aguanta en el cajón de la nevera bastante más que una trocadero, y una iceberg envasada en bolsa sigue una lógica distinta a la de una pieza entera recién comprada en la verdulería
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La lechuga comparte con el tomate o la zanahoria una circunstancia que a menudo se pasa por alto y es que crece en contacto directo con la tierra. Ese detalle, tan simple, es el motivo por el que exige más cuidado del que solemos darle antes de acabar en el bol de la ensalada. Pero además de la higiene, hay otra variable que cambia por completo las reglas del juego, ya que no todas las lechugas se comportan igual. Una romana aguanta en el cajón de la nevera bastante más que una trocadero, y una iceberg envasada en bolsa sigue una lógica distinta a la de una pieza entera recién comprada en la verdulería. Repasamos cuatro trucos y cómo se aplican a cada variedad para elegir bien y alargar la vida útil de las hojas.

Elige según la variedad, no solo por el aspecto

El criterio general vale para cualquier lechuga, ya que las hojas deben verse tersas, con un color vivo —verde o morado, según el tipo— y sin arrugas, manchas oscuras ni zonas mustias. En las piezas enteras no es grave que alguna hoja exterior tenga un golpe, siempre que el resto del ejemplar esté en buen estado; de hecho, esas hojas más verdes y exteriores, aunque sean las que solemos descartar por menos vistosas, concentran más vitaminas que las blancas del corazón.

Pero cada variedad tiene además su propia seña de identidad, y conocerla ayuda a distinguir una pieza fresca de una que ya no lo es:

Romana o cos: hojas alargadas, erguidas y de un verde uniforme, con un nervio central marcado. Es la más robusta de todas y admite algunos golpes en las hojas exteriores sin que el resto se resienta.

Cogollos: versión compacta y pequeña de la romana, de hojas más arrugadas y tiernas, que van del verde claro al amarillo hacia el interior.

Iceberg: compacta como un repollo, de hojas blanquecinas y muy crujientes por su alto contenido en agua. Aguanta bien el paso de los días, aunque conviene aplicar el mismo criterio general de siempre: descartar ejemplares con zonas dañadas o con aspecto poco firme.

Trocadero o mantecosa: hojas lisas, redondeadas y muy tiernas. Es de las más delicadas, por lo que conviene revisarla con algo más de atención que otras variedades antes de comprarla.

Batavia y hoja de roble: hojas onduladas, con los bordes rizados, en roseta abierta más que compacta. La hoja de roble puede ser verde o morada; en ambas, lo importante es que las puntas no estén oscurecidas.

También conviene decidir entre lechuga entera o ya cortada y envasada. La pieza entera suele ser más barata, más fresca y aguanta más días en la nevera, precisamente porque no ha pasado por procesos de lavado y corte que aceleran su deterioro. La envasada gana en comodidad, pero sigue reglas propias de conservación, que detallamos más abajo.

Lava hoja a hoja y seca a conciencia, sea cual sea la variedad

Lechuga romana

El lavado no es un trámite, sino que es la principal barrera frente a los contaminantes que arrastra cualquier hortaliza que crece pegada al suelo, incluida la que llega aparentemente impoluta del supermercado o de cultivo hidropónico. Lo recomendable es separar las hojas y pasarlas una a una bajo el grifo, con agua corriente abundante, evitando lavarlas amontonadas en un bol o un barreño donde podrían contaminarse entre sí. Para población de riesgo —embarazadas, personas mayores o inmunodeprimidas— conviene además un paso de desinfección, con un producto específico para ese uso y siguiendo su etiqueta; para el resto, el lavado intenso bajo el grifo es suficiente. Lo que nunca debe usarse es jabón o detergente doméstico.

Tras el lavado, el secado es igual de importante, ya que la humedad que queda entre las hojas es la que acelera la putrefacción en la nevera. Un centrifugador de ensalada resuelve el problema en segundos; si no se tiene a mano, un par de paños limpios entre los que envolver las hojas cumplen la misma función.

Guarda cada tipo según su resistencia, envuelta en papel

Una vez lavada y seca, la lechuga necesita un envoltorio que absorba la humedad residual sin asfixiar las hojas. El método más eficaz es forrar el fondo de un táper amplio con papel de cocina, colocar las hojas sin apretarlas, cubrir con otra capa de papel y cerrar. Si no hay táper a mano, una bolsa grande con cierre hermético funciona igual de bien. Lo importante es que las hojas tengan espacio porque si se encuentran amontonadas es como más rápido se dañan. El cajón de verduras de la nevera, por ser la zona menos fría, es el sitio más adecuado para guardarlas.

La vida útil, sin embargo, no es la misma para todas:

Romana: es la más resistente y, bien conservada, puede aguantar fresca una semana o más.

Cogollos: también se mantienen bien varios días en la nevera, aunque su margen es algo más ajustado que el de la romana.

Iceberg: soporta bastante bien el paso de los días gracias a su bajo contenido en nutrientes y su estructura compacta, y no exige demasiada atención.

Batavia y hoja de roble: aguantan bien unos tres o cuatro días.

Trocadero: es de las variedades más delicadas y conviene consumirla en poco tiempo, sin dejarla demasiados días en la nevera.

Un truco adicional, útil para casi cualquier variedad, es sumergir las hojas unos minutos en agua muy fría antes de aliñar: recuperan cuerpo y quedan más crujientes, algo especialmente eficaz en las hojas más blandas.

Con la lechuga en bolsa, la clave es la cadena de frío

Lechuga fresca

Los productos de IV gama —lechuga o mezclum ya lavado, cortado y listo para consumir— siguen otra lógica, sea cual sea la variedad que contengan. Su envasado en atmósfera modificada, que reduce la presencia de oxígeno y limita la producción del gas etileno responsable de acelerar la maduración, les da una vida útil de hasta una semana sin abrir, siempre que se mantengan entre tres y cuatro grados. El problema aparece en cuanto se rompe esa cadena de frío o se abre el envase: a partir de ahí, la lechuga se estropea con bastante más rapidez que una pieza entera, así que conviene consumirla cuanto antes.

Qué lechuga elegir según el plato

Más allá de la conservación, saber qué variedad comprar según el uso ahorra decepciones. La romana, de hojas firmes, resiste bien aliños contundentes y hasta el calor de la plancha o la brasa, lo que la convierte en la favorita para ensaladas tipo César o con proteína. Los cogollos, de sabor entre amargo y dulzón, funcionan igual de bien crudos que a la plancha. La iceberg es la reina de bocadillos y hamburguesas por su textura crujiente. Y las variedades más delicadas —trocadero, batavia, hoja de roble— aportan textura y color a ensaladas ligeras, aunque exigen consumirse antes.

Con estos cuatro gestos, la lechuga deja de ser esa hortaliza que se marchita a mitad de semana y se convierte en la base fiable de cualquier ensalada, del lunes al domingo. ...

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