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Instrucciones para bordar una estrella

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Instrucciones para bordar una estrella

La silla era de madera, pintada en un vívido granate, con asiento de enea.

Pequeña, no llegaba al metro de altura.

Cada tarde de verano, a las cuatro y media de la tarde –recuerdo la hora como si fuera ayer–, bajo un sol entre mediterráneo y manchego, que el mismo sol es, me la echaba bajo el brazo.

En el hombro contrario, una bolsa de tela.

Dentro, la labor.

Un bastidor, hilos de colores, aguja, tijeras, dedal… No debía tener más de 8 o 9 años.

Salía de casa sigilosa, mientras los demás dormían la siesta, rumbo al antiguo teatro del pueblo.

Allí, en la zona de sombra, con las puertas abiertas, simulando que corría algo de aire, nos esperaba –a mí y a otras niñas– Isabel.

Sé que era buena maestra porque me gustaba, me gusta, bordar.

De las querencias por una disciplina la mayoría de las veces, o todas, tiene la culpa el profesor.

El trabajo de Isabel lo mejoró mi tía Mercedes, que vigilaba mi punto de cadeneta cuando, ya más mayor, la acompañaba a su casa de campo.

El máster definitivo me lo impartió mi madre: me enseñó la delicada vainica, la técnica con la que, sacando hilos de la tela, y agrupándolos con finísimas puntadas, se crea un encaje dentro de la misma.

Aún recuerdo cómo se hace.Pero nunca llegué a doctorarme como verdadera bordadora manchega.

En mi casa hay un par de mundillos de bolillos.

Dominar esos sacos que parecen de boxeo pero son para el finísimo encaje es otro nivel.

Porque conozco de su dificultad, me quedo como embrujada ante el baile y la música de las encajeras de Almagro.Bordar parece un arte plástico, pero también es música y realmente nació como arte literario: para narrar hazañas en las vestimentas.

Para eso nos vuelve a servir hoy.

Para relatar la gesta de un grupo de chicos representando a un país jugando al fútbol.Para aprender a bordar, en Francia los niños usan el 'petit point' y en España el punto de cruz.

No es lo mismo.

El 'petit point' es una puntada diminuta en diagonal.

Una tras otra, completas una forma, un dibujo.

El punto de cruz son dos puntadas entrelazadas en forma de X.

Con tres de esas puntadas, ya tendríamos una estrella.

Pero de seis puntas.

Y hoy lo que queremos es bordar una estrella de cinco, niñas, que diría Isabel.Mis tres maestras me enseñaron la importancia de una labor limpia.

Respeto tremendo por la aguja –la única forma de no pincharte–, por la tela –para no ensuciarla ni enmarañarla– y por el hilo –para evitar nudos y deshilachados–.

Sus exámenes eran más que exhaustivos.

Lo importante no era sólo cómo había quedado por delante.

Todas las maestras de bordado le daban la vuelta a la tela: la ejecución de una buena labor era tanto el marcador de lo que se veía como lo que no.

La buena bordadora, insistían, cómo árbitros implacables, no hace marrullas ni trampas ni por el anverso ni por el reverso.

La transmisión del buen hacer, siempre, por ambas caras.No sé qué porcentaje de españoles sabría hoy bordar una estrella a mano.

Con la falta que nos hace ponerla sobre todas esas camisetas que, gracias a Luis de la Fuente y sus chicos, se nos han quedado obsoletas.

Nunca renovar el armario tuvo tanto sentido.

Nuestras abuelas no hubieran tenido que comprar otra.

Bastaría con que le lleváramos la de anteayer y ellas pintarían con hilo la segunda estrella.

La de Nueva York.

Bordar, como hicieron aquellas mujeres que con esmero decoraban las telas más festivas de la casa, también es contar, festejar y, a la vez, cuidar.

Ganar mundiales jugando limpio y con respeto, también.

Puro y mágico encaje de bolillos.

Fruto, como los buenos bordados, de humildes y, a la vez, grandes maestros. ...

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