Mujer con abanico rojo

Como en una pintura de un Lautrec enloquecido, se perfila –rojas las gafas, rojos los zapatos de tacón, los labios, el vestido, la camiseta y el abanico– Esther Martínez frente a los matones, encapuchados y envalentonados en el eco tan certero de aquellos terroristas.
La imagen ha dado la vuelta al mundo.
La mujer extiende los brazos en cruz en una entrega heroica ante todos esos pibes que, de haber tenido una pistola, la habrían matado.
Lo sabe ella, a la que ya quisieron matar en su día.
El abanico, recogido, se erige en una suerte de varita mágica, de muleta, o de barricada democrática frente a quienes lanzan botellas, zarandean y derriban las vallas en un siniestro gorileo de insultos, puñetazos y amenazas para disolver a la gente que se había acercado a ver el partido en la pantalla.
Los acosaron, les lanzaron objetos, les pegaron palizas, los insultaron y los persiguieron.
Familias se refugiaban en los portales, cazadas como conejos.Pero sobre los cascotes de la convivencia, que destruyen siempre los mismos, avanzaba, contra todo pronóstico, como la Libertad de Delacroix, aunque con menos odio, una política del PP vestida como si saliera de los toros en Bilbao, como un domingo de fiesta.
Porque eso era lo que estábamos celebrando antes de que quisieran convertirlo en una fiesta del miedo.
Ese abanico, ay, tan español, casi de folclórica, se volvió de pronto arquetípico de tantas cosas.
Del empoderamiento de una mujer a la que, por lo que sea, no le ponen placas las vestales del monasterio de Igualdad.
Al otro lado de la valla, en el caos de las carreras y el desorden más allá de la trinchera, avanza Esther guiando al pueblo vasco con los brazos en cruz, diciendo que, para tocar la pantalla, tendrían que llevársela por delante.
Entonces me partieron los recuerdos y veía a mi padre, con la boca seca y enfermo, con un paraguas en la mano, abierto de brazos en mitad del Boulevard, frente a aquellos tipos encapuchados con el cóctel molotov en la mano mientras él gritaba: «¡Libertad!».El abanico de Esther habría que guardarlo en los estantes de la memoria de mi país.
Tan revolucionario, tan valiente y tan rojo como la bandera.
Como el rojo de la sangre bajo las sábanas.
Como aquella pintura roja que echaron sobre los libros cuando destrozaron la librería Lagun , en la plaza de la Constitución de San Sebastián.
También aquella pintura significaba tantas cosas.
Y la librería resistía heroicamente en favor de una victoria que después decidieron sacrificar en nombre de la miseria de un acuerdo parlamentario al que llaman, vergonzosamente, paz.
Yo no quiero paz.
Yo lo que quiero es victoria.
Libertades conquistadas al precio que tengamos que pagar.
Y una Esther a la que seguir en su «no pasarán», en defensa del derecho de los vascos a vivir en nuestra patria en libertad y sin vergüenza ni miedo. ...
이 뉴스, 어떠셨어요?
탭 한 번으로 반응 · 로그인 불필요