Carolina Marín: «La vida no es un camino de rosas para nadie»

Si alguien conoce el significado de la palabra es ella.
Superar un obstáculo, sobrepasar un valle o navegar contracorriente.
Eligió un deporte que casi nadie conocía en España: el bádminton.
En los juegos olímpicos de 2016 se convirtió en la primera campeona no asiática en conquistar el oro en esa disciplina.
Fue tres veces campeona del mundo (2014, 2015 y 2018) y siete veces de Europa. «La vida no es un camino de rosas para nadie», tampoco para ella.
En 2019 se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha.
En 2021 sufrió la rotura del ligamento cruzado anterior y de ambos meniscos de la rodilla izquierda.
En 2024 volvió a romperse el ligamento a tan solo unos once puntos para clasificarse para la final de París 2024.
Intentó continuar, pero el dolor y la inestabilidad hicieron imposible seguir, por lo que tuvo que abandonar el encuentro entre lágrimas.
Dos años después, anunció su retirada.
Nacida en Huelva en 1993, la premio Princesa de Asturias de los Deportes 2024 es disciplinada hasta para conversar.
Es cuidadosa con las palabras que elige, sus ideas son ágiles e impecables, porque las pronuncia con sobriedad y contundencia.
Al momento de esta conversación, el termómetro marcaba casi cuarenta grados en la Gran Vía, pero ella ni caso: fresca como una rosa, se dispuso a pasar revista a las espinas. —¿Qué episodio de su vida, no necesariamente deportivo, le ha exigido arremangarse?—He tenido que remontar muchas cosas en mi vida.
En el plano personal, hace seis años perdí a mi padre.
Fue un momento muy traumático, una piedra muy grande en el camino, pero, al final, quien algo quiere, algo le cuesta.
Conseguí remontarlo relativamente pronto porque tenía los Juegos Olímpicos muy cerca.—¿Cuál es el primer episodio en el que usted se recuerda sobreponiéndose?—Cada una de mis lesiones ha supuesto una remontada.
Especialmente la última, en los Juegos Olímpicos de París.
Me lesioné cuando estaba a solo once puntos de clasificarme para la final.
Fue una situación muy dura porque llevaba ocho años esperando ese momento.
Antes de Tokio también me rompí la rodilla, dos meses antes de los Juegos.
Desde Río, donde conseguí la medalla olímpica, hasta París han pasado ocho años de altibajos y de obstáculos.
Y, cuando por fin llegó ese momento, el deporte volvió a ponerme delante una tercera lesión de rodilla.—¿Hubo algo en la infancia o adolescencia que la preparara para esto?—Creo que esa fortaleza se desarrolla con el tiempo.
Con catorce años tuve la oportunidad de venir al Centro de Alto Rendimiento de Madrid.
Dejé mi casa, a mi familia y a mis amigos para empezar una vida completamente nueva.
Creo que fue entonces cuando esa niña empezó a madurar y aprendí a afrontar las dificultades antes que muchas personas.—¿Qué admira más en otras personas, su capacidad para levantarse después de una caída o las victorias que han conseguido?—Las victorias son, en cierto modo, la parte más visible.
Lo verdaderamente importante es todo el trabajo que hay detrás, el esfuerzo que nadie ve.
Lo más difícil no es llegar, sino mantenerse y superar las situaciones complicadas.—Después de su primera gran lesión, ¿hubo algo que empezara a ver de otra manera en su carrera deportiva?—Más que descubrir algo nuevo, desarrollé una cualidad que no tenía: la paciencia.
Siempre he sido una persona que quiere conseguir las cosas cuanto antes.
He hecho muchos sacrificios y muchas renuncias, y no me arrepiento de ninguno; al contrario, me siento una privilegiada por la vida que he tenido y sigo teniendo.
Siempre intento extraer algo positivo de las situaciones adversas.
De aquella primera lesión aprendí precisamente eso: a tener paciencia.
A veces queremos avanzar tres pasos y, sin darnos cuenta, estamos retrocediendo dos.—Una victoria o una derrota dependen, en parte, de uno mismo, pero una lesión escapa completamente a su control.— Y que nunca sabes cuándo va a llegar.
En los Juegos Olímpicos de París, por ejemplo, me encontraba en perfectas condiciones.
No había tenido ninguna molestia ni ninguna señal de alarma en la rodilla y, sin embargo, ocurrió en el momento más inesperado.—Inspira a muchísimas personas, especialmente a los más jóvenes. ¿Qué aspecto de su trayectoria, quizá menos conocido, le gustaría que la gente supiera?—Me gusta recordar que una medalla o un título son solo el resultado final.
Lo verdaderamente importante es el camino: todo lo que hay detrás y que no se ve en televisión.
Hay muchísimo esfuerzo, trabajo y renuncias.
Muchas veces te apetece salir con los amigos o hacer planes, pero tienes que quedarte en casa descansando para recuperarte y rendir al máximo al día siguiente.
Creo que ese esfuerzo no siempre se valora.
En mi caso, después de los Juegos Olímpicos de París, tuve la sensación de que muchas personas comprendieron por fin todo lo que hay detrás de un deportista de élite y las dificultades que he tenido que superar para llegar hasta ese momento.—¿A qué ha tenido que renunciar para llegar donde ha llegado?—A muchas cosas.
Pero, si volviera atrás, lo haría exactamente igual.
No me arrepiento de ninguna renuncia.
Cuando uno persigue un sueño sabe que tendrá que dejar algunas cosas de lado, pero, al final, todo merece la pena.—Si tuviera que definir la palabra remontar sin recurrir al deporte, ¿qué significaría para usted?—Remontar es levantarse después de una caída.
Es afrontar cualquier adversidad que la vida te pone por delante.
La vida no es un camino de rosas para nadie; todos encontramos obstáculos, unos más grandes y otros más pequeños.
Lo importante es tener la determinación de seguir caminando hacia adelante, sin quedarse mirando atrás.—El bádminton era considerado un deporte dominado por los jugadores asiáticos.
Qué pesa más: ¿ese tópico, las expectativas externas o el rival que tiene delante?—Eso forma parte de lo que la gente dice o espera de un deportista.
Yo siempre he intentado centrarme en mí misma y no en las expectativas de los demás.
Está claro que todo el mundo quiere que gane, pero la primera que quiere ganar soy yo.
Para conseguirlo, lo más importante es mantener el autocontrol.—Más allá del deporte, ¿qué significa el verano para Carolina Marín?—Para mí es la mejor época del año.
Me encanta el verano, el calor, vestir de forma cómoda y sentir esa sensación de libertad.
Es el momento de desconectar, de pasar tiempo con mi familia, de ir a la playa y de hacer cosas que durante el resto del año no puedo hacer.—¿Recuerda alguno especialmente significativo?—Todos han sido especiales por motivos diferentes.
De pequeña pasaba muchos veranos en el pueblo, con mis abuelos y con una prima que es casi como una hermana.
Son recuerdos muy bonitos.
Más adelante, los veranos se convirtieron en meses de preparación para Mundiales o Juegos Olímpicos.
Cada verano ha tenido un significado distinto.—Viene de unos meses muy intensos, con importantes reconocimientos, desde su encuentro con el Papa León XIV hasta la Medalla al Mérito Deportivo. ¿Cómo se ve en este momento de su vida?—Me veo muy feliz y, sobre todo, muy agradecida.
Estoy disfrutando de oportunidades muy bonitas que la vida me está ofreciendo, a pesar de todo lo que he tenido que superar.
Intento vivir centrada en el presente.
Una de esas experiencias fue poder dirigir unas palabras delante del Papa y de tantas personas, tanto las que estaban allí como las que lo siguieron por televisión.
Fue un momento único que guardaré siempre en mi corazón.
También he recibido recientemente la Medalla de la Real Orden del Mérito Deportivo, un reconocimiento muy importante para mí y por el que me siento profundamente agradecida.—¿Cuál es el reto que se plantea ahora? ¿Qué le gustaría transmitir en esta nueva etapa?—Lo más importante para mí siempre ha sido transmitir valores a la sociedad, especialmente a los jóvenes y, sobre todo, a las niñas.
Hace quince años casi nadie conocía el bádminton y una de las cosas que más orgullo me produce es haber contribuido a que hoy todo el mundo sepa qué es este deporte. —Después de toda su experiencia personal, profesional y humana, ¿qué significa para usted la palabra ganar?—Ganar es la recompensa a todo el esfuerzo, al sacrificio y al camino recorrido.
No significa únicamente subir al podio o colgarse una medalla.
Ganar es haber dado todo para perseguir un sueño, independientemente del resultado final.
Para mí, esa ya es una victoria. ...
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