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Delenda est monarchia

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Delenda est monarchia

«Delenda est monarchia».

Con este célebre latinajo terminaba José Ortega y Gasset su artículo 'El error Berenguer' en 1930.

A juicio del filósofo, la monarquía debía ser destruida porque la «dictablanda» del general había fracasado en su intento de regresar a la normalidad constitucional tras los casi siete años de excepción impuestos por Primo de Rivera y amparados por Alfonso XIII.

Se iba a cumplir lo que Antonio Maura había temido si el ejército conseguía hacerse con el poder.

La Guerra Civil, de hecho, constituiría la materialización del 'caveat' que el viejo estadista siempre había mantenido en su pensamiento político.

Todos los esfuerzos de la Restauración debían centrarse en encauzar a las masas obreras descontentas y en mantener en su sitio a los militares y a la Iglesia para proteger la cosa pública de injerencias espurias.

Ortega certificó el fracaso de la empresa y llamó a los españoles a refundar el Estado en forma de República.La situación, casi cien años después, es por supuesto muy distinta.

La monarquía, a pesar de su crisis de ejemplaridad, se ha mantenido fiel a la democracia y ha cumplido con sus obligaciones formales sin desviarse del espíritu de la Constitución que transformó su condición de absoluta en parlamentaria.

Pero al mismo tiempo, en estos últimos ocho años, Pedro Sánchez ha llevado a cabo una improvisada e irresponsable desarticulación de la arquitectura constitucional, por intereses personales, al margen de su programa y mediante una manipulación grosera e impúdica de las instituciones.

La última prueba de esa estrategia ha sido su tiro de gracia al Congreso, riéndose a carcajadas de la mayoría que le instó a convocar elecciones.Se entiende, por otra parte, que Sánchez haya intentado desactivar y desacreditar los mecanismos legales y representativos que pudieran comprometer su agenda, desde los organismos de control internos de su partido hasta el Parlamento y la Judicatura, sobre todo porque ahora ya es patente que su acción política ha estado inspirada 'ab ovo' por la trampa y el delito.

Uno solo de los casos de corrupción que atesora Sánchez en su haber hubiera provocado el incendio de las calles si afectara a un gobierno de derechas.

La «indecencia nacional» que Ortega denunció en el ejecutivo de Berenguer le corresponde hoy por derecho propio a este presidente.Sánchez sabe que se encuentra en una encrucijada y que su única baza consiste ya en publicitar por tierra, mar y aire su particular 'après moi, le déluge'.

Su metamorfosis autocrática estriba en mimetizarse con el desinterés que sume a una buena parte del electorado en la indiferencia y aprovecharse de la ignorancia para perfeccionar su máscara de superhéroe en el cómic con el que ha camuflado su biografía.

Su cinismo confía en el aletargamiento de una parte de la ciudadanía y en excitar al resto con una llamada a defender el supremo bien histórico y moral que solo él puede encarnar y cuya más siniestra hipóstasis, por lo demás, es la imagen de Zapatero enjoyado .

Pero el problema está en que esa idea del bien, fraudulenta y espuria pero comercial y rentable, si ya no puede sostenerse en una mera alternativa a la ultraderecha, terminará por enquistarse en una guerra sin cuartel al 'deepstate', cuyo símbolo se hará recaer en la monarquía.

La derecha no es consciente de que el desmoronamiento penal del PSOE dejará a la democracia constitucional, al llamado Régimen del 78, convertido en un «arco en ruinas», por utilizar otra expresión de Ortega.

PP y Vox se preocupan solo por llegar al poder y «derogar el sanchismo», sin tener en cuenta que luego la oposición, más radicalizada que nunca, se organizará para «combatir el fascismo».

Durante el proceso independentista de Cataluña ya se vio hasta qué punto el rey fue un muro de contención frente a la propuesta de involución constitucional. ¿A dónde se dirigirán entonces los ataques en un país gobernado por la derecha y con una oposición liderada por un PSOE forajido?

Bildu y Aliança Catalana han tomado muy buena nota de los errores del PNV y Puigdemont en el pasado.

Y Sánchez se unirá a ellos en la lógica plebiscitaria que ha arruinado a las democracias representativas a lo largo de la historia.Las democracias del siglo XXI se están deteriorando en parte por considerar que su única razón de ser estriba en una cita electoral cuyo resultado convierte las legislaturas en revanchas, como si la alternancia fuera un fraude.

Así las cosas, los ciudadanos de este país no podemos confiar la responsabilidad de lo público solo a los partidos políticos, que la propia democracia ha convertido en empresas de colocación estatal integradas por gente a menudo sumisa, sin criterio y sin formación que obedece ciegamente a unas siglas porque les garantizan un sueldo y una posición.

La moral futbolística ha destruido la distinción weberiana entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad, dos funciones del juicio –la responsabilidad y la convicción– que están en el fundamento de las democracias y sin las cuales el tránsito a un gobierno autoritario va de suyo.Urge por tanto que la sociedad civil en general trabaje para algo que no sea solo la derrota electoral del adversario.

La monarquía constitucional es el fiel de una balanza que corre peligro desde el momento en que no se considera necesaria una figura neutral y de consenso.

Hace un siglo, Alfonso XIII había malgastado la autoridad moral que en él había depositado el régimen de la Restauración; hoy es Sánchez el que ha socavado los principios de la misma democracia que le hizo presidente.En España nos hemos pasado décadas preguntándonos cómo fue posible que la Guerra Civil acabara siendo un conflicto entre unas minorías que no representaban a la mayoría en el Congreso.

Si algo hemos aprendido, ahora deberíamos denunciar que Sánchez es una de esas minorías tóxicas y deletéreas que no recogen el ánimo mayoritario.

Todos y cada uno de sus resultados electorales siguen siendo, en el historial socialista, los peores de la democracia, por debajo incluso de Almunia o Rubalcaba.

La discordia que fomenta desde su trinchera no refleja en absoluto la salud social de nuestro país, cuya extendida concordia es sin duda uno de los grandes logros de la monarquía constitucional.

Muchas veces las democracias perecen porque las mayorías no saben reconocerse a sí mismas.

Y la forma más eficaz de reconocerse es defender, antes y después de las elecciones, aquello que nos une contra la extorsión de las minorías destituyentes.

Por decirlo con otra construcción de gerundivo que traducíamos en el bachillerato, «Patria civibus defendenda est».

La patria, la cosa pública, debe ser defendida por los ciudadanos.Andreu Jaume es editor y crítico literario ...

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