Infierno Triásico: cuando Europa quedó arrasada por incendios que duraron decenas de miles de años

Hace más de 200 millones de años, mucho antes de que un asteroide pusiera fin al reinado de los dinosaurios, el fin del mundo no llegó del cielo, de pronto y en silencio, sino envuelto en el rugido de un fuego interminable.
Una buena parte de la Tierra se transformó, literalmente, en un pavoroso infierno de llamas y cenizas.
Hablamos de la extinción masiva de finales del Triásico , un evento catastrófico que borró del mapa a la inmensa mayoría de las especies (el 76%) que en ese momento habitaban el planeta.Sabemos que aquél 'apocalipsis biológico' estuvo directamente vinculado a un vulcanismo desbocado, fruto del resquebrajamiento del supercontinente Pangea que los geólogos denominan la 'Provincia Magmática del Atlántico Central'.
Aquellas erupciones colosales bombearon enormes cantidades de gases a la atmósfera; de hecho, investigaciones recientes han calculado que se inyectaron hasta 100.000 millones de toneladas de dióxido de carbono durante aquella fase.
El resultado fue un efecto invernadero extremo y un calentamiento global letal que elevó los termómetros entre 5 y 10 grados centígrados de golpe.El mundo se asfixió y, como consecuencia, la vegetación dominada por los grandes bosques colapsó por completo.
Los paisajes terrestres, profundamente alterados, asolados por la sequía y la erosión, fueron rápidamente colonizados por helechos.
Estas plantas, auténticas supervivientes natas, formaron vastas 'sabanas« a lo largo y ancho de gran parte de lo que hoy es el noroeste de Europa.Ahora, una nueva investigación liderada por geólogos de la Universidad de Utrecht (Países Bajos) y cuyos resultados se acaban de publicar en 'Nature Geoscience' , ha descubierto que aquellas praderas prehistóricas eran extremadamente propensas a arder.
Peor aún, los propios helechos actuaron como la yesca que alimentó algunos de los peores incendios forestales que ha tenido que sufrir nuestro planeta.Buscando el rastro del fuegoPara llegar a estas conclusiones, el equipo científico analizó una serie de sedimentos procedentes de cuatro perforaciones, incluyendo un núcleo de 640 metros de longitud recientemente extraído en el Reino Unido.Tradicionalmente, los investigadores reconstruyen los incendios del pasado remoto buscando carbón fósil o rastreando moléculas orgánicas conocidas como hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), que se forman en el humo y caen a la tierra.
Sin embargo, estas pistas pueden ser engañosas: el carbón suele fragmentarse, y las moléculas transportadas por el humo a menudo caen muy lejos del fuego original, o simplemente no logran conservarse con el paso de los eones.
Por eso, esta vez los científicos idearon un método totalmente nuevo.Los investigadores han determinado que se inyectaron en la atmósfera hasta 100.000 millones de toneladas de dióxido de carbono, elevando la temperatura global 10 grados de golpe«La novedad de este estudio - explica Bas van de Schootbrugge, geólogo de la Universidad de Utrecht y autor principal de la investigación- proviene del análisis de los cambios de color en microfósiles orgánicos.
Utilizamos una técnica sencilla y de muy bajo coste que cuantifica la 'oscuridad' del polen y las esporas fósiles, el llamado Índice de Oscuridad de Palinomorfos».Los misterios de la 'zona oscura'En condiciones normales, el color de estos minúsculos fósiles orgánicos se va oscureciendo a medida que quedan enterrados a mayor profundidad, simplemente porque la presión y la temperatura de la Tierra los van 'cocinando' poco a poco.
Cuanto más profundo, más oscuro.«Pero aquí encontramos un patrón muy diferente», asegura Van de Schootbrugge.
En las muestras más profundas y antiguas de los núcleos de perforación, en efecto, el polen y las esporas son de colores claros.
Pero justo en las capas que corresponden al intervalo de la extinción masiva, se vuelven repentinamente de un color marrón extremadamente oscuro.
Al finalizar la extinción, los colores retornan al amarillo claro. «Estábamos bastante desconcertados por este fenómeno - aclara el geólogo-, ya que ocurre en los cuatro núcleos exactamente al mismo tiempo, de modo que no podía estar relacionado con el enterramiento de los sedimentos, pues las cuatro cuencas experimentaron historias geológicas muy distintas.»Los helechos, expertos en supervivencia, respondieron y proporcionaron el combustible que avivó las llamas.
Un mundo verdaderamente infernalTras más de 15.000 mediciones, los científicos comprobaron que el efecto afectaba por igual a todas las plantas. «Todas las familias de plantas muestran el mismo efecto -escriben los autores- lo que es un fuerte indicio de que fue el resultado de una fuerza exterior».
Esa 'zona oscura' coincidía cronológicamente con la explosión demográfica de helechos y con los abundantes picos de carbón en el terreno.
No había duda: reflejaba un período prolongado de fuegos intensos y masivos.Camino del desastrePodemos comparar a este 'mar' de helechos con la maleza altamente inflamable de nuestros bosques modernos durante una intensa ola de calor, pero extendida a escala continental.
Además, mientras que una pradera suele quemarse a ras de suelo, algunas especies de estos helechos formaban densas esteras que funcionaban como auténticas 'escaleras de fuego'.
Lo que permitía que las llamas treparan velozmente por la vegetación, asfixiando de paso a cualquier otra planta competidora.«Los helechos son plantas verdaderamente notables que han resistido muchas crisis a lo largo de la historia de la Tierra -indica Van de Schootbrugge-, y hay especies que pueden adaptarse a algunos de los entornos más extremos».
Cuando se secaban, sus gruesas alfombras vegetales se convertían en el combustible ideal.
El fuego lo devoraba todo sobre la superficie, pero el helecho rebrotada desde sus extensas redes de raíces subterráneas, extendiendo su dominio en un intervalo infernal que se prolongó entre 40.000 y 300.000 años.El efecto de 'escalera de fuego' de los helechos permitió extender las llamas y eliminar a cualquier otra vegetación competidora durante 300.000 años«Los helechos respondieron y proporcionaron el combustible que avivó las llamas, desencadenando repetidos incendios masivos.
Un mundo verdaderamente infernal», asegura el investigador.
La situación de estrés medioambiental fue tan brutal que la vida tardaría hasta 8 o 9 millones de años en recuperar ecosistemas plenamente estables y complejos.El trabajo, desde luego, supone un inquietante aviso que resuena con fuerza en la actualidad. «La lección que podemos extraer de todo esto -concluye Van de Schootbrugge-, es que la combinación del cambio climático, la deforestación y la propagación de especies oportunistas puede proporcionar todos los ingredientes para una tormenta perfecta». ...
이 뉴스, 어떠셨어요?
탭 한 번으로 반응 · 로그인 불필요