Una presidenta contra el pueblo que alzó Rey a un grandioso Roca

La temperatura dentro del traje de luces se asemejaba a la de un infierno en miniatura.
Cualquier termómetro habría reventado en aquel horno portátil que empapaba de sudor la espalda y la taleguilla y se deslizaba hasta los tobillos.
Heroico era pisar el ruedo, con las zapatillas derritiéndose sobre la arena y enfundados en un terno que pesaba como una losa.
Se había suspendido por alerta roja la desencajonada de Valencia y el ambiente invitaba a suspender la corrida… Ni de coña: estos hombres de otro tiempo torean con nieve, con truenos o con este calor que fundía las ideas y hasta la justicia.
Vaya petardo de la presidenta, una señora que de toros dicen que sabe lo que el hermano de Pedro del concepto de oficina.
Fue la única que no se enteró de la colosal faena de Andrés Roca Rey al sexto, un toro con exigencias al que cuajó con poder, con un aplomo que enardecía, con series rotundas y un aquilatadísimo valor.
Rendida acabó Valencia, que vivió en tensión y con emoción aquel capítulo de primera figura.El infierno Sudaron la gota gorda los toreros.
La temperatura dentro del vestido de luces debía de asemejarse a la de las calderas del infiernoHabía desparramado la vista de salida este sexto, al que Quinta picó fenomenalmente.
Soberbios los pares de Agustín de Espartinas, que se desmonteró.
Roca vino a Valencia en Roca, apenas setenta y dos horas después de que el 14 de julio, en su segunda cita con Pamplona, le comunicasen la muerte de su abuela Mechita.
Sabedor de que aquel entradón en Valencia, en la difícil Feria de Julio, era a su reclamo, tiró de compromiso y responsabilidad.
Llenó el escenario, se entregó y el público se volcó.
Estoica la apertura: sin moverse, pese a que por el pitón zurdo Tulipán se vencía.
Latía la emoción cuando le presentó las telas con media distancia en una serie de superior asiento.
Todo muy ligado, todo con poderío. «¡Ole los toreros buenos!», gritaron en el tendido, que alzaba las manos, con gente en pie en los remates de las tandas, como en aquella de naturales.
Sonreía Andrés, con una pavorosa quietud mientras se descaraba y desafiaba al de Juan Pedro.
Volvía otra vez esa ambición que faltó en el broche de San Fermín cuando doblaban las campanas por su segunda madre.
El molinete de rodillas, el invertido en los terrenos donde crece la barba... «¡Torero, torero!», coreaban las gargantas enronquecidas mientras soltaban el larios, mientras se metían los hielos por la camisa.
Ardía Valencia, y no por el bochorno, sino por el incendio que acababa de provocar Roca.
De un espadazo coronó su faena de Rey mientras la gente flameaba los pañuelos.
Era de dos orejas incuestionables, pero la del palco, más lista que los nueve mil que habían pagado, se guardó un moquero y dijo que allí mandaba ella y no el pueblo.
Dos veces tuvo que recorrer el anillo el Cóndor después de que le cerraran la puerta grande en uno de sus feudos.
Roca Rey, con las zapatillas aplomadas entre los pitones del sexto Espacios NautaliaNo cuajó al completo la petición en el tercero por su tardanza en doblar mientras se tragaba la muerte.
Se había estrellado contra el burladero y lo midieron en el peto, pero al tercer pase por alto se desplomó y aquello no le sentó bien al jabonero, más afligido y a la defensiva.
El arrimón levantó los ánimos en una labor rematada de una estocada de enciclopédica ejecución.
Sudaron la gota gorda los toreros en aquella sauna.
Empapado hasta los huesos estaba Talavante, que enamoró por chicuelinas en el segundo.
A cámara superlenta, de las más despaciosas de la temporada.
Un monumento sin reloj.
Qué maravilla, torero.
Y qué ritmo tan dulce tenía Salinero, al que el extremeño aprovechó cabalmente.
Ahí quedaron unos bonitos cambios de mano y unos naturales a un juampedro que, de tener más poder, hubiese sido excelente.
Más feo y simplón el quinto, al que saludó con faroles.
Metió riñones en varas y apretó en banderillas a Izquierdo, con una trabajada lidia de Montes.
Inspirado y con la mente despejada Alejandro desde el prólogo con ayudados por alto, con la firma y una trincherilla con sabor.
Cómo quería colocar la cara a izquierdas, aunque antes de arrancarse lanzase alguna miradita.
Hizo amagos de rajarse el toro, pero aguantó la extensa labor.
Se puso complicado para darle matarile y arruinó la opción de premio.
Feria de Julio Plaza de toros de Valencia Viernes, 17 de julio de 2026.
Casi lleno.
Toros de Juan Pedro Domecq, de seria presencia y muy buen juego en conjunto.
José María Manzanares, de azul marino y oro: pinchazo y estocada arriba delanterita (silencio tras aviso); pinchazo hondo y descabello (silencio tras aviso); Alejandro Talavante, de grana y oro: estocada delantera contraria (oreja); pinchazo y estocada corta (saludos tras aviso).
Roca Rey, de azul Estrella y oro: estoconazo algo delantero (petición de oreja); gran estocada (oreja con fortísima petición de otra y dos vueltas al ruedo). de de Gran lote de Manzanares en una corrida con seriedad y fondo bravo en general, una corrida con importancia; sin ser facilona, tuvo buena condición y ofreció muchas opciones de triunfo.
Manzanares, que en Alicante había gustado con los de Victorino, hizo un esfuerzo, especialmente con un tremendo cuarto, con trapío madrileño y con más seriedad que algunos pamplonicas.
Muy exigente este Vanidoso, con mucho que torear.
Atrás quedaba el primero, un santo de estupenda condición. ...
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