Las farmacias rurales desafían el humo para llevar medicamentos a vecinos vulnerables

Los incendios asolan el Madrid rural mientras recuerdan al hombre su debilidad frente a las llamas.
Entre los afectados, los hay también también vulnerables en salud.
Y cuando ambos perjuicios de juntan, poco puede hacer quien padece los dos males, que acostumbra a ser aquel que ya ha gastado numerosas décadas de la vida.
Personas de avanzada edad, como Micaela, de Villa del Prado, han de tomar su medicación a diario, pero qué hacer cuando su pueblo ha estado confinado durante días por unas llamas que disminuyen pero no cesan.
Sin embargo, ella está tranquila y su descanso tiene nombre.
Saben que Juan se las proveerá incluso aunque deba luchar contra viento y marea o, en este caso, atravesar la nube de humo que provocan los incendios que asolan la sierra oeste madrileña.
Es el dueño de la farmacia de Villa del Prado, localidad que ha estado confinado una semana.
Para el farmacéutico Juan Gil Rodríguez ya puede llover con saña bíblica, abrasar el calor o enmudecer un pueblo bajo la ceniza, que él saldrá a entregar la medicación a quienes, por su avanzada edad o estado de salud, no pueden acudir al establecimiento.
También lo ha hecho estos días cuando, desde el pasado miércoles, los vecinos de Villa del Prado tuvieron que cerrar puertas y ventanas para esconderse del intenso olor a quemado que genera una columna de humo demasiado cercana y que ha confinado a más de 27.797 personas y evacuado otras 63.152 en la sierra oeste de Madrid y la provincia de Ávila.
Desde el primer día que empezaron a cercarlos las llamas, la consejería de Sanidad, que dirige Fátima Matute, activó la dispensación farmacéutica domiciliaria en los municipios afectados y con confinamientos con la colaboración del Colegio de Farmacéuticos y ayuntamientos.Fueron muchos los que salieron de sus casas, con las prisas que dicta la emergencia, sin tarjeta sanitaria.
Tampoco tuvieron tiempo de coger su medicación, así que acuden a farmacias con nada más que lo puesto o con tarjetas en cuyo interior todavía no aparece la receta del siguiente mes, así que deben adelantársela como medida de excepción.
Los hay que pueden acudir a conseguirla a zonas cercanas, por sus propios medios o porque envían a familiares o vecinos a por ella. «Viene a por la medicación», se escucha a un Guardia Civil en la rotonda M-501, que deja pasar a un vehículo junto a los demás estacionados por el corte de carreteras en la zona de riesgo.
Pero Micaela vive sola y solo Juan puede llevarle sus pastillas e inhaladores en el pueblo que ha permanecido bajo llave hasta este martes.Como lo hacía durante la pandemia, los días con atmósfera más cargada se protege con una mascarilla y recorre el pueblo con cajas de medicamentos.
Lo hace solo, mientras el resto de trabajadores atienden en la farmacia en la que las jornadas se tornan largas ante la cantidad de necesidades que surgen.
Visita unas cuatro casas cada día al término de sus horas de trabajo, hogares como el de esta mujer, que en soledad lo vio amenazado por el incendio. «Pensé que mi casa no existía, porque las llamas estaban a cinco metros cuando salimos», recuerda Micaela, sobre las horas que, acompañada por vecinos y autoridades, abandonó su pueblo.
No se trata solo de entregar medicinas, sino de realizar un acompañamiento.
Juan debe cerciorarse de que recuerda cuándo deben tomarse las pastillas y cómo funciona la medicación.
Temor a salir de casa«Ni me he asomado a la calle hoy porque me da miedo salir», confiesa Micaela.
De hecho, tiene preparada una «maletita pequeña de viaje con dos mudas y dos vestidos, por si acaso» debe evacuar de nuevo porque, en la anterior ocasión, tiempo no hubo ni para cambiarse de chanclas a sandalias. «Había humo por todos los sitios, no veíamos nada, no pensaba en nada», recuerda.
Ahora, con sus múltiples alergias y tras recuperarse de una bronquitis asmática, sus pulmones no son los de siempre y la columna de partículas que se ciñe sobre el pueblo provoca una irremediable tos cada vez que sale a la calle, así que lo evita.
Te asomas a la piscina, dice, y la ceniza ha teñido el fondo de negro.
Para ella, la labor del farmacéutico rural roza el heroísmo especialmente ahora por la delicada situación en la que se han visto inmersos, pero también el resto del año, cuando las circunstancias son normales y él acude con regularidad a cada hogar con cajas que ellos no podrían cargar, con pastillas que no podrían recoger.
Incluso en estas circunstancias, Juan no se plantea dejar de hacer su trabajo «porque muchos pacientes lo necesitan». «Esta labor tiene que continuar porque hay mucha gente que vive sola, que tiene enfermedades y mucha medicación y se les olvida cada cuánto tiempo deben tomarla, si es antes o después de comer.
Hay que estar pendiente cualquier día, independientemente de las circunstancias», asegura, sin atisbo de duda.
Los días de confinamiento de Micaela suceden entre visualizar el telediario, alguna que otra telenovela y coser «labores de Lagartera».
Es todo lo que pueden hacer mientras aguardan nuevas instrucciones.
Mientras, los días en las farmacias rurales se alargan tanto en la propia botica como en las posteriores travesías a hogares.
Como Juan, farmacéuticos de otras zonas realizan la misma labor, que resulta fundamental en toda época del año para quienes están solos, pero también en emergencias como la que acontece para salvaguardar la salud, y la tranquilidad, de quienes no la tienen. ...
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