Reabre la Galería Apolo del Louvre, donde se mostraban las joyas imperiales robadas

Esta mañana ha vuelto a abrir la escena del crimen, del gran robo del Museo del Louvre.
La ministra de Cultura francesa, Catherine Pegard, ha presentado a los medios la reapertura de la Galería Apolo, convertida en ausencia, sin las vitrinas con las joyas imperiales de Francia, que acabaron siendo el botín desaparecido.
Esta es la crónica de un viaje en vísperas, apenas unas semanas antes de la reapertura, pude visitar el Museo y hablar con los testigos invisibles de aquel suceso que dio la vuelta al mundo: los trabajadores que siguen sirviendo cafés, limpiando, vigilando las salas o despachando postales y libros..Ocurrió la mañana del 19 del pasado octubre.
Cuatro hombres disfrazados de obreros llegaron junto al museo.
Utilizaron una plataforma elevadora, de esas que se usan para subir muebles por los balcones.
Alcanzaron una ventana, cortaron el cristal con herramientas industriales, destrozaron dos vitrinas y desaparecieron en menos de ocho minutos con varias piezas de las antiguas Joyas de la Corona de Francia.
Tiaras, collares, pendientes y broches que habían pertenecido a María Luisa, María Amalia o Eugenia de Montijo.
Miles de diamantes.
Esmeraldas.
Zafiros.
Historia convertida en botín.
Algunos sospechosos fueron detenidos después.
Las joyas, meses más tarde, seguían desaparecidas.
Nadie sabe dónde están.Una de las anécdotas más singulares de esta historia es que la furgoneta utilizada por los ladrones apareció abandonada lejos de París.
Concretamente, en el departamento de Val-d'Oise, cerca de una pequeña localidad llamada Louvres.Sí, sí.
Louvres.
Robar el Louvre para acabar desapareciendo en Louvres.
Si esto fuese un capítulo de las aventuras de Lupin, el editor tacharía la página por inverosímil.
De todas maneras, todos hemos leído y visto demasiadas historias policíacas como para creer en las geometrías del destino.
En mi caso, al menos, más bien me inclino a pensar que el cerebro que urdió el robo, además de un genio, era un poeta.
O al menos lo creía firmemente aquella mañana. bajo el intenso sol parisino de junio, durante los interminables cuarenta minutos de fila para acceder al museo.La escala empleada en el robo de la Galería de Apolo del Louvre.
AfpUna sala cerradaPor fin dentro seguí las indicaciones hasta la Galería de Apolo , el escenario del robo más extraordinario ocurrido en Francia en décadas.
La sala 705, ubicada en la primera planta del ala Denon, permanece cerrada desde el golpe.
Detrás de las puertas que no puedo franquear imagino los techos que inspiraron la Galería de los Espejos de Versalles, las decoraciones concebidas para Luis XIV, el Rey Sol, y las vitrinas donde durante más de un siglo se exhibieron los restos supervivientes de las Joyas de la Corona francesa.
Las piezas robadas siguen desaparecidas excepto la corona de Eugenia de Montijo, que, como todos sabemos, apareció dañada durante la huida.
El resto se ha evaporado.
Nadie sabe dónde están.
O nadie lo cuenta.La razón de acudir al Louvre unos pocos meses después del robo, cuando ya casi nadie habla de él, era la de respirar el ambiente.
Quería saber qué contaban los «invisibles», algunas de las personas que día a día están en el museo; que trabajan dentro de aquel lugar rodeados de tantas bellezas que, a fuerza de verlas a diario, las olvidan.
Me interesaba saber, en la medida en la que pudieran contarme, cómo vivieron (en primera persona) aquel día histórico.Antes de eso me asomé un momento al exterior.
Las ventanas por donde entraron dan al Sena.
No hacia una calle oscura ni hacia un callejón.
Dan hacia uno de los paisajes más transitados de París.
El río, los muelles, los árboles, los buquinistas, el tráfico, los paseantes.
Los ladrones penetraron a plena luz del día desde la misma fachada que mira al bullicio de una gran ciudad.
Caí en la cuenta de que el robo resultaba aún más singular cuando se recreaba aquí mismo, exactamente desde las ventanas por donde entraron los ladrones.Tampoco debemos olvidar la parte romántica del asunto (aunque imagino que a los ladrones eso les importaba un bledo).
Pero los hechos son los hechos, y antes de ser museo, el Louvre fue otras cosas.
Fue fortaleza medieval; luego palacio y residencia real.
Durante siglos, los reyes de Francia durmieron aquí.
Aquí nacieron príncipes, gobernaron regentes y se tomaron decisiones que cambiaron Europa.
Carlos V lo transformó en residencia permanente.
Francisco I lo convirtió en palacio renacentista.
Catalina de Médici amplió sus dependencias.
Enrique IV vivió entre estos muros.
Luis XIII pasó temporadas aquí.
Y durante generaciones el edificio funcionó como el corazón mismo de la monarquía francesa.
Después llegó la Revolución.
Luis XVI terminó en la guillotina.
María Antonieta también.
Y el antiguo palacio de los reyes acabó transformado en museo público y las colecciones reales pasaron a pertenecer al pueblo francés.Los testigos invisiblesQuizá por eso las conversaciones que fui manteniendo durante la mañana tenían un extraño valor.
En la cafetería del museo, una camarera marroquí me explicó, mientras servía cafés a una fila interminable de turistas, que nadie parecía demasiado escandalizado por el robo.
Al contrario.
La mayoría de quienes comentaban la noticia lo hacían con una curiosa mezcla de admiración y diversión, como quien recuerda una película de atracos más que un atentado contra el patrimonio de un país.Vista general de la sala, del techo decorado y de la entrada de la Galería Apolo, en su reapertura AFPElla llevaba años trabajando allí.
Me dijo que el Louvre era una especie de ciudad antes que un museo: miles de personas cruzándolo cada día, decenas de idiomas mezclándose en las colas, visitantes que entraban buscando la 'Gioconda' y salían sin haber visto medio palacio. «Aquí siempre pasa algo», sonrió.
Lo sorprendente, añadió, no era que alguien hubiera intentado robar las joyas, sino que hubiera esperado tanto tiempo para hacerlo.
Lo dijo con el humor de quien conoce bien el edificio y sabe que ningún lugar tan gigantesco puede ser completamente inexpugnable.Incluso la mujer ucraniana que limpiaba los baños del ala Richelieu , con quien también tuve ocasión de charlar en un perfecto inglés -el de ella; el mío, a trompicones- sonrió cuando mencioné el asunto.
No aprobaba el robo, aclaró, pero comprendía la fascinación que despertaba.-Pienso que ustedes los occidentales -lo dijo así: «los occidentales»- tienen suerte.-¿Por qué?Se quedó unos segundos en silencio, apoyada en el mango de la fregona, como buscando una manera sencilla de explicarlo.-Porque pueden permitirse echar de menos las joyas.
Yo vengo de un país donde desaparecen ciudades enteras.Después me contó que, desde que comenzó la guerra, había aprendido a distinguir dos clases de pérdidas.
Están las que un seguro puede tasar y las que no figuran en ningún inventario: una escuela, una plaza, el portal de la casa donde creciste. «Cuando una ciudad desaparece -dijo- ya no sabes ni siquiera dónde colocar tus recuerdos.» Por eso le resultaba conmovedor ver a Francia entera discutiendo por unas coronas de diamantes.
Era una conversación de países en paz.Más tarde comprendí que aquella mujer había resumido mejor que nadie lo ocurrido.
Francia debatía cómo habían podido desaparecer durante unos minutos las joyas de sus emperatrices.
Ella venía de un lugar donde lo que desaparece no son las vitrinas, sino los barrios.
En el Louvre el patrimonio había sido vulnerado; en Ucrania lo había sido la propia geografía.
Y, sin embargo, allí estaba, fregando el suelo bajo los techos de un antiguo palacio real convertido en museo, recordándome que la escala de las tragedias depende siempre del lugar desde donde se miran.Aquella conversación hizo que el robo cambiara de dimensión.
Dejé de pensar en el brillo de los diamantes para fijarme en las personas que custodian el museo.
En los camareros, los vigilantes, los limpiadores, los taquilleros.
Ellos son quienes conocen el Louvre de verdad, no el de las postales, sino el de los pasillos de servicio, las puertas que nunca ve el visitante y los interminables cambios de turno.
Los mismos trabajadores que llevaban tiempo advirtiendo de que el museo soportaba una presión difícil de sostener -demasiados visitantes, menos personal y una seguridad puesta constantemente al límite- mucho antes de que unos ladrones decidieran convertir la Galería de Apolo en el escenario de la película que todos comentaban.Algunas de las joyas robadas.
ABCNo supe qué responder.
Me dirigí pensativa a la salida, con parada técnica obligatoria en la magnífica tienda-librería.
Allí un joven senegalés que ordenaba catálogos de Delacroix asentía a mis preguntas, pensativo. «Los visitantes, me dijo al cabo de un rato, efectivamente preguntaban por las joyas robadas, pero con un interés literario o cinematográfico; con un punto de admiración o de incredulidad, como si todo fuera ficción.
Igual que preguntan por los libros de Arsène Lupin, ahora que está otra vez de moda.
Creo, añadió, que todos estamos, aunque no siempre lo confesemos, más fascinados por la audacia del golpe que por la pérdida del patrimonio».Y de repente entendí lo que estaba ocurriendo.
Aquellos hombres no habían robado simplemente unas joyas.
Habían vuelto a robarles a los reyes.
Porque las piezas sustraídas habían sido creadas para adornar coronas, escotes y ceremonias imperiales.
Eran símbolos de poder.
Y cuando la gente de a pie, los trabajadores anónimos, los que observamos la vida desde el otro lado, escuchamos que alguien ha entrado en un lugar protegido burlando a la autoridad (sin causar graves daños a nadie, como en este caso) para llevarse las joyas de las emperatrices, algo muy antiguo se activa en el imaginario colectivo.
No vemos únicamente un delito.
Vemos casi una escena revolucionaria.
Como si dos siglos después alguien hubiera regresado al palacio para terminar el trabajo.
Como si robar las joyas de los reyes fuera, en el fondo, otra manera de cortarles la cabeza. ...
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