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La obediencia de los picoletos

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La obediencia de los picoletos

Llega al ABC Ketty Garat –a quien damos la bienvenida– con una exclusiva de órdago, desvelando las presiones y coacciones que el general de división Fernando Mora recibió de su superior, el teniente general Luis Antonio del Castillo, quien le ordenó –con una boquita que convierte los establos de Augias en una inmaculada patena– no asistir a los actos oficiales del Dos de Mayo de 2025, siguiendo instrucciones de la imputada directora general de la Benemérita, una tipa de nombre anodino y vulgar a quien los picoletos más jocundos llaman muy atinada y graciosamente 'La Roldana'.El caso, a la vez repugnante y chusco, vuelve a demostrarnos que el doctor Sánchez y sus mariachis están más obsesionados con Isabel Díaz Ayuso que el capitán Ahab con la ballena Moby Dick ; sólo que, como encima Ayuso no es ballena, sino delfín que escapa a sus arpones, están todavía más rabiosos y exasperados.

También vuelve a probarse aquí que el doctor Sánchez y sus mariachis están dispuestos a infectar y gangrenar todas las instituciones, para ponerlas al servicio de la organización criminal que dirigen.

Y, en fin, volvemos a comprobar que, si de veras deseamos salvar las instituciones que consideramos valiosas, debemos ser implacables con los individuos que las degradan, como hoy ocurre con ese teniente general plusmarquista de la coprolalia o ayer mismo con ese otro teniente general perfilero que reprendía a los agentes de la UCO por escudriñar el albañal sociata (como se ve, hay más tenientes generales en el Régimen del 78 que ladillas en el coño de la Bernarda).

La Guardia Civil siempre ha albergado entre sus mandos a gentuza de la peor ralea, que en lugar de estar «siempre disponible para proteger a las personas y a sus propiedades» –como rezan los estatutos fundacionales de la Benemérita– lo está para proteger a los poderosos, no importa cuán criminales y corruptos sean, mientras recogen las migajas de su festín.

Pero ni siquiera las traiciones y felonías de estos mandos envilecidos han logrado arruinar la imagen de este Cuerpo que en infinidad de ocasiones se ha probado modelo de abnegación y entrega.

Muchos son los picoletos heroicos que han entregado la vida en defensa de los españoles; muchos los que, a cambio de un sueldo escaso, han cumplido con las misiones más arriesgadas e ingratas, velando por el bien común con «valor, firmeza y constancia», como reza su himno.

Y la mejor manera de honrar los sacrificios sobrehumanos de esos picoletos heroicos en su combate contra el terrorismo, el narcotráfico y otras formas de delincuencia organizada, en el salvamento de compatriotas y poblaciones enteras golpeadas por catástrofes naturales, en la vigilancia de carreteras y fronteras, es censurar, reprobar y llegado el momento depurar a esos mandos abyectos que envilecen a la Benemérita.

Sin olvidarnos nunca de denunciar la calculada demolición del Cuerpo perpetrada por el protervo Régimen del 78, con caramelitos envenenados como la sórdida Ley Orgánica 11/2007 de 22 de octubre, que permitió el asociacionismo de los guardias civiles, un caballo de Troya que introdujo en el seno del Cuerpo el veneno de la politización.

O cambiando los criterios para evaluaciones y ascensos en los nombramientos de coroneles y generales, que ya no se hacen mediante criterios objetivos de antigüedad y mérito, sino que son de libre designación por parte del Gobierno de turno.

O con la artificial creación de la categoría de teniente general, completamente innecesaria y concebida para premiar a los lacayos; pues, a efectos prácticos, un teniente general desempeña exactamente las mismas funciones que un general de división.No podemos terminar esta artículo sin ofrecer una reflexión sobre la obediencia militar.

En las conversaciones telefónicas reproducidas por ABC, el plusmarquista de la coprolalia Castillo tachaba de «deslealtad» que el general Mora, al rechazar la invitación de Ayuso, explicase que lo hacía obedeciendo la orden de un superior; es decir, pretendía que no justificase su ausencia, que no expusiese la razón por la que no acudía, para así ocultar la orden absurda –sólo guiada por la inquina del doctor Sánchez y sus mariachis profesan a Isabel Díaz Ayuso– que le daba el plusmarquista de la coprolalia.

La obediencia –cualquier tipo de obediencia, incluida la obediencia militar– tiene dos límites, que son la recta razón y la ley moral.

No se pueden obedecer órdenes inmorales, tampoco órdenes absurdas e irracionales; y la orden del plusmarquista de la coprolalia era a la vez absurda e inmoral.

Una persona que no haya dejado de ser humana –por muy sometida a la disciplina militar que esté– no puede asentir a algo absurdo, ni tampoco ejecutar una orden en cuyo fondo detecte vileza o claudicación en los principios.

Una persona que no haya dejado de ser humana no puede abdicar de su propia conciencia moral, no puede «delegar» en la conciencia de otro, aunque sea su superior, aunque sea su padre o su madre, aunque sea el mismísimo Papa.

Nadie puede, en virtud de ningún mandato de obediencia, eximirse de discernir con su razón el bien y el mal moral de lo que se le plantea; nadie puede rechazar el bien o abrazar el mal alegando obediencia debida, pues habría dejado de ser persona.Como explicaba Leonardo Castellani al escribir sobre la obediencia religiosa (pero lo mismo vale para la obediencia militar). «No se inventó la obediencia para sustituir en el gobierno de los hombres la inteligencia por el antojo de los ambiciosos o agitados; ni para pretender que el que no sabe un oficio se entrometa a corregir al que lo sabe; ni para destruir en los hombres la conciencia profesional ni la honradez intelectual; ni para permitir que ocupen los comandos los mediocres engreídos».

Si en la Guardia Civil existen mandos mediocres y engreídos que, por satisfacer el antojo de gentuza ambiciosa o agitada, quieren destruir la conciencia profesional y la honradez intelectual de sus hombres, deben ser desobedecidos, aunque se trate de un cáliz muy amargo.

Pero mucho más amargo sería obedecerlos; pues quien obedece una orden irracional o inmoral se convierte en esclavo y deja de ser dueño de su propia alma.

Es decir, acepta una vida infrahumana.Y esa vida infrahumana, picoletos, es contraría a una vida que lleva el honor por divisa.

Revolveos contra los órdenes de esa patulea que trata de convertiros en cadáveres, invadiendo con su gangrena vuestras conciencias. ...

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