En este lago se reflejan montañas nevadas, es el segundo más grande de este país asiático y alberga una isla con un templo
De nombre Phewa, en el valle de Pokhara, Nepal, está en una zona conocida como la puerta de entrada al Himalaya y combina senderismo, calma y espiritualidad
Esta es la ruta granadina en la que puedes ver troncos convertidos en rocas por el efecto del agua
Construido en el siglo XVI frente a un precipicio de 123 metros, es considerado el castillo más grande erigido en una roca
El valle de Pokhara, en Nepal, es una región conocida mundialmente como la puerta de entrada al Himalaya que cautiva a miles de viajeros. Su atmósfera combina la aventura del trekking con una calma difícil de encontrar en otras zonas del país. Pero, sin duda alguna, el protagonista indiscutible de este escenario es un cuerpo de agua dulce que parece detenido en el tiempo. Rodeada por colinas exuberantes y bosques vastos, la ciudad ha crecido al ritmo de sus místicas orillas. Aquí, la naturaleza y la espiritualidad convergen para ofrecer un espectáculo visual que resulta difícil de olvidar.
El lago Phewa, también llamado Phewa Tal, constituye el epicentro vital de esta encantadora zona nepalí. Se trata del segundo lago más grande de Nepal, superado solo por extensiones remotas como el Rara. Con una superficie de aproximadamente 5,23 kilómetros cuadrados, sus aguas son el centro de toda actividad. La profundidad máxima alcanza los 24 metros, albergando una vida acuática que sustenta a pescadores. La palabra Pokhara deriva curiosamente de Pokhari, un término local que significa simplemente lago en nepalí. A lo largo de las últimas décadas, el área urbana se ha desarrollado rodeando este espejo de agua dulce. A pesar del crecimiento desmesurado de la urbe, el Phewa mantiene un aura enigmática que atrae al descanso. Su presencia define la identidad de la región y proporciona un ecosistema único bajo el cielo del Himalaya.
Uno de los mayores atractivos de este lugar es el impresionante fenómeno óptico que ocurre en sus aguas. En los días despejados, la superficie calmada del lago se convierte en un espejo perfecto de las montañas. Las nevadas cumbres del macizo del Annapurna y el Dhaulagiri se proyectan con una nitidez que asombra. Destaca especialmente la silueta del sagrado monte Machapuchare, conocido por su icónica forma de cola de pez. Esta montaña es tan respetada que el gobierno prohíbe terminantemente que cualquier escalador pise su cima. Al amanecer, los picos se tiñen de tonos rosados y dorados que se duplican sobre el tranquilo cauce.
Es un lugar que ha sabido adaptarse al turismo internacional sin perder su esencia ancestral y montañesa
Justo en el centro del lago emerge una pequeña isla que custodia el tesoro más sagrado de la región. Allí se alza el templo de Tal Barahi, una pagoda de dos pisos dedicada a la poderosa diosa hindú Durga. Este santuario del siglo XVIII es un punto de peregrinación fundamental para cientos de fieles locales. Cada sábado, el agua se llena de barcas que transportan devotos con ofrendas y aves para los sacrificios. La espiritualidad flotante del lugar crea una atmósfera de recogimiento que envuelve a todo aquel que llega. El acceso es exclusivamente por vía acuática, lo que añade un componente de misterio y respeto al ritual. Las campanas del templo resuenan sobre la quietud del Phewa, mezclándose con el suave sonido de los remos. Es un espacio donde la veneración religiosa se funde con la belleza natural de este entorno privilegiado.
La historia del lago está envuelta en una antigua leyenda que los habitantes locales narran con orgullo. Cuentan que en el pasado, el área del valle estaba ocupada por un pueblo donde vivían personas arrogantes. Una diosa disfrazada de anciana llegó pidiendo ayuda, pero solo una mujer humilde aceptó darle cobijo. Enfurecida por el desprecio del resto, la deidad desató una tormenta que inundó por completo la aldea. Así nació el lago Phewa, castigando la soberbia y premiando la bondad de aquella única mujer salvada. Se dice que en las noches más silenciosas aún se escuchan campanas provenientes del templo sumergido. Para los nepalíes, el lago no es solo un accidente geográfico, sino un recuerdo de justicia divina.
Pokhara se forjó originalmente en el siglo XVII como una parada clave en las rutas comerciales. Su ubicación estratégica facilitaba el intercambio de mercancías entre las regiones del Tíbet y la India. Formó parte del reino de Kaski antes de integrarse al Nepal unificado bajo el mandato de la dinastía Shah. Hoy en día, la ciudad es un crisol de etnias fascinante donde conviven los newars, magars y gurungs. Esta diversidad cultural se refleja en los festivales, la arquitectura del casco antiguo y la gastronomía. Alrededor del lago, los talleres de pintura thangka y los puestos de incienso mantienen vivas las tradiciones. La influencia de los miles de refugiados tibetanos llegados hace décadas también ha dejado una huella clara. Es un lugar que ha sabido adaptarse al turismo internacional sin perder su esencia ancestral y montañesa.
Un ambiente mágico
Más allá de las orillas del lago, el valle ofrece otros monumentos que invitan a la exploración profunda. En lo alto de una colina domina la Pagoda de la Paz Mundial, una estupa blanca de brillo radiante. Construida por monjes budistas japoneses, ofrece las mejores vistas panorámicas del lago y las montañas. Otro punto de interés cercano es la colina de Sarangkot, famosa por sus amaneceres de auténtico ensueño. Desde ese mirador, los viajeros observan cómo los primeros rayos del sol iluminan las cumbres más altas. También destacan las cuevas de Gupteshwor y la cascada de Devi, donde el agua desaparece en la tierra.
El barrio de Lakeside es el sector más vibrante, lleno de cafés bohemios y tiendas de artesanía local. Allí, los excursionistas se preparan para sus travesías o descansan tras conquistar las cimas del mundo. Se puede alquilar una canoa colorida para deslizarse por el agua o simplemente disfrutar de una bebida. Al atardecer, las luces de las embarcaciones crean un ambiente mágico que queda grabado en la memoria. Quienes buscan más tranquilidad pueden dirigirse al norte, hacia pueblos de pescadores como Pamey. Pokhara y su lago Phewa representan el equilibrio perfecto entre la aventura activa y el retiro espiritual, un destino que deja una marca imborrable en aquellos que deciden visitarlo alguna vez. ...
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