La vuelta de los vecinos a recoger sus enseres a la zona cero: «Ha sido una pesadilla»

Ni los oriundos con más años a sus espaldas saben a ciencia cierta por qué las nubes están tan bajas, como si se hubieran desplomado, cansadas, pero no se atrevieran del todo a recostarse en las crestas de los montes menudos que aún humean en este lado del Levante del Almería que se duele con resignación de las llamas más letales jamás habidas en Andalucía. «El sol tiene como rebaba, anda perezoso, conmocionado.
Como nosotros.
El cielo está apagado, pero ya no hay casi humo».
Lo dice en la sobremesa la camarera de un bar de comidas caseras de Lubrín , a poco menos de veinte kilómetros de Los Gallardos , el epicentro del fuego que se ha cobrado la vida de doce personas desde el jueves por la noche.
Llega entonces una voluntaria de la Cruz Roja que habla español con muchas dificultades y pide en inglés indicaciones del Tanatorio Municipal, uno de los lugares habilitados para atender a los en torno a mil cuatrocientos desalojados por la tragedia. «Más arriba: siga por la cuesta hasta el final y luego gire a la izquierda.
Vaya con cuidado, que la carretera es empinada», le responde una de las clientes en el idioma natal que ambas comparten.
El sitio de la localidad dedicado al duelo, a la última despedida, se ha convertido en el corazón de la esperanza de la comarca.
Varios vehículos de la Unidad Militar de Emergencia (UME) se encuentran aparcados en su acceso principal junto a furgonetas de asistencia sanitaria de choque, y los profesionales que se desplazan en ellos se resguardan bajo un toldo portátil situado a unos metros del recinto en el que los concejales del pueblo reparten bocadillos, bebidas frescas y fruta a quienes llevan dos noches durmiendo en el recinto.
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PérezJuan Campoy Molina, de edad avanzada, es uno de ellos.
Este vecino de un paraje localizado entre la subida de Los Gallardos y la pedanía de Bédar y afectado de lleno por el siniestro suma al dolor por estar fuera de su casa la incertidumbre de no saber qué ha sido de su propiedad ni de sus pertenencias, ni sobre todos de sus animales. «Según noticias que me dan uno de los perros que tengo ha fallecido, y estoy pidiendo regresar, pero las autoridades no me dejan pasar por cómo está la carretera», señala quien tiene dos hijas que residen en su mismo domicilio y que se han marchado a Vera. Él, con su esposa, está pernoctando en el Tanatorio : «Y todo correcto.
Pero ya es hora de regresar a ver qué tenemos en casa, porque todo es muy lamentable cuando se trata de muerte de animales con los que uno tiene capricho o a los que le ha dedicado mucho tiempo y cariño», resume el hombre, apesadumbrado pero al tiempo agradecido con las atenciones que está recibiendo.
Le escucha Antonio Navarro, vicario parroquial de Lubrín y nacido en Los Gallardos: «Por fortuna no he tenido que lamentar daños entre mis familiares», comenta. «El fuego se propagó muy rápido, aquí no hubo tiempo la reflexiones importantes.
La gente sufre y nosotros tenemos que ayudarla», sentencia el religioso.«El fuego se propagó muy rápido, aquí no hubo tiempo a reflexiones importantes» Antonio Gallardo Vicario parroquial de Lubin Aunque el incendio sigue activo, en la zona de respira un cierto alivio.
Las carreteras, excepto las más próximas al foco de las llamas, ya han abierto, incluida la A-7 , el tráfico recupera su pulso, y quienes conducen ya no miran preocupados las brasas que coronaban hasta el viernes por la noche las montañas chatas sobre las que ahora vaga un penacho que baila coqueto al ritmo que le marca el viento.
Las autoridades han ordenado en la tarde de este sábado, además, el cierre progresivo de los albergues dispuestos para las personas desalojadas de sus viviendas, y la señal más clara de que la normalidad toma poco a poco consistencia ha sido que la Guardia Civil ha organizado el regreso a sus casas de los vecinos de Bédar, pero sólo para que recojan lo que necesiten de sus domicilios y se vuelvan por han venido, porque estar en el pueblo, que permanece confinado, sigue siendo muy peligroso. «A ver cómo nos encontramos todo.
Lo que hemos pasado estos días no se lo deseamos a nadie.
Ha sido un infierno, una pesadilla.
Primero fue el miedo a que nos pasara algo al ver que el incendio lo teníamos tan cerca, y después el temor a que nuestras casas hubieran sufrido daños o pillaje», se desahogaba una mujer de mediana edad mientras su marido departía con uno de los agentes del Instituto Armado, que ha organizado la estancia mínima de estas personas en sus casas por turnos y con un celo mayúsculo: solo ellos han podido pasar el control de los agentes y con el tiempo medido, apenas veinte minutos.Personas acogidas en el tanatorio de Lubín durante el almuerzo VÍCTOR RODRÍGUEZ Y si hay quien vuelve a casa con todas las de la ley también ha habido casos de retornos a ciegas. «¿Saben ustedes si es legal que esté otra vez aquí?», le preguntaba a primera hora de esta mañana a los periodistas un matrimonio belga que acababa de volver a su domicilio de Alfaix , que la Policía confinó al día siguiente de que las llamas extendieran en la zona su manto de destrucción y pavor.
Los Van Moll, que ése es el nombre de la familia, residen en la pequeña localidad desde hace pocos años y se dedican al alquiler turístico en los municipios cercanos, orientado sobre todo al mercado de su país de origen.
Lore, su hija, tiene una empresa de creatividad que refuerza con el empleo de un dron: con él captó imágenes espectaculares de los montes cercanos cuando ardían como nunca lo habían hecho. «Al principio no me asusté, incluso me fui a la cama, pero desde la ventana de mi cuarto veía que el fuego no se apagaba y ya sí me intranquilicé; pasamos una noche mala, y por la noche vino la Policía y nos dijo que nos teníamos que marchar», relata la chica, que junto a sus padres y a su hermanos son apenas los únicos vecinos del núcleo de población que han decidido volver a un lugar que, a mediodía de este sábado, seguía siendo un pueblo fantasma.
Los carteles de aviso de la obligación de dejar el lugar por riesgo del fuego cercano -Los Gallardos se encuentra apenas a diez kilómetros- y los precintos en las entradas de las urbanizaciones continuaban en su sitio mientras en el cielo reinaban como una señal de esperanza los hidroaviones que derramaban agua sobre las brasas amenazantes.«Los chicos tuvieron que dejar con nosotros el centro donde se forman y nos alojaron en un teatro.
Pasamos malos momentos» Trabajadora social del centro de atención a 'menas' de El Pocico A una media hora en coche se alcanza el Centro de Menas [Menores no Acompañados] de El Pocico, una pedanía de Lubrín.
Emplazado en una antigua granja escuela y gestionado por la Asociación Engloba, acoge a veinticinco chavales que se forman en las labores profesionales más comunes de la zona -el olivar, la miel - después de haber vivido la pesadilla del Estrecho a bordo de una patera.
Los inmigrantes y quienes los tutelan fueron también desalojados hace dos días y acaban de retornar a su alojamiento. «Pasamos momentos malos, de preocupación, ellos los primeros...
Nos llevaron a unas instalaciones municipales de Lubrín, donde hemos pasado la noche.
Ahora, ya aquí de nuevo, están más tranquilos...
Porque miran a las montañas y ya no ven fuego aunque sí humo... y porque temían que su salida semanal se suspendiera y parece que no va a ser así», explican las dos responsables del equipamiento social. ...
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