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El último baño de sol

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El último baño de sol

Sabía que no le quedaba mucho.

No, no sobreviviría a aquel verano.

Los jadeos se habían intensificado por la noche, un silbido corto que no le dejaba dormir del todo.

Cuando se despertó, notó el tubo en la nariz: la robot enfermera le había conectado la máquina de oxígeno mientras ella entraba en esa zona oscura a la que te lleva el cuerpo cuando no te responde.Por eso, tenía un empeño.

Quería verlo por última vez, un minuto, un par de segundos… No importaba si de refilón.

Le bastaría para volver a sentir.

Para saber que seguía vivo.Sus hijos mayores se negaban -¿qué empeño, mamá?, olvídalo, piensa que ha muerto-, le decían siempre.

Pero con el pequeño era diferente.

A él podía convencerlo.

Era el más radical -hasta había ingresado en la Policía- pero a la vez, el más comprensivo.

Ya lo había hecho una vez, años atrás.

Podía ceder una última vez.

Concederle un regalo de despedida. —Sólo quiero verlo una vez más.—Ya lo hemos hablado, madre, es imposible.

No sigas por ahí.—No tienes que llevarme hasta él.

Sólo acercarme un poco.

Tú sabes dónde está, concédele este último deseo a tu madre.

Llévame un día más contigo, a verlo.

Sólo uno más.

Nadie tiene que saberlo.—Baja la voz, madre, por favor.

Alguien podría escucharte.

Te tengo dicho que no hables de eso cuando hay gente cerca.

Me vigilan.

Podrían denunciarme.

Aquello, aquello fue un error, jamás debí llevarte.Él bajó la vista.

Claro que recordaba aquel momento. ¿Qué hijo no lo haría?Ilustración del sol prohibido Colo—Ay, hijo, quédate tranquilo.

El jardín de esta casa es zona libre, tu padre así lo organizó.

No tenemos nada eléctrico aquí.

Hasta quité la lámpara. ¿Dejaste el móvil dentro de la casa, verdad?

Pues nada, nada puede escucharnos.

Y aunque lo hicieran, no sabrían de qué hablamos.—Madre, lo saben todo, lo escuchan todo.

Pero, además, hay más gente como tú.

Buscándolo.

No puedo descartar que me estén siguiendo.

Somos muy pocos los vigilantes y demasiados los locos como tú.

No te lleva a ninguna parte esta nostalgia absurda.

Anhelas algo que puede matarte.—¿Matarme?

No me pasará nada.

Conviví con él muchos años.

A ti no te ha matado, vas cada día a revisar y sé que lo ves a veces.

Y, en cualquier caso, si me mata, ¿qué más da?

No me queda tanto, no me importaría morir mirándolo, teniéndolo enfrente, contemplándolo por última vez.—No.

Nadie puede mirarlo.

Yo no lo miro.

Ya sabes que llevo un traje especial que me tapa todo el cuerpo.

Hay que evitar riesgos.—Antes todos lo mirábamos, nos desnudábamos bajo él, le dejábamos que nos diera su calor.

Nada de eso fue el fin del mundo. ¿Esto?

Esto sí lo es… Quizá nos quejábamos de que a veces era excesivo y dañino… Pero era natural.

Real.

Mira esta terraza, es un absurdo sin él… Salir a la terraza y no verlo, esto no es vida.

Pero espera, ¿cómo que hay más gente que lo busca?

Si fuera más joven, me uniría a ellos.

Benditos, por fin alguien con cabeza… —Ya basta.

No tienes que saber nada más.

Está prohibido.

Prohibido.—Prohibir el sol de verano...

Jamás lo hubiera creído si me lo dicen de joven.

Y a vosotros, nada ni nadie os lo perdonará nunca.

Le hicisteis caso a esos datos absurdos de la IA. —De absurdos, nada, madre.

Es ciencia pura.

El sol natural directo es un criminal.

El sistema es perfecto: filtra sus rayos y sólo deja pasar aquello que la humanidad puede soportar.

Es por nuestro bien.

Créeme.

Nos extinguiríamos de otra forma.—Jamás tendríamos que haber dejado que esos nidos tecnológicos consiguieran tanta fuerza.

Sólo nos han traído máquinas y vida artificial. ¿Cuántos años llevo sin ver el sol en verano, cuántos?—Madre, no aceptas el progreso.

Ya no hay incendios, hemos erradicado el cáncer de piel, nadie sufre golpes de calor…—Y esto y lo otro, claro.

Pero en realidad, maldito el dinero que tu padre y tú pagamos en universidades extranjeras. ¿Para esto?

Para que termines obedeciendo a una IA que nos ha obligado a tapar el sol.

Mi hijo, Policía del Sol, dirigido por una máquina que le dice dónde ir a tapar si se escapa un rayo.—Madre, mi trabajo es muy importante.

Lástima que no lo veas.

Si siempre te quejabas de que te achicharraba las plantas.

Si tú misma te quemabas la espalda cada verano.

La luz de ahora no quema, no deslumbra, no enferma.

Es mejor.—Por eso los laboratorios están forrándose vendiendo vitamina D sintética.

Los baños de sol verdadero, hijo, esos lo curaban todo. ¿Qué sentido tiene ir a la playa si no hay sol?

Esta tecnología las ha vaciado.

Lo que daría por volver a perseguirte por la arena para ponerte crema.

Recuerdo que la odiabas.

Pero seguro que tú ni lo recuerdas… Como correr detrás de tu sombra.

Sí, quemarme, me gustaría quemarme la espalda, eso justo.

Tumbarme en una toalla y dejarme acariciar… Chicas con el corte del bikini, era otro mundo…—Yo tampoco voy nunca.—¡Claro!

Porque nos habéis robado, los viejos necesitamos sol, para los huesos, para la alegría… Y vosotros también, pero no lo veis… Acércame hasta él una vez más, por favor… Como aquella vez, una sola vez, por favor, antes de morir.—Si se enteraran, me encarcelarían.

El asunto se ha puesto muy serio.

Las IA no aceptan excepciones.

Ni una.—Es lo único que deseo.—No y no, ¿cuántas veces te lo tengo que decir?

Y he de irme.

Me falta la última ronda de hoy.

Pero te prometo que mañana estoy aquí, otro ratito.

Intenta descansar.

El informe dice que has pasado una noche intranquila.—No vengas mañana.

Si no puedo ver el sol, no quiero ver a nadie.

La máquina de oxígeno volvió a pitar.

La madre reajustó los tubos. —Por favor, por favor, madre.

Tómate las vitaminas de una vez.

Mañana, si estás mejor, daremos un paseo y… esta noche me lo pienso.—Adiós, hijo. —¿Madre?—¿Qué?—Mañana pon un bañador en el bolso.Hacía tantos años que nadie pronunciaba esa palabra.Aquella noche soñó con una playa soleada. ...

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