La cosecha ha terminado

Cierro los ojos y veo una Tierra de Campos que no existe.
Existen los caminos, los palomares y los girasoles, pero he desdibujado sus límites para cambiarlos por magia, convirtiendo mi infancia en Macondo.
No es esta una tierra bonita, no es verde y amable como los pueblos de los cuentos.
No hay valles bucólicos y cuando alguien pasa con el coche lo desprecia de modo sistemático.
Lo llaman secarral, desierto, paisaje infame.
Quizá tengan razón, Tierra de Campos es eso y mucho más.
Como decía Garrido: «Se planta un árbol, y se seca; abrís una fuente, y se agota; cuidáis un pájaro y se muere».
No hay esperanza, música ni belleza evidente en esta tierra.
No hay nada a lo que podamos llamar hermoso.
No hay montañas mágicas ni ríos cristalinos, no hay edificios señoriales ni casonas de madera con geranios en los balcones.
Pero posee una belleza profunda, perturbadora y holística, que es la del hombre solo bajo un cielo inabarcable.
En realidad, Tierra de Campos no es más que un desierto, una inmensa llanura con un horizonte a ochocientos metros por encima del nivel del mar, que parece un mito inventado por los viajeros.
Es una tierra de paso y absorta en sí misma, como un Narciso que solo se mira para odiarse.
No hay niños que corran, muchachos que se regalen jazmines ni ruiseñores cantando a las auroras.
Al fin y al cabo, nadie le quiere cantar a la muerte.Y, sin embargo, no encuentro un lugar que me interese más ni me haga sentir tanto.
Cuando fantaseo con comprar una casa en el campo suelo imaginarla cerca de un mar en calma, en lo alto de un monte fronterizo, al final de una dehesa frondosa.
Pero tardo poco en venirme abajo: ¿a quién pretendo engañar?
El paisaje no se elige, como no se elige a una madre.
El paisaje no nos pertenece: nosotros le pertenecemos a él.
Y yo pertenezco a esa tierra seca y parda, estéril y muerta como el barro con el que se hicieron los primeros hombres.
Es una posición metafísica, la soledad de los cuadros de De Chirico, la extrema dureza de un lugar desamparado, maltratado y repleto de tumbas de godos.
De estos caminos ha salido el polvo del que venimos y en el que nos convertiremos.
No hay endecasílabos en los vientos de la meseta ni en los ríos que bajan rojos de sangre en vez de blancos de nenúfares.
Es el ascetismo en el que los castellanos nos resguardamos para dar sentido al silencio y al olvido.Ahora es verano, pero llegará el otoño y la niebla de Castilla empezará a inundar nuestra Tierra de Campos, congelando los días y las esperanzas.
De algún modo, la expectativa del frío dejará en pausa el tiempo y las bicicletas.
Llegará la escarcha, callarán los animales, volverán las viejas al luto y el ocre se volverá definitivamente oscuro, un tipo de oscuridad salida de los álbumes de recuerdos.
El frío dejará el suelo pétreo, sin flores y sin vida de nuevo.
Yo no nací en Tierra de Campos, pero estoy atado a ese lugar de por vida.
Allí pasé mucho tiempo en mi infancia, pero, a medida que el tiempo avanza, en lugar de sentir que mis recuerdos se disipan, siento que crecen, que se hacen gigantes y que se llenan de matices hasta convertirse en algo parecido a la mentira.
Y, mientras tanto, solo veo un atardecer, un cielo morado y litúrgico y dos alpacas de paja delante de un horizonte púrpura.
Están solas en mitad del mundo y son las últimas de su especie.
El trigo ha dejado paso a un campo vacío y el color dorado al oro muerto.
Queda una mina de cereal a cielo abierto que nadie quiere.
Pero Castilla ha sabido hacer su trabajo un año más y nos ha dado el pan nuestro de cada día.
La cosecha ha terminado. ...
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