Victorino pone orden con los toros que surcaban la tierra

Si las vacas viesen OneToro, Veronesa y Baratilla andarían regañando a sus hijos desde 'Las Tiesas'.
Qué manera de arrastrar el hocico, de ensuciárselo, de colmárselo de arena, con el morro cada vez más teñido de castaño que de cárdeno por esa extraordinaria humillación.
Lo que Victorino Martín ha conseguido está solo al alcance de los genios que bucean en la bravura. ¿Bucear?
Buceaban sus toros: surcaba la arena el sexto, que completó una importante corrida, la mejor -no era difícil- de lo que va de feria.
Se llamaba Baratillo este último y era imposible no echar la vista atrás al mítico Baratero.
En manos de quien acabaría siendo un especialista cayó, en las de Andrés Vázquez.
No eran tan expertas las de Tomás Rufo , que observó cómo este número 65 hacía hoyos, más grandes aún que los de la playa de Cuatro Caminos. ¿Cómo se consigue esa humillación?
Qué barbaridad, ganadero.
A aquella manera de colocar la cara -de otra dimensión distinta a lo que se ve normalmente- solo le faltaba mayor empuje para partir la pana.
El torero de Pepino, con la moral crecida tras su aldabonazo pamplonica, cosió la embestida a derechas fenomenalmente.
Por momentos, solo por momentos.
Más alzó la testa por el otro lado, pero las caricias alimentaban sus bondades.
En el regreso a la otra mano, allá que seguía ese embroque por el subsuelo, por las raíces de la tierra.
Y allá continuaba el morro cuando lo cuadraba para matar, con la mácula de aquel pinchazo a un toro de triunfo que se arrastró intacto.
Baratillo hace surcos en la arena en un relajado muletazo de Rufo ArjonaQué gozada el segundo.
Se llamaba Veronés, como el indultado por Ferrera en Algeciras y que el ganadero decidió sacrificar porque no le convencieron lo suficiente sus cualidades.
Apuntaría Victorino en su libreta la clase de este número 70, con el hocico a rastras.
Había derrapado en la larga cambiada de Escribano, que vio cómo el animal se le vino por dentro, aunque su condición sería nobilísima.
Tremenda la costalada que se pegó en varas el cinqueño.
Casi dormido embestiría, con más superclase que poder.
Y despacioso planteó su obra el de Gerena.
Abajo el hocico, muy abajo, en el embroque y con esa tardanza en ir hacia delante.
Lo esperaba Manuel con la muleta muerta, con una muleta caída en una marmita de almíbar.
Todo suavidad con ese albaserrada que casi gateaba, de embestida casi mexicana.
La disfrutó el torero y la disfrutamos todos.
De tener un tranco más, Veronés hubiese sido de una categoría estratosférica.
Lástima que la espada emborronara la excelente labor del sevillano.El Cid acaricia el pitón del victorino EfeSereno esperó al quinto en la portagayola.
Y dos largas más le recetó en el umbral de toriles.
Cortito de cuerpo, tenía un pitón izquierdo que no se ha visto en toda la feria este Hebijono, que hizo honor a su nombre.
Apretó en el último par, que puso a prueba la atlética condición de «¡Es-cri-ba-no!», como coreaban en un palco tras el brindis.
Faena profesional y con mando, en la que le buscó las vueltas al exigente toro para potenciar virtudes y tapar defectos.
La estocada despertó la pañolada y paseó una oreja en su notabilísima tarde.Otra paseó El Cid del cuarto.
A las ocho en punto presentaba la izquierda, esa zurda de oro que borda naturales como un orfebre cincela la plata.
Brindó y citó en la distancia, acortada hasta que Petrarquisto se arrancó mientras volaba la zocata que mejor entiende a los victorinos.
Cómo templó en dos series consecutivas, oxigenando al animal, gustándose.
Se desplantó el saltareño, acarició los pitones y besó la testuz.
Por la derecha siguió en muletazos cortitos, simulando el adorno del manillar.
Torero y con sabor el cierre por abajo.
Tanto caló su clasicismo que ni el pinchazo frenó el trofeo.
Inteligente su lidia de salida al cariavacado primero, un toro altote y muy largo.
Dos veces lo puso en el peto Manuel Jesús, sabedor de que, aunque las fuerzas no lo acompañaban, iba a tener guasa.
Cómo lo buscó, sin apenas pasar a derechas y más insulso por el otro lado, sin celo.
Sin ninguna convicción la hora final, en la que pinchó y pinchó.
Feria de Santander Coso de Cuatro Caminos Jueves, 23 de julio de 2026.
Sexta corrida.
Casi lleno.
Toros de Victorino Martín, de buena presencia en general dentro de la desigualdad; de variado juego dentro de su fondo bravo, algunos de extraordinaria humillación.
El Cid, de verde hoja y oro: cuatro pinchazos y estocada delantera (silencio); pinchazo y estocada (oreja).
Manuel Escribano, de verde esmeralda y azabache: estocada trasera caída (ligera petición y saludos); estocada desprendida (oreja tras aviso).
Tomás Rufo, de buganvilla y oro: pinchazo y estocada perpendicular (saludos); pinchazo y estocada (saludos tras aviso)A uvas andaba el presidente cuando Rufo pedía permiso en el tercero, que se pegó un volatín que valió por un puyazo.
Media muleta barrió la arena, mientras trataba de alargar la embestida del cinqueño, de mejor embroque que finales, pero con un pitón zurdo de alta nota.
Dejó el de Pepino un puñado de naturales fantásticos a un Melonero al que no era fácil cogerle el aire.
Y no siempre se lo cogió, por lo que el premio que escondía se esfumó.
La corrida, la más seria de la feria por dentro y por fuera, tuvo mucho que torear.
Y la gente que casi llenó la plaza, por fin, se divirtió.
Habían visto toros de verdad. ...
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