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El bombero que escribió la carta viral sobre el fuego que arrasa el paisaje de su infancia: “Luchamos contra algo que no hemos visto nunca”

elDiario.es

Ángel Malanda pide paciencia y comprensión para los profesionales que trabajan en las tareas de extinción: "Si en algún momento nos tenemos que quedar quietos, no es porque no queramos trabajar, sino porque hemos recibido esa orden dentro de una estrategia más amplia"
Directo - El incendio de Ávila y Madrid mejora a la espera de la ola de calor y Toledo sale de la emergencia nacional

Están trabajando muchas veces en turnos de 12 horas, cuando no más, con los medios de los que disponen, que no siempre son los mejores, y en una desesperada lucha contra unos incendios que están asolando España y que llevan desde finales de la semana pasada sin dar tregua, avanzando allí donde los compañeros del turno anterior parecían ganar terreno, reactivándose en puntos que parecían conquistados. En esta situación, sin embargo, hay quien descarga su frustración ante las llamas contra los profesionales que se están jugando la vida por salvarlos a ellos y por salvar todo lo que tienen.

“Ayer en Casavieja a unos compañeros los llamaron de todo”, relata por teléfono a elDiario.es Ángel Malanda, peón forestal —“bombero, aunque no lo diga mi categoría ni mi contrato”— y delegado sindical de CGT. “Llegas a un sitio y una mujer dice bien fuerte, para que la podamos oír, que a buenas horas llegamos. Nosotros sabemos que nos tenemos que callar porque lo importante es apagar el fuego”.

Malanda, autor de una carta que se ha viralizado estos días por redes sociales, explica entre otras cosas, la conexión emocional que tiene con los lugares que están siendo pasto de las llamas, dice que los insultos y los comentarios que dudan de su trabajo no son episodios puntuales ni aislados, aunque también concede que no son lo más habitual. Pero no lo son, ahonda, porque, por norma general, los profesionales como él actúan en soledad, allí donde no hay nadie, donde no existe la posibilidad de salir en ninguna foto. Y eso que los incendios de este verano, que han arrasado en apenas unas semanas 50.000 hectáreas, los han puesto en el centro del escenario.

“Pido a la gente que sea paciente y comprensiva con nosotros, que entendemos su miedo, su dolor, su desesperación y su angustia, pero tienen que saber que eso mismo es lo que sentimos nosotros. Quiero que la gente sepa que, si en algún momento nos tenemos que quedar quietos, no es porque no queramos trabajar, sino porque hemos recibido esa orden dentro de una estrategia más amplia. Lo mismo si nos tenemos que retirar de un sitio”, explica Malanda, que se queja también del desconocimiento general que existe en torno a su labor.

“Miro las fotos de los incendios y todo se centra en la UME. No les quito mérito, por supuesto, pero la Junta de Castilla-La Mancha también tiene que contar nuestros operativos, que salen de las aportaciones de los contribuyentes. Por eso, siempre y cuando no comprometa la seguridad, pienso que hay informaciones que deberían ser públicas”.

En relación con la administración, el bombero forestal reclama sobre todo más formación y más y mejores medios, especialmente en una situación tan complicada como la que se vive estos días: “Que no esperen que por el hecho de que haya ardido mucho terreno estos días el monte no puede volver a arder. Esto puede ocurrir de nuevo el próximo año, el próximo mes o el próximo día. Hoy, luchamos contra hongos de fuego que no hemos visto nunca. A veces me digo a mí mismo que estoy en un videojuego, no soy capaz de asimilar lo que estoy viviendo”. Su conclusión es rotunda: “Es un milagro que no haya muerto nadie”.

Un milagro que se da en unas condiciones que los bomberos forestales llevan años denunciando. A cambio de sueldos de unos siete euros la hora (con pluses de riesgo que no alcanzan los dos euros la hora), calcula Malanda, los bomberos forestales de la Junta de Castilla la Mancha, que reciben la denominación oficial de peones forestales a pesar de que también se dedican a labores de extinción de incendios, trabajan cuatro días a la semana en turnos de ocho horas.

En su caso, la jornada se extiende hasta las 2 de la mañana en un oficio donde prima la inestabilidad. Según una encuesta llevada a cabo por el propio bombero forestal entre sus compañeros, de entre los helitransportados, solo el 28% cuenta con contrato de 12 meses. A ellos se suma un 32% con contrato fijo discontinuo y, finalmente, un 38% que, en principio, en octubre será despedido. “No se trata solo de que queramos cobrar más, que también. Necesitamos urgentemente que mejoren el resto de condiciones”.

Ángel Malanda, peón forestal en ELIF A3 El Barco de Ávila, en una imagen de su infancia en el embalse Picadas, una zona afectada por los incendios

“He perdido mi infancia”

Parte de ese sentimiento proviene del hecho de que los bomberos están trabajando contra el fuego en muchos casos cerca de donde crecieron y viven: “La implicación emocional es indisoluble de nuestro trabajo. A nosotros nos duele que se queme el monte sea donde sea, pero el sentimiento es mucho más grande cuando estás combatiendo un fuego a 10 kilómetros de tu casa”, explica.

En su caso, tal y como relata en su misiva, el fuego ha calcinado escenarios de los municipios de su infancia como El Tiemblo y San Martín de Valdeiglesias, al tiempo que ha castigado zonas como la ruta del Alto de la Mira o Cancho el Guarro, una ronza rocosa ubicada en la Sierra de Gredos.

Y no es el único. Solo en su unidad, cuenta, dos compañeros han perdido también su hogar. “He perdido mi infancia, los paisajes de mis recuerdos. He perdido la sierra norte de Guadalajara, que también siento como propia. Emocionalmente, es brutal. Tú te dices que tienes que seguir concentrando en la azada y te dices que tienes que ir a lo tuyo, pero mientras tanto te llama tu hermana y te dice que están pensando en evacuarlos. Sin querer, la cabeza se te va a la familia”.

Los efectos del cambio climático

De fondo, por un lado, una emergencia climática que ahora es objeto de debate político pero que en su día a día se traduce en una realidad indiscutible: los bomberos forestales trabajan con más calor y lo hacen en unas condiciones que favorecen los incendios. “Si el pasto está deshidratado, cosa que sucede a menudo, no tienes que encender un mechero para que arda, basta con que chasquees los dedos”, explica Malanda, que recuerda que España se adentra estos días su cuarta ola de calor. En estas circunstancias, muchas veces, ahonda, a los profesionales no les queda más remedio que esperar a la noche para que suba la humedad. Otros días ni con eso basta: “Cada vez son más habituales las noches en que la humedad relativa no nos ayuda. Hace años, esto no pasaba”.

Por otro lado, como explica al final de su carta, Malando siente la necesidad de no tener que ser un héroe para hacer su trabajo: “Para ser justo y honesto, muchas personas me hacen llegar su admiración y respeto por el trabajo que hacemos. De verdad, de corazón. Por ellos y ellas sigo aquí. Y por favor, no me pongas la capa, solo soy una persona intentando hacer lo mejor como mejor sabe y puede. Solo eso, nada más, nunca un héroe”. ...

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