La misma (triste) canción de cada verano
Dos décadas después, Guadalajara vuelve a ser noticia por otro infierno evitable.
He llegado a leer que el actual es «el peor» fuego de la historia de Castilla-La Mancha, ignorando que en el que se declaró hace 21 años en la Riba de Saelices murieron once trabajadores forestales y ahora sólo hay que lamentar ingentes, eso sí- daños materiales.
Lo que podemos afirmar sin equivocarnos es que afrontamos el fuego más devastador de la región -y el segundo de la historia de España desde que tenemos datos- en extensión quemada: 32.000 hectáreas, lo que ha obligado a evacuar 34 poblaciones y a confinar otras 14.
Dos décadas después, sigo guardando en casa tres cajas con los informes periciales que se aportaron al sumario y las conclusiones de la comisión de investigación celebrada tras la catástrofe de 2005, que no sirvió para casi nada, ni siquiera para depurar todas las responsabilidades políticas de aquel trágico suceso.
Se dice que fue el incendio más estudiado de la historia a nivel mundial, con intervención incluso de expertos de la NASA.
Pero apenas nada aprendimos de aquello: leves avances en las medidas preventivas (se prohibió encender barbacoas en los montes de todo el país) y de extinción (se creó la UME y mejoraron, aunque de manera insuficiente, los equipos y condiciones laborales de los bomberos y los retenes).
Pero ni aquel incendio ni los que se han ido originando cada verano han desembocado en un plan nacional serio que proteja nuestros montes.
No lo hicieron ni Zapatero ni Rajoy, pero tampoco Sánchez, que vuelve a poner el foco un año más, y van nueve, en el cambio climático.
Es más fácil culpar a un fenómeno global sobre el que apenas tenemos una pequeña cuota de responsabilidad que ocuparse del terreno y los ciudadanos que te han encomendado gobernar, con recursos, con medidas concretas, con soluciones, con coordinación, con audacia.
Dos décadas después, habrá avanzado el cambio climático, pero los que no han cambiado son los gritos desesperados de vecinos, agricultores, alcaldes y bomberos abandonados a su suerte.
Nada ha mejorado, más bien ha empeorado, en esta Siberia castellana con una densidad de 3 habitantes por kilómetro cuadrado, inferior en algunas zonas a la tundra de la península de Yamal.
Donde no hay votos, no hay rédito político, y donde no hay rédito político solo habitan las buenas palabras, a lo sumo una foto en pantalón y camisa vaquera, y vuelta a palacio.
El término 'España vaciada', tan vacío de contenido como los territorios a los que atañe, se queda corto para referirse a la comarca de la Sierra Norte guadalajareña y a otras similares que arden todos los veranos.
Es una España literalmente arrinconada: malas carreteras, precaria cobertura de móvil, servicios sanitarios y educativos lejanos. ¿Quién va a querer vivir y cuidar una tierra que expulsa a los pocos héroes que apuestan por ella?
Casi dos decádas después de que se iniciaran los trámites para la creación del Parque Natural de la Sierra Norte, el fuego ha arruinado el sueño de proteger una comarca que alberga preciosos enclaves como el Ocejón, el Alto Rey o la Tejera Negra.
Como en otras regiones, la declaración de buenas intenciones no se acompañó de la correspondiente consignación presupuestaria, y en la práctica solo ha contribuido, como denuncian los vecinos, a poner más trabas para trabajar el monte, para limpiarlo, para hacer esos cortafuegos que yo sospecho más efectivos contra las llamas que las ayudas a las 'startups' que ayer prometió Sánchez .
Dos décadas después, siguen reinando la desidia, el oportunismo y la burocracia.
Sigue sonando la misma (triste) canción de cada verano. ...
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