Unos días con Manu

Manu era el hijo de unos empleados de mi abuela y lo conocí en la comida de Navidad de Semon.
Enseguida me pareció el chico más guapo, atractivo y molón de mi vida.
Siempre he necesitado que no sólo las chicas sino también mis amigos fueran guapos, o por lo menos atractivos.
Y que Manu, diecisiete, tres años mayor que yo y que había empezado a romper todas las costuras, me distinguiera con su amistad, era un sentimiento, pero también –y conociéndome tal vez sobre todo– una banda de honor.
A mi familia le disgustó mi fascinación por las andanzas de Manu y por el hecho de que yo las celebrara tanto.
No muy explícitamente, pero lo suficiente para que yo recibiera el mensaje, salió el tema de la homosexualidad.
Pero tras unas primeras y estériles conversaciones para que moderara mi entusiasmo, mi abuela atacó el problema de cara e invitó a Manu a pasar unos días de agosto en la finca, por ver si incorporándolo a nuestra dinámica lo podían gobernar.
Es muy de nuestra clase social esta infinita fe en redimir a los otros porque lo nuestro les guste más: y tiene mérito, con lo desgraciados que normalmente somos.Manu llegó y era muy educado, y cariñoso con todos, y me divertía ver cómo mi familia se rendía en parte a su encanto, y justo a continuación se esforzaba en disimular su estupefacción, como cuando ya la primera noche tuvo el valor, que hasta a mí me tomó por sorpresa, de pedir, a la hora del café, permiso para fumar.
Fueron unos días agradables y mi familia parecía casi acostumbrada a nuestra amistad.La última noche hablamos de cosas que haríamos juntos el curso siguiente, y me dijo que sus padres iban a mandarlo a un internado si no recuperaba en septiembre lo que había suspendido y tenía que repetir curso.
Le pregunté si estaba estudiando y me respondió que tenía un plan mejor y era comprar a los tres profesores de cuyos aprobados dependía, que lo tenía pactado con ellos, y que sólo le faltaba el dinero.
Hay un detalle –y he dudado en qué momento del relato debía hacerlo aflorar– y es que en el armario de nuestra habitación estaba la caja fuerte, porque en la antigua distribución de la torre, este espacio lo ocupaba el despacho de mi bisabuelo.
En aquella caja mi abuela guardaba, además del dinero, sus joyas más preciadas.Necesitaba, me dijo, 300.000 pesetas, 100.000 por maestro.
Yo sabía cómo abrir la caja porque mi abuela me lo había explicado por si le pasaba algo, y tenía tanta confianza en su comprensión, y en su idea de ayudar a los demás, que decidí darle el dinero a Manu y esperar a que al día siguiente se marchara para dar las explicaciones necesarias.«Y has abierto la caja fuerte delante de él, ¿verdad?», me preguntó mi abuela con esa cara de desánimo que ponía cuando le daba pereza tener que explicar lo que a ella le parecía y los demás éramos demasiado tontos para comprender.
Me enfadé con ella, porque sabía lo que quería decir aunque no lo dijera.Nunca más volví a ver a Manu.
En septiembre sus padres lo mandaron al internado pero aunque pedí las señas nunca me las facilitaron.
Era un tiempo sin móviles, sin internet, y en que notabas cuando alguien quería levantar un muro entre tú y ellos.
Al cabo de unas semanas mi madre me explicó que habían entrado a robar a la finca y enseguida llamé a mi abuela, sintiéndome muy culpable: «No te preocupes, Salvador.
Que tú seas un idiota no significa que yo lo sea, y el día en que me contaste lo de Manu, yo enseguida vacié la caja». ...
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