El cambio climático como chivo expiatorio
La atribución de la responsabilidad de los incendios y de otras catástrofes naturales al cambio climático ha ido mucho más allá de lo razonable.
Este fenómeno se ha convertido, con demasiada frecuencia, en un chivo expiatorio al que algunas administraciones recurren para diluir su propia responsabilidad, especialmente aquellas que han desatendido durante años la protección y gestión de los montes, hoy expuestos a la violencia del fuego que, como cada verano, vuelve a asolar amplias zonas de España.
Presentar el cambio climático como explicación suficiente de los desastres naturales constituye una tentación demasiado cómoda para eludir responsabilidades.
Nadie discute que el clima pueda influir en la intensidad y frecuencia de determinados fenómenos extremos.
Pero hace décadas que también se sabe que, si bien es imposible impedir todos los incendios, sí es posible reducir su propagación y minimizar sus consecuencias mediante una adecuada gestión forestal que brilla por su ausencia.
Las brigadas permanentes, la limpieza del monte, el desbroce, el aprovechamiento ganadero o la apertura y mantenimiento de cortafuegos forman parte de un conocimiento acumulado durante generaciones que, en demasiadas ocasiones, ha quedado relegado por normativas excesivamente rígidas y una burocracia que ha dificultado las labores tradicionales de conservación del medio rural.Durante años se ha impuesto una visión profundamente urbanita de la naturaleza, según la cual la mejor forma de protegerla consistía en reducir al mínimo la intervención humana.
Sin embargo, buena parte de los paisajes que hoy admiramos son el resultado de siglos de interacción entre agricultores, ganaderos y propietarios forestales con el territorio.
Expulsar progresivamente esa actividad, dificultar la rentabilidad del campo y abandonar la gestión cotidiana del monte ha favorecido la acumulación de una enorme cantidad de combustible vegetal que convierte cualquier incendio en un fenómeno mucho más devastador.Existe, además, una evidente contradicción en determinadas políticas ambientales.
Si se sostiene que el cambio climático incrementa el riesgo de incendios, la respuesta lógica debería ser adaptar los montes a esa nueva realidad mediante una gestión más intensa, no menos.
Sin embargo, en demasiados casos se ha optado por restringir precisamente aquellas actuaciones preventivas que históricamente habían contribuido a reducir la carga de combustible y a limitar la propagación del fuego.Por supuesto que siempre es posible mejorar la prevención.
Las nuevas tecnologías, la vigilancia mediante satélites y drones, la inteligencia artificial o los sistemas avanzados de detección deben incorporarse plenamente a la lucha contra los incendios.
Pero ninguna innovación sustituye a una gestión forestal constante y tradicional.
La prevención sigue descansando, como siempre lo ha hecho, en el cuidado diario del monte.
Convertir el cambio climático en la explicación exclusiva de lo que ocurre por una parte del arco ideológico, solo servirá para un intento de exculpación de los propios errores que ellos cometieron y que pagan todos los ciudadanos. ...
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