Rosa Romero: «He vivido la guerra, pero ver las llamas acercarse ha sido muy doloroso»

Ayer, el polideportivo de Cebreros no tenía el mismo aspecto que la noche anterior.
De las cerca de cuarenta personas que durmieron aquí, tras ser evacuadas por el incendio forestal que mantiene en vilo el sur de Ávila, apenas queda una veintena.
Todos han vuelto a sus casas esta mañana convencidos de que podrían quedarse, pero la reactivación del incendio obligó a la Unidad Militar de Emergencias (UME) a ordenar un nuevo desalojo.
El chalet de la familia Sánchez Romero, Rosa Romero, de 101 años; su marido, Edmundo Sánchez, de 97; y su hijo Cándido, de 71; ha resistido a las llamas, aunque el fuego llegó a alcanzar parte del perímetro de la urbanización Valdesanmartín y la línea de fuego llegó a ser visible desde su propio porche.
Sentados alrededor de una de las mesas del pabellón, esperan a que llegue la comida que proporciona el ayuntamiento.
Los tres viven en Getafe, pero desde hace años pasan largas temporadas en su segunda residencia de El Tiemblo. «Vinimos a la sierra a que nos diese el aire y nos ha pillado la tormenta», bromea Rosa, que a pesar de la situación y de su avanzada edad conversa con una lucidez y un sentido del humor envidiables.
No es la primera vez que el fuego les obliga a abandonar la vivienda.
De hecho, es la tercera ocasión en la que las llamas los encontró en la sierra.
Tuvieron que evacuar su hogar durante el incendio de 2003, que afectó a los municipios de Cebreros y El Tiemblo, y en el año 2019 volvieron a vivir la misma situación durante el gran incendio de San Martín de Valdeiglesias.
Este viernes, la Guardia Civil volvió a llamar a su puerta para ordenarles que desalojaran la urbanización Valdesanmartín. «Me dio tiempo a mojar un poco el terreno para dejarlo húmedo y nos vinimos para aquí», recuerda Cándido.
Durante la mañana de este sábado pudieron volver a su casa el tiempo necesario como para comprobar el estado del chalet, refrescar el terreno y ver hasta dónde habían llegado las llamas.
Sin embargo, cuando parecía que podrían quedarse , la UME volvió a recorrer la urbanización para avisarles de que debían marcharse. «Hay vecinos que han decidido quedarse, pero yo no puedo arriesgarme.
Teniendo a dos personas dependientes debo anticiparme a lo que pueda pasar», explica el hijo de Rosa y Edmundo.
Cándido sigue con atención la evolución del incendio porque conoce perfectamente el terreno.
Relata cómo el fuego descendió hacia el entorno del embalse de El Burguillo y cómo los equipos de extinción realizaron contrafuegos, quemas controladas de vegetación para frenar el avance de las llamas, antes de que el incendio cambiara de dirección y terminara acercándose a Valdesanmartín.
Admite que vivir el incendio desde la distancia genera impotencia: «Antes nos uníamos los vecinos y ayudábamos, ahora lo llevan los equipos especializados y solo queda esperar».
Mientras habla Cándido, sus padres escuchan la conversación en silencio.
Cuando Rosa habla lo hace con total serenidad, a pesar de las circunstancias. «He vivido la guerra y mi vida fue un poco triste.
Me quedé sin familia siendo pequeña y me crié en un colegio.
Todo esto no es nada comparado con aquello», explica.
Después hace una pausa antes de reconocer que hay imágenes que no consigue quitarse de la cabeza: «Ver las llamas acercarse a casas ha sido muy doloroso». «Mi otro hijo, Rafa, no para de llamarnos, está muy nervioso» Edmundo Sánchez Evacuado de ValdesanmartínEdmundo solo interviene para dejar clara cual es su única preocupación: «Mi otro hijo, Rafa, no para de llamarnos, está muy nervioso».
El pequeño de la familia vive en La Manga del Mar Menor (Murcia) y desde la lejanía sufre por la situación de sus padres.
Cándido, por su parte, resta dramatismo a la cuestión: «La casa estaba bien cuando nos fuimos en la mañana de este sábado, así que estoy seguro de que podremos volver muy pronto». ...
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