El monte es como un puente, colapsa por falta de mantenimiento

Verano tras verano, hablamos de incendios pero muy pocas veces nos centramos en el verdadero problema.
Cuando se produce un gran incendio enumeramos los helicópteros, aviones, brigadas, retenes y buscamos quién provocó la chispa.
Todo eso es importante, pero ninguna de esas cuestiones explica por qué los incendios de hoy nos están ganando la batalla.La clave está en un concepto del que apenas se habla: la carga de combustible.Nadie discutiría que un puente tiene una carga máxima.
Tampoco que un edificio está calculado para soportar un determinado peso o que una carretera admite una intensidad de tráfico concreta antes de deteriorarse.
Todas las infraestructuras tienen unos límites de funcionamiento y, cuando esos límites se sobrepasan, aparecen los problemas.Pues bien, el monte también es una infraestructura .
De hecho, probablemente sea la mayor infraestructura verde que tiene nuestro país.
Produce agua, protege el suelo, fija carbono, alberga biodiversidad, proporciona madera, energía, paisaje y bienestar.
Pero, como cualquier infraestructura, también tiene límites.Llevamos muchos años tratando el monte únicamente como un paisaje , cuando antes que un paisaje es una infraestructura.
Y la diferencia es enorme: las infraestructuras las mantenemos antes de que fallen; el monte, sin embargo, solo parece preocuparnos cuando ya está ardiendo .Uno de esos límites es la cantidad de combustible que puede acumular sin que, cuando se produzca un incendio, este alcance una intensidad superior a la que los medios de extinción son capaces de controlar.Ese es el concepto que, en mi opinión, falta en la mayoría de los debates que estoy escuchando estos días.El límite está en que la cantidad de combustible que se acumule no alcance una intensidad superior a la que los medios de extinción son capaces de controlarCada árbol, cada arbusto, cada rama y cada resto vegetal representan energía almacenada por la fotosíntesis.
El monte funciona como una enorme batería solar : durante años capta energía del sol y la almacena en forma de biomasa.Mientras esa biomasa se mantiene en equilibrio con los aprovechamientos forestales, el pastoreo, los tratamientos selvícolas y los procesos naturales de descomposición, el sistema funciona razonablemente bien.El problema aparece cuando ese equilibrio se rompe.Los datos oficiales del Anuario de Estadística Forestal 2024 del Ministerio para la Transición Ecológica muestran que los montes españoles generan cada año 47,5 millones de metros cúbicos de crecimiento en la superficie arbolada.
Sin embargo, el aprovechamiento anual apenas alcanza 17,4 millones de metros cúbicos.
Dicho de otra forma, solo aprovechamos alrededor del 37 % de lo que el monte produce cada año.Eso no significa que el resto se convierta íntegramente en combustible —una parte se descompone de forma natural y otra forma parte de la dinámica del ecosistema—, pero sí demuestra una realidad muy clara: el crecimiento anual del monte supera ampliamente la capacidad de gestión que estamos ejerciendo sobre él.
Y eso explica el incremento continuado de biomasa que reflejan los inventarios forestales.Es casi como el interés compuesto de una inversión.
Una pequeña diferencia anual parece insignificante, pero cuando se mantiene durante décadas acaba produciendo un cambio enorme.Imagina ahora un puente por el que cada año circulan muchos más vehículos de los previstos y al que nunca se le hace mantenimiento.
El puente no se derrumba el primer año.
Ni el segundo.
Pero todos entendemos que llegará un momento en que dejará de trabajar dentro de los límites para los que fue diseñado.Con los incendios ocurre exactamente lo mismo.No es que el fuego sea hoy distinto.
Lo que ha cambiado es la cantidad de energía que encuentra disponible cuando aparece una chispa.Y además se produce otro fenómeno.
En los últimos años, las condiciones climáticas están sometiendo a la vegetación a un estrés hídrico cada vez mayor.
Las plantas contienen menos agua, el combustible se seca antes y necesita mucha menos energía para comenzar a arder.
Si a eso añadimos la enorme cantidad de biomasa acumulada durante años, el resultado es un incendio mucho más intenso y mucho más rápido.Cuando un incendio alcanza determinadas intensidades deja de ser un problema de organización o de medios.
Pasa a ser un problema de física.Por eso me preocupa que cada verano el debate vuelva siempre al mismo punto: si hacen falta más helicópteros o más aviones .
España dispone de magníficos profesionales y de uno de los mejores dispositivos de extinción de Europa.
Pero ningún sistema de emergencia puede vencer indefinidamente a un problema que aumenta de tamaño todos los años.La prevención no consiste en «limpiar el monte», una expresión que nunca me ha gustado.
Consiste en gestionar el combustible para mantenerlo dentro de unos límites compatibles con un comportamiento del fuego que pueda ser controlado.
Exactamente igual que revisamos un puente antes de que falle o reforzamos una presa antes de que aparezcan grietas.Hace décadas que disponemos del conocimiento técnico para hacerlo.
Sabemos medir la carga de combustible —aunque no exista una cifra única de toneladas por hectárea, porque depende del tipo de masa forestal, de su estructura y de la continuidad del combustible (si te interesa para algún sitio concreto, te lo estudio)—, conocemos cómo influye en el comportamiento del fuego y sabemos qué tratamientos son necesarios para reducirla.
No estamos ante un problema de falta de conocimiento.
Estamos ante un problema de falta de continuidad en la gestión.Hay una comparación que me parece muy ilustrativa.
Cuando un puente se derrumba, nadie culpa a la gravedad .
Lo primero que se pregunta es si estaba bien diseñado, si había recibido el mantenimiento adecuado y si seguía trabajando dentro de los límites para los que fue construido.
Con los incendios hacemos casi lo contrario : culpamos al calor, al viento o a la sequía, cuando la verdadera pregunta debería ser si nuestros montes estaban gestionados para soportar esas condiciones.Quizá por eso me gusta decir que los grandes incendios no empiezan cuando aparece una llama.
Empiezan muchos años antes, cuando dejamos que el monte acumule más energía de la que somos capaces de gestionar .
El fuego no crea el problema; simplemente pone de manifiesto un problema que llevaba años gestándose.Esa es la idea que me gustaría que te quedara clara.
Cambiar el foco .
Dejar de hablar únicamente del incendio y empezar a hablar del territorio.
Porque el incendio es solo la consecuencia.
La verdadera historia empieza mucho antes.Pino Pliego Alegría Ingeniera de Montes, directora de Pino Forestal Ingeniería ...
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