El votante exaltado

No voy a negar que el votante que observa cuanto ocurre en el mundo contemporáneo tiene motivos para estar preocupado, incluso alterado y hasta paranoico.
La nueva política ha engendrado personajes estridentes y delirantes , que apelan sin pudor a estrategias salvajes de autopromoción y cuyo mayor atractivo es volcar toneladas de suspicacia sobre sus adversarios y los viejos consensos que cimentaron la paz social o el tránsito de gobiernos autoritarios a otros democráticos.
Ese votante alarmado tiene razón: la política se ha convertido en un terreno propicio para los megalómanos y desquiciados, y al menos en el mundo hispano –aunque los sajones tampoco están muy allá– empieza a ser difícil dar con un presidente cuya falta de responsabilidad pública no irrite o escandalice.Lo extraño es que ese votante consternado a veces se deja llevar por sus miedos y fobias y acaba errando en su estrategia defensiva.
En lugar de proteger las reglas del juego democrático, se aferra a un partido o al santo de su devoción y apuesta todo o nada por su continuidad en el gobierno.
El horror que le producen las otras ofertas políticas nubla su percepción, lo convence de que todo vale para evitar la llegada de los bárbaros, y entonces olvida lo fundamental: que la mala calidad de la oferta política contemporánea es la razón más poderosa para reforzar el compromiso con el Estado de derecho y los rituales democráticos.Perdido en medio de las batallas culturales, el votante exaltado empieza a abrazar el delirio de su bando y a creer los disparates confeccionados por grupos de asesores o informadores a sueldo, y con el paso del tiempo acaba convencido de la moralidad de su líder y de la podredumbre que lo acecha.
Es la peor consecuencia de los liderazgos canallescos y de la política de bajo vuelo que viene instalándose en los países occidentales desde hace dos o tres lustros.
Si nos asusta una opción política, en lugar de defender los sistemas de control y rendición de cuentas, a la prensa que desvela chanchullos y a los jueces que fiscalizan la labor del gobierno, se reclama inmunidad para que el líder benevolente pueda cumplir su labor salvífica, que a la larga no es otra que frenar a los malos e impedir la alternancia.
El votante deja de ser fiel a unas ideas o a un proyecto político, y empieza a serlo de una narrativa o de esos relatos exacerbados y grandilocuentes que dividen el mundo en buenos y malos y que exigen la toma de partido.Y no, el partido que hay que tomar hoy no es el de la izquierda o la derecha , ni el de fulanito o zutanita, sino el de la separación de poderes, la libertad de prensa y los rituales y formas que civilizan el uso del poder.
Lo contrario es una adhesión ciega y fanática que acaba convirtiendo al votante en aquello que abomina y lo atormenta. ...
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